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Crítica ‘La Novia’

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El cine y la literatura siempre han ido de la mano, y es algo que Paula Ortiz, filóloga y cineasta, ha entendido y manifestado a la perfección. ‘La Novia’, particular adaptación de Bodas de Sangre (Federico García Lorca, 1933), está concebida desde la belleza y la técnica. Técnica que acoge planos, sonido y montaje, perfectamente sincronizados para impactar en la sensibilidad del espectador. Belleza que juega con colores, textura y musicalidad. Valores unidos al fabuloso trabajo de un trío actoral, formado por Inma Cuesta, Asier Etxeandia y Alex García, que le proporciona una vuelta de tuerca al desarrollo de los personajes en la obra original. Una pasión que coloca al filme, entre los mejores del año.

El equipo de La novia

La Novia está enfocada desde el simbolismo. Un simbolismo marcado por la técnica, por el guión y por las interpretaciones. Un simbolismo que cierra el círculo y termina de tejer una película total. Todo giro en torno a él. Ortiz, a la que parece haberle tocado la pluma del propio García Lorca, decide apoyar todo el peso de la cinta en el papel de La Novia, en la angustia interna de un amor que, según sus palabras, “son los vidrios que se me clavan en la lengua”. Un matiz en el que traiciona a la fidelidad con la que relata su adaptación, que le quita fuerza al desgarro de Leonardo y El Novio, y se tropieza cuando insiste en reverberar sobre la estética. Por ello, es en los momentos de calma donde más se aprecia la fotografía de Miguel Amoedo y el devenir del personaje encarnado por Inma Cuesta. Ejerce el equilibrio perfecto en la frontera entre lo onírico y lo real, jugando con la cromática y las texturas, sin dejar que éstas atrapen al espectador, pues es el contexto, el inmenso páramo donde se prepara la tragedia, el que capta y encierra la atención. Algo que la cineasta fabrica con sutileza, de la misma manera que, con mayor sutileza, muestra las diferentes metáforas, sin desprenderse un ápice del autor; la plata y los azules, los cascos del caballo, la culpa de la tierra, los puñales de cristal, la luna y la muerte. A pesar de sostenerse sobre una narrativa poética, no cae en el lirismo excesivo, sino que lo aplaca intensificando la pasión de los amantes. Abruma porque contrapone sus objetivos; no le otorga importancia a la época. Decisión plasmada durante toda la pieza, donde mezcla épocas y herramientas narrativas que concentran la inquietud en la mirada, el sentir de un personaje que transmite todo con un gesto. Clima, imagen y musicalidad. Algo que remarcaba con vehemencia el dramaturgo ha sido llevado, con verdadera maestría, al formato cinematográfico. La Novia es el fruto de un amor apasionado hacia la tragedia nacional más representativa del siglo XX.

Una tragedia de la que se respira el aroma a campo y angustia, aroma que emana de las interpretaciones rubricadas por tres intérpretes que parecen haber nacido para encarnar respectivos papeles. Y es que, Inma Cuesta, en el papel de La Novia, Alex García, como Leonardo y Asier Etxeandia, encarnando a El Novio, no sólo transmiten la fuerza de sus personajes, sino que viven en la metáfora lorquiana, y ayudan al espectador a entender cada gesto, cada mirada y cada suspiro, como si suyo fuera. Un ejercicio realmente atronador, desde el silencio del desierto donde se encuentran. Mención a parte merecen Luisa Gavasa (La Madre) y Maria Alfonsa Rosso (Mendiga), vivas imágenes del puño y letra plasmado en Bodas de Sangre.

Ortiz ha conseguido fabricar una adaptación inteligible a los ojos de un espectador que, con la obra teatral en la mano, puede vislumbrar el grandioso trabajo que la cineasta ha llevado a cabo. La Novia es de esas piezas que perduran en el tiempo, con los días madura y, como le habría gustado ver a García Lorca, arranca angustias, lágrimas y aplausos por cada sala donde Inma Cuesta lanza una mirada perdida y encuentra tempestades.