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[CRÍTICA] Jack Reacher: Nunca vuelvas atrás, la clave está en el subtítulo

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Con la segunda entrega, la saga protagonizada por Tom Cruise -interpreta al hermano asmático de Ethan Hunt- se sube al tren de las franquicias que, por contraposición a la esencia del personaje principal, declaran su conformismo sin ningún tipo de pudor.

Sería tremendamente injusto calificar a Jack Reacher: Nunca vuelvas atrás como el mayor desastre de Tom Cruise hasta la fecha. Pero lo cierto es que así es. Que los últimos vestigios de su mejor versión se difuminen ya en las primeras secuencias, donde su arrogancia todavía está por encima de cualquier Sheriff con sed de sangre, es el reflejo de un ocaso que se empieza a tornar nocturno. Es decir, que el reloj ya marca el descuento, el actor está fatigado, pero su ambición le permite seguir anotando tiroteos y persecuciones en su ya abultado saco de éxitos cinematográficos. Aunque sus ejercicios provocan más condescendencia que admiración, es innegable el supremo esfuerzo que realiza Cruise -54 años y sin doble en las escenas de riesgo- en cada movimiento para hacer feliz a su público. Y eso queda fuera de toda etiqueta que pueda establecerse sobre su última película. Sin embargo, esta segunda entrega de la saga basada en las novelas de Lee Child acusa en demasía la presencia de la estrella hollywoodiense, porque él es el motor, los engranajes y, en definitiva, el producto al completo. Después de comprobar que la elocuencia del personaje parece intacta, nuestros peores augurios se confirman: en el primer combate se percibe la coreografía como una suerte de ensayo/error repetido hasta la saciedad y volcado en la cadena de montaje por obligación. Sin eso, el subtexto del relato lo tiene realmente complicado para sobrevivir, porque no se concibe para conquistar, sino como apoyo al ruido de las explosiones y los gritos sordos de un pobre diablo con dos brazos rotos.

Jack Reacher: Never Go Back

Quizá el problema resida, ya no en su falta de peso dentro de una trama que ni siquiera merece atención, sino en la multitud de perspectivas desde la que se enfoca la vuelta de Reacher: a) el personaje regresa para salvar a su compañera y alguna vez más que amiga, la Teniente Susan Turner (Cobie Smulders), y de camino restablecer el orden natural de las cosas; b) Reacher debe enfrentarse, tanto física como emocionalmente, a la posibilidad de tener una hija y que, además, esta esté en peligro por su pasado; c) podrán caer grandes estafadores del Gobierno, villanos entrenados para derrotar al gran hombre, incluso instituciones enteras, pero jamás lo hará el heteropatriarcado militar. Este último aparece un par de veces, casi de paso, pero dejando un mensaje contundente sobre quién sigue protegiendo a quién en la sociedad del siglo XXI. Como era de esperar, aquí gana el hombre por una cuestión de deferencia con el protagonista. Sin embargo, nada nos indica que este paradigma vaya a cambiar en los próximos años. Y es aventurada esta reflexión, sin duda, pero cuando un guión como el firmado por Edward Zwick -director-, Marshall Herskovitz y Richard Wenk suelta con tan poca sutileza esa bomba de relojería, resulta imposible apartar la vista. Por lo que se deduce que la acción no sólo tiene que entretener, sino también dejar poso. Y eso es imposible si tu producto es un blockbuster superficial, valga la redundancia, que envejece a pasos agigantados. Porque si ya has superado ciertas barreras, ¿para qué volver sobre tus pasos?

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Con ello Zwick, veteranísimo que coincidió con Cruise en El último samurái, parece haber lanzado un guiño a Christopher McQuarrie -director de la primera cinta y las dos últimas de Misión Imposible– y a todos los viejos rockeros que todavía se resisten a liberar su espacio para que otro, más joven y ágil, lo ocupe. Como Paul Greengrass lo hizo con Matt Damon en Jason Bourne, o John Moore con Bruce Willis en A Good Day to Die Hard. Esta breve oración nos acerca a la verdadera razón de ser -un escalón por debajo de la financiera- de esta segunda parte: ¿Existe un relevo generacional para el antihéroe norteamericano? Jeremy Renner lo intentó, pero de momento no funciona. Los espectadores quieren al gran hombre clásico, con licencia vitalicia para salvar el mundo -el mejor ejemplo de ello son los 54 años de James Bond en la gran pantalla, quien aun siendo espía y británico, parte de la misma base antropológica. Digamos que son la versión real de nuestros superhéroes preferidos. Obvio o no, ello no implica que estén exentos de participar en películas fabricadas en serie, sin ningún tipo de carga emocional y cuya personalidad -basada en cientos de fórmulas reeditadas en numerosas ocasiones- quede suplantada por una historia anodina incapaz de sacudirse el tufo a segunda unidad. Así ocurre en Jack Reacher: Nunca vuelvas atrás, invadida por su inexistente molestia a trascender formalmente el cine de acción conformista, que no comercial. Este último admite cambios, al menos, estructurales. No obstante, Zwick no parece interesado en contemplarlos de cara a un posible giro de los acontecimientos en la franquicia. Prefiere una pseudo-reflexión soterrada, sobre la idiosincrasia de dos militares en labores domésticas con una niña sabionda. Lejos de quedar como una decisión continuista con la saga, resulta más bien en una desafortunada sorpresa que ni siquiera cumple con las expectativas de un servidor. Porque, no nos engañemos, bautizar como ingeniosos unos diálogos absurdos y dispuestos con el único objetivo de que avance la narración, sólo puede significar que hemos perdido el sentido del criterio.