Pocas carreras dentro del cine moderno resultan tan imponentes, tan vivas y tan fáciles de reconocer a los pocos segundos de metraje como la de Martin Scorsese. Basta un movimiento de cámara nervioso, una canción colocada con precisión quirúrgica, una explosión de violencia que irrumpe donde parecía no tocar o un personaje devorado por su propio ego para saber que detrás de la imagen está él.
Scorsese no solo ha dirigido películas memorables. Lo que ha hecho durante más de medio siglo es bastante más ambicioso y bastante más difícil: ha construido una forma de mirar el cine y de contar América. Su obra no se limita a mafiosos, taxistas perturbados, boxeadores autodestructivos, tiburones de Wall Street o asesinos con traje. Todo eso forma parte de su universo, claro, pero debajo de esas historias siempre laten las mismas obsesiones: la culpa, la ambición, la fe, el pecado, el deseo, la violencia, la redención y esa necesidad casi enfermiza de entender por qué algunos hombres se empeñan en arruinarlo todo incluso cuando parecen estar ganando.
Y por eso su filmografía sigue siendo una de las más fascinantes de revisar en 2026. Porque Martin Scorsese no pertenece solo al pasado glorioso del cine. Sigue siendo una figura activa, influyente y peligrosamente lúcida, uno de esos autores que no se han convertido en un monumento decorativo, sino en un creador que todavía tiene cosas que decir y proyectos con los que seguir removiendo el tablero.
El director que convirtió sus obsesiones en lenguaje cinematográfico
Martin Scorsese nació en 1942, en Queens, Nueva York, pero su imaginario artístico quedó marcado para siempre por el ambiente de Little Italy, el barrio italoamericano que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes paisajes morales de su cine. Allí se mezclaban la calle, la familia, el catolicismo, la violencia latente, la identidad de comunidad y una forma muy concreta de entender la masculinidad, el poder y el miedo.
Todo eso se coló muy pronto en su mirada. No como decoración, sino como materia prima emocional.
A diferencia de otros directores que fueron encontrando su voz a base de ensayo y error, Scorsese dio la sensación desde muy temprano de tener una relación casi física con la puesta en escena. La cámara no estaba ahí para registrar. Estaba ahí para pensar, para respirar y para golpear. Y eso se percibe ya en sus primeras películas, donde todavía estaba definiendo el tamaño exacto de su ambición, pero no la intensidad con la que quería filmar.
También es importante recordar que Scorsese pertenece a la generación del Nuevo Hollywood, ese grupo de cineastas que entró en la industria en los años 70 con una cultura cinematográfica enorme, una libertad creativa insólita y una voluntad clarísima de romper el viejo academicismo de estudio. En esa misma ola estaban Francis Ford Coppola, Brian De Palma, Steven Spielberg, George Lucas o William Friedkin, pero incluso entre todos ellos Scorsese siempre ocupó un lugar muy singular. Su cine era más nervioso, más culpable, más urbano, más católico y, en el fondo, más emocionalmente desordenado. Y ahí estaba precisamente su fuerza.
Sus primeros pasos ya dejaban claro que no iba a parecerse a nadie

Antes de convertirse en uno de los grandes nombres del cine mundial, Martin Scorsese ya había empezado a levantar un universo muy reconocible en películas como Who’s That Knocking at My Door? y Boxcar Bertha, pero el verdadero punto de inflexión llegó con Malas calles en 1973.
Aquella película fue mucho más que un primer gran título. Fue la primera vez que Scorsese consiguió condensar en una sola obra casi todas las constantes que luego definirían su filmografía: el barrio como ecosistema moral, la amistad masculina como vínculo tan poderoso como destructivo, la religión como sombra permanente, la violencia como lenguaje oculto y la sensación de que los personajes viven atrapados en una estructura de la que nunca van a salir del todo.
Además, Malas calles fue el inicio de una de las alianzas más importantes de la historia del cine: la que uniría a Scorsese con Robert De Niro.
Desde ese momento, la relación entre ambos empezó a generar una energía creativa absolutamente excepcional. No solo porque De Niro fuera uno de los mejores actores de su generación, sino porque entendía como pocos el tipo de personaje que obsesionaba a Scorsese: hombres inseguros, orgullosos, rotos, a veces patéticos, a veces peligrosos, siempre al borde de la combustión emocional.
Taxi Driver no fue solo un clásico: fue una descarga que todavía sigue resonando

A mediados de los 70, Martin Scorsese ya era un nombre a vigilar, pero fue Taxi Driver la película que lo convirtió en una figura imposible de ignorar.
Escrita por Paul Schrader y protagonizada por un Robert De Niro convertido en leyenda, la película sigue siendo uno de los retratos más feroces y más perturbadores de la alienación urbana que ha dado el cine estadounidense. Travis Bickle no era simplemente un personaje extraño o un veterano inestable. Era una bomba emocional encapsulada dentro de un taxi amarillo, recorriendo una ciudad podrida mientras se convencía a sí mismo de que estaba viendo la verdad donde todos los demás fingían normalidad.
Lo extraordinario de Taxi Driver es que funciona al mismo tiempo como retrato psicológico, crónica social, película nocturna, descenso al delirio y espejo muy incómodo de una América herida por Vietnam, por la soledad y por su propia violencia estructural.
Además, dejó imágenes que ya forman parte del ADN del cine moderno y convirtió a Scorsese en uno de esos directores capaces de transformar una película en un fenómeno cultural que no se agota con los años. La película costó en torno a 1,9 millones de dólares y terminó recaudando alrededor de 28,6 millones, una cifra muy notable para un film de ese perfil en su época
Y lo más llamativo es que, después de firmar una película así, todavía le quedaba por rodar otra aún más gigantesca.
Toro salvaje fue la película que confirmó que Scorsese jugaba en otra liga

Si Taxi Driver fue el gran impacto, Toro salvaje fue la consagración definitiva. Rodada en un blanco y negro extraordinario y construida alrededor de una interpretación absolutamente monstruosa de Robert De Niro como Jake LaMotta, esta película se ha convertido con el tiempo en una de las grandes cumbres del cine americano de todos los tiempos. Y no solo por su perfección visual o por la brutalidad de sus escenas de boxeo, sino porque ahí Scorsese alcanzó una intensidad emocional casi insoportable.
La película no iba realmente de boxeo. Iba de autodestrucción, de masculinidad enferma, de orgullo mal gestionado, de culpa y de un tipo que parecía incapaz de vivir sin hacerse daño a sí mismo y a todos los que le rodeaban.
Ese es uno de los grandes secretos del cine de Scorsese: muchas de sus mejores películas parecen hablar de una profesión, de un contexto o de un mundo concreto, pero en realidad siempre están excavando en otra cosa mucho más íntima y mucho más universal.
Con Toro salvaje, además, se confirmó algo que ya empezaba a estar claro: Scorsese no era solo un director brillante, sino un cineasta total, alguien capaz de unir forma, ritmo, interpretación, violencia y psicología en una misma corriente eléctrica.
Los años 80 demostraron que no quería repetirse ni cuando ya podía vivir de repetir fórmulas
Una de las cosas más admirables de Martin Scorsese es que nunca pareció demasiado interesado en convertirse en una versión rentable y domesticada de sí mismo. Y eso se nota muchísimo en los años 80, una década en la que alternó obras maestras, películas arriesgadas y títulos que durante años quedaron algo eclipsados, pero que hoy resultan fundamentales para entender su libertad creativa.
El rey de la comedia fue una sátira enfermiza sobre la fama, la necesidad de atención y la humillación pública mucho antes de que las redes sociales convirtieran todo eso en combustible diario. ¡Jo, qué noche! fue una comedia urbana, neurótica y maravillosa sobre el caos neoyorquino. El color del dinero le dio a Paul Newman uno de los grandes papeles de su carrera tardía. Y La última tentación de Cristo demostró que Scorsese estaba dispuesto a meter la religión, la duda y la humanidad en el corazón de una película bíblica sin preocuparse demasiado por el escándalo que eso pudiera provocar.
Vista en conjunto, esta etapa confirma algo muy importante: Martin Scorsese nunca ha sido solo “el de los mafiosos”. Su cine siempre fue mucho más amplio, más curioso y más inquieto que esa etiqueta cómoda que tanta gente ha intentado pegarle durante décadas.
Uno de los nuestros convirtió el crimen en una coreografía irresistible y terrible
Uno de los Nuestros fotograma
En 1990 llegó una de las películas más queridas, imitadas y absorbidas por la cultura popular de toda su carrera: Uno de los nuestros.
Basada en la historia real de Henry Hill, la película se convirtió casi de inmediato en una referencia absoluta del cine criminal. No solo porque estuviera interpretada por Ray Liotta, Robert De Niro y un Joe Pesci completamente desatado, sino porque Scorsese encontró aquí una forma muy concreta de filmar el crimen organizado: no como una gran tragedia solemne, sino como una mezcla adictiva de glamour, violencia, rutina, paranoia, familia y destrucción emocional.
Lo que hace tan grande a Uno de los nuestros es que no se limita a contar el ascenso y la caída de un gánster. Lo que hace es mostrar cómo el sistema del poder seduce, atrapa y devora. Y lo hace con una energía narrativa tan brutal que uno puede terminar la película sintiendo que ha vivido dentro de ella durante años.
Su célebre plano secuencia entrando por la parte trasera del restaurante ya es historia del cine, pero lo impresionante es que la película está llena de momentos así. Todo parece filmado con una mezcla imposible de precisión quirúrgica y electricidad descontrolada.
Recaudó alrededor de 47 millones de dólares en Norteamérica, fue arrasada injustamente por Bailando con lobos en los Oscars y, con el tiempo, se ha convertido en una de las películas más influyentes de su generación
Los 90 fueron una década mucho más rica de lo que suele recordarse cuando solo se habla de sus títulos más famosos
Después de una película tan inmensa como Uno de los nuestros, cualquier director habría tenido difícil mantener el nivel. Martin Scorsese, en cambio, siguió encadenando obras muy distintas entre sí sin perder jamás el control de su identidad.
El cabo del miedo le permitió hacer un thriller más comercial y retorcido con otro Robert De Niro absolutamente entregado. La edad de la inocencia sorprendió a quienes seguían creyendo que Scorsese solo podía funcionar en entornos masculinos, violentos y callejeros, demostrando que también sabía moverse con elegancia devastadora dentro del melodrama de época. Kundun fue una de sus películas más espirituales y menos reivindicadas. Y en 1995 llegó otra de sus grandes cimas: Casino.
Casino no era una repetición de Uno de los nuestros, sino una tragedia del exceso mucho más venenosa

Durante años se ha repetido demasiado esa lectura cómoda según la cual Casino sería poco más que “otra vez lo mismo” después de Uno de los nuestros. Y no, la verdad es que eso es quedarse muy corto.
Sí, vuelven a aparecer la mafia, el ascenso, el dinero, el crimen organizado y el tándem De Niro-Pesci, pero la película trabaja desde otra temperatura. Mientras Uno de los nuestros tenía algo casi embriagador en su forma de mostrar el ascenso dentro del sistema criminal, Casino está recorrida desde el principio por una sensación mucho más venenosa y más terminal.
Las Vegas no aparece aquí como parque de atracciones, sino como ecosistema de ambición enferma, lujo podrido y destrucción personal. Robert De Niro está magnífico, Joe Pesci vuelve a estar peligrosísimo y Sharon Stone firma una interpretación que debería citarse mucho más a menudo entre las mejores de los 90.
No es una película secundaria. Es una de las grandes obras de Scorsese, solo que le tocó existir a la sombra de otra película inmensa.
La entrada del siglo XXI trajo una segunda juventud creativa y una nueva alianza histórica
A partir de finales de los 90 y comienzos de los 2000, Martin Scorsese entró en una nueva etapa. Ya no era solo el gran autor reverenciado por la crítica y por generaciones enteras de cinéfilos. También se convirtió en un director capaz de seguir creciendo dentro de Hollywood, levantar proyectos enormes y reinventarse sin traicionarse. Y ahí apareció Leonardo DiCaprio.
La relación entre ambos no funciona como una réplica de la alianza con Robert De Niro, porque responde a otro tipo de personajes y a otro momento vital del director. Pero sí acabó siendo la segunda gran asociación interpretativa de su carrera.
Juntos empezaron con Gangs of New York, siguieron con El aviador, explotaron con Infiltrados, se encerraron en la paranoia con Shutter Island, se dejaron arrastrar por el delirio en El lobo de Wall Street y regresaron al gran drama histórico con Los asesinos de la luna.
Lo más interesante de esta etapa es que Scorsese no se limitó a “envejecer con prestigio”. Al contrario. Se volvió incluso más ambicioso, más libre y, por momentos, más feroz.
El aviador, Infiltrados y el Oscar que llevaba demasiado tiempo haciéndose esperar
Infiltrados (2006)
Hay algo casi cómico en el hecho de que Martin Scorsese tardara tanto en ganar el Oscar a mejor director. No porque no se lo mereciera, sino porque daba la sensación de que la Academia llevaba décadas comportándose como ese amigo que siempre llega tardísimo a darte la razón.
El aviador ya había sido una muestra clarísima de que seguía en plena forma. La película convertía la figura de Howard Hughes en una mezcla fascinante de genio, obsesión, trauma y caída, mientras Leonardo DiCaprio entregaba uno de los trabajos más complejos de su carrera.
Pero fue Infiltrados la que terminó dándole por fin el premio grande. Y aunque es verdad que muchos fans podrían discutir durante horas si esa era exactamente la película por la que debía haberse llevado la estatuilla, lo cierto es que sigue siendo un thriller criminal potentísimo, tenso, afilado y con un reparto que parece reunido por una inteligencia artificial entrenada para fabricar testosterona y paranoia.
La película ganó cuatro Oscars, incluyendo mejor película y mejor dirección, y cerró por fin una anomalía histórica dentro de la carrera de uno de los grandes cineastas vivos
Shutter Island y El lobo de Wall Street demostraron que todavía podía divertirse con el exceso
Si algo ha tenido siempre Martin Scorsese es energía. Y eso se nota especialmente en dos títulos que, siendo muy distintos entre sí, demuestran que incluso en etapas ya consagradas seguía rodando como si todavía quisiera romper algo.
Shutter Island fue una de esas películas que conectó de forma especialmente fuerte con el público general. Un thriller psicológico con atmósfera opresiva, obsesión, trauma y una puesta en escena muy calculada que convirtió la isla y el manicomio en un espacio casi mental.
Y después llegó El lobo de Wall Street, que es básicamente Scorsese entrando en el capitalismo salvaje como si hubiera decidido filmar una sobredosis moral con forma de fiesta larguísima.
La película fue un éxito enorme, levantó debates bastante simplones sobre si “glorificaba” a sus personajes y, de paso, volvió a demostrar una cosa que el cine de Scorsese no ha dejado de repetir desde hace décadas: si muestra el exceso con tanta fascinación es precisamente porque entiende muy bien su poder adictivo y su podredumbre.
Su etapa más reciente tiene algo de balance vital, de ajuste de cuentas y de cine que ya mira de frente al paso del tiempo
Netflix
Con Silencio, El irlandés y Los asesinos de la luna, Martin Scorsese ha entrado claramente en una etapa distinta. No menos poderosa, pero sí más grave, más reflexiva y más marcada por el tiempo, la culpa histórica y la conciencia del final.
Silencio fue una película exigente, espiritual y durísima, quizá una de las menos populares entre el gran público, pero también una de las más profundas de su carrera reciente. El irlandés funcionó casi como una despedida fantasmal del cine de gánsteres que él mismo había ayudado a convertir en mito. Y Los asesinos de la luna terminó de confirmar que seguía plenamente vivo como creador.
Basada en el libro de David Grann, la película centrada en los asesinatos del pueblo Osage en Oklahoma reunió a Leonardo DiCaprio, Robert De Niro y Lily Gladstone en una de las obras más serias, más dolorosas y más devastadoras de toda su filmografía reciente.
Además, fue un recordatorio de algo esencial: Scorsese no ha perdido el pulso político. Sigue siendo un director obsesionado con cómo Estados Unidos se cuenta a sí mismo mientras esconde debajo de la alfombra la violencia que lo sostiene.
La película recaudó alrededor de 157 millones de dólares en todo el mundo, una cifra más que notable para un drama histórico de esa duración y densidad
Reducir su carrera a la ficción sería quedarse muy corto, porque su amor por el cine también se ha notado en sus documentales y en su trabajo como gran preservador de la memoria audiovisual
Hablar de Martin Scorsese sin mencionar su faceta documental y su papel como defensor de la historia del cine sería dejar fuera una parte importantísima de lo que representa.
Ahí están The Last Waltz, uno de los mejores documentales musicales jamás filmados; No Direction Home, sobre Bob Dylan; George Harrison: Living in the Material World; o sus extraordinarios trabajos pedagógicos y documentales sobre el cine italiano y el cine estadounidense, donde se ve con absoluta claridad hasta qué punto Scorsese no es solo un director enorme, sino también un gran transmisor de cultura cinematográfica.
Eso también explica por qué su cine tiene la textura que tiene. No filma desde la referencia vacía ni desde la pose de cinéfilo exhibicionista. Filma desde un conocimiento profundo, casi físico, de lo que el cine ha sido y de lo que todavía puede ser.
Su galería de actores es casi una enciclopedia del gran cine americano contemporáneo

Otra de las razones por las que la filmografía de Scorsese resulta tan irresistible es la cantidad de interpretaciones extraordinarias que ha generado.
No se trata solo de que haya trabajado con nombres gigantescos. Se trata de que, una y otra vez, ha conseguido llevar a sus intérpretes a lugares muy intensos, muy precisos y muy memorables.
Ahí están Robert De Niro, Leonardo DiCaprio, Joe Pesci, Harvey Keitel, Paul Newman, Daniel Day-Lewis, Willem Dafoe, Nicolas Cage, Jack Nicholson, Cate Blanchett, Matt Damon, Al Pacino o Lily Gladstone, todos ellos convertidos en piezas fundamentales dentro de distintos momentos de su obra.
Lo que Scorsese entiende muy bien es que sus personajes nunca están quietos por dentro. Incluso cuando parecen tenerlo todo bajo control, están peleando con algo: con la culpa, con la ambición, con la fe, con el ego, con el miedo o con una idea delirante de sí mismos. Y para un actor bueno, eso es oro puro.
En 2026, Martin Scorsese sigue sin estar precisamente retirado, aunque Hollywood se empeñe en tratar cada nuevo proyecto suyo como si fuera un milagro de última hora
A estas alturas de su carrera, cada vez que Martin Scorsese anuncia algo nuevo se produce un pequeño terremoto cinéfilo. Y tiene lógica. Estamos hablando de uno de los grandes maestros vivos del cine, así que cualquier proyecto suyo parece automáticamente importante. Pero aquí conviene ser rigurosos y no vender humo.
A día de hoy, lo último plenamente estrenado dentro de su filmografía de ficción sigue siendo Los asesinos de la luna, aunque en su entorno reciente también se ha estrenado la docuserie Mr. Scorsese, una producción de cinco episodios para Apple TV+ dirigida por Rebecca Miller que repasa su vida, su obra y su influencia cultural, y que ha servido para reforzar todavía más su condición de figura central dentro del cine contemporáneo
En cuanto a sus próximos movimientos, hay varios proyectos muy relevantes asociados a su nombre. Uno de los más comentados es What Happens at Night, adaptación de la novela de Peter Cameron, con Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, que ya se encuentra en movimiento real dentro de 2026. También sigue orbitando con fuerza Home, adaptación de la novela de Marilynne Robinson, además de esa película criminal ambientada en Hawái que ha sido descrita en algunos reportes como una especie de cruce espiritual entre Uno de los nuestros e Infiltrados, y que ha sido vinculada a DiCaprio, Dwayne Johnson y Emily Blunt. A eso se suma A Life of Jesus, uno de los proyectos más personales y espirituales de los que Scorsese ha hablado en estos últimos años.
La conclusión correcta en 2026 no es “Scorsese ya tiene cerrada su próxima gran obra maestra”, sino algo bastante más interesante: sigue plenamente activo, sigue desarrollando cine a gran escala y sigue comportándose como alguien que todavía no ha terminado de decir lo que quiere decir. Y eso, sinceramente, es una noticia estupenda.
Su filmografía no solo impresiona por cantidad o prestigio, sino por algo mucho más difícil de conseguir: sigue siendo divertida de explorar

Una de las grandes virtudes del cine de Martin Scorsese es que, incluso cuando te metes en sus zonas menos perfectas o menos famosas, casi siempre encuentras algo estimulante. Una escena, una decisión de cámara, una canción, un personaje, una explosión emocional o una idea visual que te recuerda que ahí sigue habiendo un autor con hambre.
No muchas filmografías permiten pasar de Taxi Driver a La edad de la inocencia, de Toro salvaje a El lobo de Wall Street, de Casino a Silencio, o de Uno de los nuestros a Los asesinos de la luna sin que todo parezca una colección de accidentes estilísticos.
En Scorsese, en cambio, todo acaba teniendo sentido porque debajo de la superficie siempre están las mismas corrientes: el deseo de ascenso, la destrucción interior, la identidad masculina, la culpa religiosa, el espectáculo del poder, la fragilidad humana y la fascinación por quienes creen dominar el mundo justo antes de descubrir que no dominan absolutamente nada.
Martin Scorsese ya es un gigante del cine, pero lo más fascinante es que su historia todavía no se ha cerrado
A estas alturas, Martin Scorsese no necesita demostrar nada. Y sin embargo, sigue trabajando, sigue provocando conversación, sigue planeando películas, sigue discutiendo sobre el estado del cine y sigue rodando como alguien que todavía siente curiosidad real por el mundo, por sus personajes y por las contradicciones de la condición humana.
Eso es exactamente lo que separa a los grandes directores de los verdaderamente irrepetibles. Su legado ya es inmenso, claro. Pero también sigue abierto. Y esa es una de las mejores noticias posibles para cualquiera que siga creyendo que el cine puede ser algo más que contenido rápido, ruido de plataforma o entretenimiento desechable de fin de semana.
Porque si una filmografía como la de Martin Scorsese sigue viva en 2026, entonces todavía queda mucho cine por el que merece la pena seguir mirando la pantalla.
Si disfrutas repasando grandes filmografías y redescubriendo películas imprescindibles, puedes seguirnos en Google News para leer más artículos como este.


