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Aullidos cinematográficos: Episodio final

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Y con este post finalizamos la reedición de “Aullidos cinematográficos”, en el que hacemos un repaso de las películas de hombres lobo de los 90 hasta nuestros días.

Póster de 'Lobo' con Jack Nicholson y Michele Pfeiffer
Póster de ‘Lobo’ con Jack Nicholson y Michele Pfeiffer

El cine de hombres lobo de los noventa se inauguró con “Lobo” (Wolf, 1993), de Mike Nichols, protagonizada por Jack Nicholson, lo que significaba el ascenso a la categoría de honor del subgénero. Una fría noche de invierno, Will Randall, un importante ejecutivo, conduce de noche a través de una solitaria carretera cuando atropella a una figura oscura. Cuando baja del coche descubre que se trata de un enorme lobo negro que parece estar muerto. Cuando intenta apartarlo del camino, el lobo (que lógicamente no era tal, sino un licántropo) le muerde, transmitiéndole la maldición.

Esta desafortunada actualización del mito fracasa debido a la falta de claridad en la concepción del proyecto. Parece que la intención de Lobo era establecer un paralelismo entre los hombres lobo y los feroces ejecutivos, siempre en competencia, una idea desarrollada durante prácticamente la mitad del metraje, pero desechada a continuación para mostrar un superfluo rectángulo amoroso y acabar derivando en el cuarto de hora final en una película de serie B al uso. En cuanto al elemento licantrópico, el austero maquillaje de Rick Baker recordaba al de El lobo humano, no siendo éste el único punto en común con la película de Stuart Walker, ya que, una vez transformado, Randall también es capaz de hablar y sigue siendo consciente de su forma humana.

“Luna maldita” (Bad Moon, Eric Red, 1996) tenía sus momentos, a pesar de que en nuestro país no fue estrenada en el cine y salió directamente en vídeo, recortada por los productores. El director y guionista era también el autor de los guiones de la curiosa y poco conocida “Los viajeros de la noche” (Near Dark, Kathryn Bigelow, 1987) y de “Carretera al infierno” (The Hitcher, Robert Harmon, 1986), y contaba con unos poderosos efectos visuales, teniendo además como protagonista a Michael Paré (el de Calles de fuego de Walter Hill). En ella, un fotógrafo de prensa llamado Ted viaja al Nepal donde una noche, un hombre lobo mata a su novia y le deja marcado a él con el estigma de la licantropía. De vuelta a Estados Unidos, decide pasar una temporada con su hermana Janet, su sobrino Brett y Thor, el pastor alemán de la familia. El perro será el primero en darse cuenta de que algo no marcha bien con Ted…

En el año 2000, cuando todo parecía perdido, cuando el hombre lobo agonizaba en mitad de un desierto falto de imaginación y de sangre fresca, una película vino a darnos nuevas esperanzas. Se trató de “Ginger Snaps”, una producción canadiense dirigida por John Fawcett que podría definirse como una mezcla entre “En compañía de lobos”, “Aullidos”, la perversa “Criaturas celestiales” (Peter Jackson, 1994) y “Carrie” (Brian de Palma, 1976). Brigitte y su hermana Ginger son dos adolescentes unidas contra la vida tal como la conocemos que planean suicidarse y se hacen fotos macabras como si ya lo hubieran hecho. Cierta noche (la misma que Ginger tiene su primera menstruación, a la que llama “la maldición”) deciden secuestrar al rotweiler de su odiada compañera Trina Sinclair y hacer parecer que ha sido atacado por la llamada Bestia de Bailey Downs, que ya ha descuartizado varios perros de la ciudad. De pronto, de la nada, surge una extraña criatura que se abalanza sobre Ginger y la muerde. Pero aunque se recupera milagrosamente de sus heridas, Ginger no está bien: comienza a crecerle pelo en las cicatrices, una cola asoma por la base de su espina dorsal y siente un deseo irrefrenable de sangre humana: se está convirtiendo en una mujer lobo. Queriendo ayudar a su hermana, Brigitte recurre a Sam, un joven problemático que parece saber del tema y que decide pasar de las reglas de Hollywood. La licantropía es una infección que se transmite a través de la sangre y los fluidos corporales cuya cura es una inyección de extracto de acónito. Y mientras lucha por proteger a Ginger, Brigitte se convierte en cómplice de sus crímenes…

Ginger Sanps
Fotograma de Ginger Sanps

Sin llegar a ser un clásico del género y a pesar de sus pobres efectos especiales debidos al bajo presupuesto (correctamente enmascarados por la oscuridad), “Ginger Snaps” se dejaba ver. Es una buena película, sobre todo si la comparamos con la vacuidad del resto de películas licantrópicas de la época. Puede decirse que su intención es la misma que la de Landis, al llevar el hombre lobo a un entorno urbano y subrayar su lado humano y que al igual que Jordan, utiliza las transformaciones como metáfora de los cambios físicos y la rebeldía de la adolescencia. Para muchos se trató de la aportación más importante al cine de hombres lobos en mucho tiempo.

‘Ginger Snaps’ tuvo dos secuelas, lamentablemente muy por debajo de la original: “Ginger Snaps 2: Los malditos” (Ginger Snaps 2:Unleashed, Brett Sullivan, 2004) y “Ginger Snaps 3: El origen” (Ginger Snaps 3: The Beginning, Grant Harvey, 2004), esta última una precuela ambientada en la América del siglo XIX.

Enormemente pretenciosa resultaba la británica “Dog Soldiers”, dirigida en 2002 por el debutante Neil Marshall, al mostrar en su cartel promocional una reseña de Total Film donde se la saludaba como “El debut de terror más explosivo y simplemente disfrutable desde Posesión infernal”. Si cualquier comparación es odiosa, ésta, mucho más. No consta el nombre de quien hizo la reseña pero, sin duda, o no se refería a esta película o era familiar del director. En “Dog Soldiers”, un grupo de soldados de maniobras en las Highlands escocesas es acosado por una jauría de hombres lobo. Permítanme hacer mi propia reseña: “Dog Soldiers” puede compararse al momento de Jackass en que el enano era arrojado dentro de un carro de la compra: inicio prometedor, desenlace completamente previsible y final decepcionante. Con eso digo todo.

A pesar de contar en la dirección con Wes Craven y con Christina Ricci como protagonista, “La maldición” (Cursed, 2005) no aportó nada nuevo al mito, a no ser un desastroso uso de los efectos generados por ordenador. En Los Ángeles, una noche de luna llena, algo surge de entre las sombras y hace que el coche de Ellie y Jimmy choque contra otro vehículo, echándolo fuera de la carretera. Cuando intentan auxiliar a la conductora del otro coche, son atacados por una criatura que la mata e hiere a los hermanos. Aunque logran salvar su vida, nunca serán los mismos después del accidente. De repente descubren que poseen una fuerza sobrehumana, que sus sentidos se han agudizado al máximo y que provocan una enorme atracción en los demás. Convencidos de que han sido mordidos por un hombre lobo, cuentan con los próximos dos días de luna llena para descubrirlo y destruirlo, y librarse así de la maldición.

Jesse Eisemberg y Christina Ricci
Jesse Eisemberg y Christina Ricci en ‘La maldición’

Y a partir de aquí, ya no hablaremos de cine. Hablaremos de otra cosa. Del linaje maldito de ‘Matrix’: productos elaborados con enormes presupuestos y destinados a un público mayoritario sin demasiadas exigencias, más parecidos a videojuegos que a películas, donde se supone que los efectos especiales generados por ordenador hacen innecesaria la imaginación y una buena historia. Hablo de “Van Helsing” (Stephen Sommers, 2004), con Hugh Jackman enfrentado a el Hombre Lobo, el monstruo de Frankenstein y Drácula; y “Underworld” (Len Wiseman, 2003) y sus secuelas: “Underworld Evolution” (Len Wiseman, 2006), “Underworld: Rise of the Lycans” (Patrick Tatopoulos, 2009) con un guión inspirado vagamente en los Montescos y Capuletos de Romeo y Julieta con la salvedad de que la familia de ella chupa sangre y la de él aúlla y reparte mordiscos cuando brilla la luna llena y de que ambas mantienen una lucha ancestral desconocida por los seres humanos y “Underworld: Awakening” (Måns Mårlind, Björn Stein, 2012) que recupera la historia quince años tras los sucesos de ‘Evolution’ en el que el personaje de Selene (Kate Beckinsale) despierta de un coma y descubre que tiene una hija de catorce años, mitad vampiro y mitad licántropo. Cuarta entrega de la saga Underworld. En 2007, “Skinwalkers”. “El poder de la sangre” (Skinwalkers, James Isaac) se publicitó como la película que venía a recuperar el espíritu de los films de hombres lobo de antaño, usando efectos especiales clásicos, con maquillaje, prótesis, animatronics y el mínimo de efectos digitales. En ella se cuenta el enfrentamiento entre dos manadas de hombres lobo: quienes desean terminar con la maldición y quienes disfrutan de sus poderes. Una noche, ambos grupos reciben una señal de la luna que les anticipa el cumplimiento de una antigua profecía: un chico de 13 años, mitad lobo, mitad humano, controlará el destino de todas las especies. La verdad es que “Skinwalkers” exudaba mediocridad por todos sus poros, careciendo de misterio, mitología y horror y resultando en definitiva un mal pastiche con una línea argumental frágil, malas actuaciones y, para colmo, malos efectos especiales. Otro tanto puede decirse de “La marca del hombre lobo” (Blood and Chocolate, Katja von Garnier, 2007), que no es una película de terror sino la edulcorada historia de amor entre la mujer lobo rumana Vivian y el dibujante de cómics norteamericano (y humano) Aiden, una relación que no es vista con buenos ojos por los congéneres de Vivian, que deciden poner fin al asunto. Aquí los hombres lobo no se muestran como monstruos bípedos, sino como seres humanos que se transforman literalmente en lobos en medio de un estallido de luz mística. ¿Adivinan quién está detrás de esta pésima película? Pues sí: los productores de “Underworld”.

UnderworldAsí que si este verano alguno de ustedes descubre en mitad del bosque una cripta oculta por la vegetación, atrévase a bajar sus resbaladizos escalones y si allí encuentra el cadáver de Larry Talbot o de Waldemar Daninsky, por favor, ¡extráigale rápidamente las balas de plata! ¡Necesitamos que vuelvan!

Por: Manuel Moros y Carlos Gallego