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[CRÍTICA] ‘Ghost in the Shell’ no significa nada

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El producto que ha confeccionado Rupert Sanders es, paradójicamente, de lo que escapa la obra capital de Masamune Shirow: la viva imagen del egocentrismo de esteta.

De las múltiples lecturas que pueden sacarse de un relato tan del aquí y el ahora, ésta ‘Ghost in the Shell’ sólo ofrece un espectáculo de imágenes parcheadas, avances cibernéticos de cara a la galería y un tratamiento harto simplista.

Rupert Sanders no ha entendido nada. Ni las viñetas de Masamune Shirow; ni el posterior diseño animado con retranca filosófica de Mamoru Oshii; ni tampoco lo que significa priorizar en el arte cinematográfico. Cuando buscas trascender los límites del CGI, se te respeta que emborrones un análisis tecno-social (enfocado en los ejercicios políticos), perfectamente válido en los tiempos que corren, con cuadros futuristas y alteraciones de la realidad aumentada al por mayor. Por el contrario, si prefieres ahondar en la psicología posmoderna a través de un puñado de personajes en territorio cyberpunk, aunque sólo sea para adscribirte a ese movimiento que habla sobre la degradación identitaria del ser humano, aceptamos un menor empleo de la acción, los tiroteos y la transmutación de Tokyo en ciudad del pecado tecnológico. Sin embargo, en Ghost in the Shell se juegan ambas bazas en un intento por homenajear, no sólo a la obra que adapta, sino también a todos los iconos de la ciencia-ficción del siglo XX -véanse Blade Runner (1982) o Matrix (1999)-, con la desafortunada elección de terminar en mitad de un páramo narrativo cultivado para cubrir expediente -y que adolece, por extensión, del espíritu del 89-. Cuando, en un movimiento de ajedrez en el tablero del marketing, se abrió la veda de los memes en las redes sociales, la personalidad sintética de la película dejó avistar un horizonte de posibilidades, en lo que a la definición de la línea que separa a la realidad de la fantasía se refiere. Quizá, ahora sí, podríamos empezar a hablar de una era en la que los blockbusters diesen un paso adelante para marcar la hoja de ruta del cine pop alternativo; aquel con carácter adulto que dejase en los márgenes (pero no abandonase) su particular fiesta de fuegos artificiales para elaborar relatos con un trasfondo poderoso. No obstante, sintiéndolo en el alma, ha llovido sobre mojado. La misma cantinela de siempre, a pesar de sus numerosas imágenes a cámara lenta para, maldito Hollywood, subrayar lo que de verdad le importa a un tándem estudio-director con bastantes limitaciones: el ego del esteta.

Ghost in the Shell

La paleta de colores, el diseño evolucionado de centros de ciudad retrofuturistas y su obsesión por quedarse a vivir eternamente en determinadas escenas, convierten a Ghost in the Shell en el patio de juegos de Sanders. Dejémoslo claro: un cineasta que borró por completo la lírica de Blancanieves para entregarnos una historia épica con el amor como pretexto, jamás podría haberle dado significado al dilema de la Mayor. A propósito, ni qué decir tiene que es gracias al inmenso trabajo de Scarlett Johansson por lo que sobrevive su personaje, plano hasta la fatiga -hecho que puede trasladarse, sin demasiado esfuerzo, al resto de co-protagonistas, con especial mención a la esfinge japonesa encarnada por el legendario Takeshi Kitano-. El estudio que de la identidad realiza el guionista William Wheeler se somete a las fricciones de: a) no defenestrar uno de los mangas más importantes de la Historia; b) aclarar los porqués de un futuro en el que el ser humano, convertido al código binario, forme parte de un sistema encriptado de redes cibernéticas controlado por cuatro megalómanos con familia en las Islas Caimán o los alpes suizos; y c) no saber muy bien hacia dónde hay que mirar cuando el mensaje socio-político se desvirtúa entre realidades alternativas. Precisamente, la niebla de los pequeños detalles nos ciega casi desde el principio, cuando Ishikawa le confiesa a Han que el motivo detrás de colocarse un hígado de cyborg reside en, vaya, lo que todos estamos pensando: beber hasta caerse de espaldas o lo que es lo mismo a erradicar la cirrosis y la vida sana. De nuevo, en pos de no modificar los pasajes del original -que sí daba el do de pecho con a nivel reflexivo-, Sanders y Wheeler simplifican el Valhalla del humanismo hasta los límites de la conversación de barra de bar: la búsqueda de identidad dentro de un mundo en el que cada vez hay menos etnias y donde la globalización se ha convertido en el arma preferida de las corporaciones con ínfulas de demiurgo de lo impersonal.

Ghost in the Shell

Ghost in the Shell, disimulando como puede su falta de audacia y verdadera inteligencia, lo entrega todo mascado y regurgitado para que el público no tenga que hacer funcionar su cerebro un poco más de la cuenta. Es como si lo punk (unificado en el personaje de un indescifrable Michael Carmen Pitt) se encontrara con Jason Bourne en 2125 y, a partir de ese momento, la garra de una búsqueda desesperada por manejarse en términos de identidad fuese aniquilada por la descripción de las localizaciones en las que ocurre tal menester. En otras palabras: Sanders encripta tantísimo el mensaje que sólo podemos quedarnos con lo bonito del diseño y las espectaculares tomas abiertas de un mundo que se desvanece tal y como lo (todavía no) conocemos. Por supuesto que existen las buenas decisiones, los detalles en pequeños rincones de esta interferencia en el género -que no vamos a desvelar por solidarización con los que han optado por el Omar Sy de Intocable o la nueva aventura de Los Pitufos-. El problema es que no están sustentados por buenas ideas, sino por una línea de pensamiento ya explotada con anterioridad: corporación maltrata civiles inocentes; el superviviente en las sombras regresa; la máquina descubre su alma; ergo, una saga con la que Paramount amortice las pérdidas de sus últimos proyectos. Demostrar cierto humanismo es indispensable para una película que se jacta, desde sus primeros pasos, de ser la primera que se atreve a adaptar los términos de Shirow al lenguaje cinematográfico; a los delirios de la sociedad actual; y, por último, al comentario fatalista: el alma no significa nada.

Tráiler de ‘Ghost in the Shell’