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Crítica de ‘El Libro de la Selva’

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Esta reinterpretación de la fábula escrita por Rudyard Kipling, a cargo de Disney y de Jon Favreau, se encomienda a la técnica, sin importarle lo más mínimo el trasfondo de la historia. El Libro de la Selva es un elemento familiar con un coste visual asombroso, todo ello dentro de los marcos establecidos por el cine del neoyorquino; ligera y trepidante. Sin embargo, está ejecutada desde una perspectiva que prima la forma frente al fondo, que no mantiene el pulso entre la reflexión del cuento y el ritmo con el que narra la aventura. Atrapa al espectador, gracias al mestizaje fotográfico de Bill Pope, entre ficción y realidad, pero no es suficiente como para resultar un ejercicio totalmente satisfactorio.

poster el libro de la selva

Es evidente que, ante la disyuntiva entre mantenerse en los marcos de la fábula, y realizar una película menos profunda pero mucho más impresionante, Favreau escogió la segunda opción; síntoma de la dificultad que supone reinventar una obra que no debería perder su moraleja, no obstante El Libro de la Selva se olvida de esa intención. La película deja muy clara su predilección por el Disney de los avances tecnológicos, en lugar de exprimir al Disney imaginativo, ese que podría haber explorado las intimidades del personaje, y ya no de él en particular, sino de la historia en general. Pretende ser cine adulto, y ello será captado por el público, cuando no distinga entre lo que es real y lo que es ficticio -algo supuesto de antemano-, mas queda a la empatía de cada uno que no sea más que un conjunto de chistes fáciles, dentro de un viaje recorrido con anterioridad. Las ganas por refrescar la trama, con un tono menos complejo, se traduce en el entretenimiento sin trasfondo, agradable, sin duda, pero del que no deja huella. La técnica, cuando se impone con autoridad por encima del resto de elementos, debe transmitir aquello que las palabras anodinas no pueden, la esencia de la trama, la reflexión -objetiva o subjetiva-. Y aquí, no lo hace. Justin Marks construye el guión de forma correcta, aunque sólo funciona como soporte a las imágenes, como ese compañero sin personalidad que asiste a una fiesta en la que no quiere desentonar, aunque ello le cueste su silencio. A pesar de esa carencia de intención por satisfacer, no sólo a la vista, sino al corazón, El Libro de la Selva se reserva una de sus mejores cartas en el sonido de los diálogos, en la voz maternal de Lupita Nyong’o, en la malicia de Idris Elba, en lo hilarante de Garry Shandling, en el proteccionismo de Ben Kingsley sobre el nuevo Mowgli (Neel Sethi). Voces trabajadas de forma excelente, con un tono que está, indudablemente, por encima de la verosimilitud de su mensaje.

En El Libro de la Selva, el espectador podrá disfrutar de un viaje al corazón de la selva amazónica, pero no al de sus personajes. El respeto de Favreau hacia la historia original, la breve inclusión de una historia paralela a la de Mowgli, quedan al servicio de la maquinaria digital, esa que lo mastica todo y lo sirve, para el deleite de algunos, en bandeja de plata.