Durante años, Scream fue el ejemplo perfecto de cómo hacer una saga de terror sin convertirla en una parodia involuntaria de sí misma. Wes Craven entendía el género, lo desmontaba, lo señalaba… y aun así conseguía que nos mordiéramos las uñas. Sidney Prescott no era solo la “final girl”. Era una respuesta directa a los clichés más misóginos del slasher.
Por eso lo que ha pasado en los últimos años con la franquicia duele un poco más de lo habitual.
El despido de Melissa Barrera no fue solo un movimiento polémico. Fue, probablemente, el mayor error estratégico que ha cometido la saga desde que decidió resucitarse tras la muerte de Craven.
Y lo peor es que muchos fans no se han dado cuenta todavía de lo que realmente se perdió.
El relevo generacional que sí estaba funcionando
Cuando Radio Silence tomó las riendas con Scream (2022), la tarea era casi imposible. Continuar una saga tan ligada a su creador original siempre iba a ser un terreno minado. El resultado fue irregular, sí, pero tuvo un gran acierto: presentar a las hermanas Carpenter.
Melissa Barrera como Sam Carpenter aportaba algo nuevo que la saga necesitaba desesperadamente. No era una copia de Sidney. No era la chica perfecta que sobrevive porque es moralmente intachable. Era justo lo contrario.
Sam arrastraba un secreto que redefinía todo: era hija de Billy Loomis. El primer Ghostface. El asesino original. Ese detalle lo cambiaba todo. De repente, la protagonista no solo luchaba contra un asesino enmascarado. Luchaba contra la posibilidad de convertirse en uno.
El concepto no se explotó del todo en la quinta película, pero tenía un potencial enorme. Las visiones de Billy, sus dudas constantes sobre si su oscuridad era genética o fruto del trauma… ahí había una línea narrativa potente, incómoda y distinta a todo lo que había hecho la franquicia antes.
Scream VI demostró que la saga podía sobrevivir sin vivir del pasado
Scream 7 sin Jenna Ortega ni Melissa Barrera
La sexta entrega fue la prueba de que el relevo generacional no era una fantasía. Sin Neve Campbell en el centro y con Sidney en segundo plano —o directamente ausente—, la historia se enfocó por completo en Sam y Tara. Y funcionó mejor que la anterior.
La saga ya no necesitaba justificar por qué Sidney volvía una y otra vez a enfrentarse a Ghostface como si estuviera atrapada en un bucle temporal eterno. Ya no era necesario reciclar Woodsboro ni volver a la misma casa una y otra vez. Nueva ciudad. Nuevos peligros. Nuevas reglas.
Por primera vez en años, Scream parecía estar mirando hacia adelante en lugar de vivir del recuerdo de lo que fue en los noventa. Sam no era un símbolo de pureza. Era un personaje lleno de contradicciones. Y eso hacía que la historia fuese más interesante. Podías temer por ella, pero también podías temerla. Ese matiz era oro narrativo.
El despido que lo cambió todo
Entonces llegó el terremoto. Spyglass decidió despedir a Melissa Barrera. Poco después, Jenna Ortega también abandonó el proyecto. De repente, la saga perdió a sus dos nuevas protagonistas justo cuando estaba construyendo algo diferente.
Lo que en un primer momento parecía solo un problema de casting terminó siendo algo mucho más profundo: la ruptura total del nuevo eje narrativo. Sin las hermanas Carpenter, la saga no tenía otra opción lógica que volver al punto seguro. Y el punto seguro en Scream siempre ha sido Sidney Prescott.
Neve Campbell regresó tras resolver sus diferencias contractuales, y eso para muchos fue una buena noticia. Pero también es una señal clara de que la franquicia ha tenido que retroceder para sobrevivir. Y ahí está el problema.
El peligro de volver siempre al mismo sitio
Scream escoge a su nueva protagonista después de 2026
Hay algo que el propio Scream siempre supo criticar: la obsesión de Hollywood por exprimir las franquicias hasta que ya no queda nada nuevo que contar. Irónicamente, la saga está cayendo en lo mismo que satirizaba.
La historia de Sam Carpenter representaba una oportunidad real de evolución. Podía atraer a una nueva generación de espectadores sin depender exclusivamente de la nostalgia noventera. Podía explorar la herencia del mal desde un punto de vista psicológico mucho más arriesgado. En cambio, ahora todo apunta a un regreso a estructuras conocidas. A lo seguro. A lo que ya funcionó hace dos décadas.
Eso puede generar entusiasmo inmediato en parte del fandom, claro. Pero a largo plazo es una estrategia peligrosa. El público no solo está cansado de superhéroes. Está cansado de franquicias que se repiten. La llamada “fatiga de IP” es real. Y Scream tenía una vía para esquivarla.
Sam Carpenter era el futuro incómodo que la saga necesitaba
Lo interesante de Sam no era solo su apellido. Era el conflicto interno. A diferencia de Sidney, que representaba la resiliencia pura frente al horror, Sam encarnaba la ambigüedad. Quería hacer lo correcto, pero sentía la sombra de su padre como un susurro constante. Esa tensión entre heroína y posible monstruo daba a la saga una dimensión nueva. ¿Qué pasaba si la protagonista no era completamente luminosa? ¿Y si la línea entre víctima y verdugo no estaba tan clara? Esas preguntas quedan ahora en el aire. Y eso es lo más frustrante.
¿Puede Scream recuperarse?
Nunca hay que subestimar la capacidad de supervivencia de Ghostface. La máscara siempre vuelve. La llamada siempre llega. Con Kevin Williamson al frente del nuevo capítulo, hay talento suficiente como para intentar reconducir la saga. Pero lo hará con un margen creativo más estrecho del que tenía cuando las Carpenter estaban en el centro de la historia.
La sensación es que Scream estuvo a punto de reinventarse de verdad. De dejar de ser únicamente la franquicia que nació en los noventa y convertirse en algo propio de esta década. El despido de Melissa Barrera no fue solo una polémica mediática. Fue un punto de inflexión narrativo. Y puede que dentro de unos años miremos atrás y pensemos que ahí fue cuando la saga decidió jugar sobre seguro en lugar de arriesgarse a evolucionar.
Ghostface siempre habla de reglas. Pero en el mundo real del cine, la regla más peligrosa es no atreverse a cambiar.
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