No ocurre todos los años. Y por eso, cuando sucede, merece detenerse un segundo. La película española Sirât acaba de ser nominada al Oscar a Mejor Película Internacional, colocando de nuevo al cine español en el escaparate más exigente del mundo.
El anuncio se ha producido esta misma mañana en Beverly Hills, dentro de unas nominaciones que ya han entrado directamente en los libros de historia de la Academia. Pero entre superproducciones, récords y nombres habituales, hay una presencia que destaca por su recorrido silencioso y su potencia cinematográfica: Sirât.
Un viaje físico y emocional que ha conquistado a la Academia
Dirigida por Oliver Laxe, Sirât es una película profundamente sensorial, una experiencia que se construye desde el cuerpo, el paisaje y el silencio. Ambientada en un entorno desértico extremo, la historia sigue a un grupo de personajes enfrentados no solo a la hostilidad del terreno, sino a sus propios límites morales y emocionales.
El desierto no es un simple escenario. Es un elemento narrativo activo que condiciona cada plano, cada decisión y cada respiración de los personajes. La cámara observa, acompaña y aguanta, sin subrayados ni concesiones, reforzando una sensación de desgaste físico y mental que atraviesa toda la película.
Ese enfoque radical, tan reconocible en la filmografía de Laxe, ha terminado siendo una de las claves que han llevado a Sirât hasta la nominación. No es una película diseñada para gustar a todo el mundo. Precisamente por eso, ha conectado con una parte muy concreta del votante de la Academia.

Del circuito de festivales a la carrera por el Oscar
Antes de llegar a los Oscar, Sirât ya había construido un sólido prestigio internacional. Su paso por festivales europeos la situó rápidamente como una de las propuestas más contundentes del cine de autor reciente, con una recepción crítica que destacaba su coherencia formal y su riesgo narrativo.
España la eligió como su representante oficial, una decisión que generó conversación en su momento, pero que hoy queda refrendada por la nominación. No se trata de una apuesta comercial, sino de una defensa clara de una forma de hacer cine que confía en el lenguaje audiovisual y en la experiencia del espectador.
Además de la candidatura a Mejor Película Internacional, Sirât ha logrado también una nominación al Oscar a Mejor Sonido, un reconocimiento que pone en valor el trabajo de Amanda Vil, responsable de un diseño sonoro donde el viento, el silencio y la presencia física del entorno forman parte del propio lenguaje narrativo, al mismo nivel que los diálogos.
Un año histórico en los Oscar marcado por los récords
Ryan Coogler dando instrucciones a Michael B. Jordan durante el rodaje de Sinners
La 98ª edición de los Premios Oscar ha dejado un titular imposible de ignorar. Sinners se ha convertido en la película más nominada de la historia, con 16 candidaturas, superando el récord que hasta ahora compartían Titanic, La La Land y All About Eve.
Muy cerca aparece One Battle After Another, con 13 nominaciones, confirmando el enorme peso autoral de Paul Thomas Anderson en esta edición.
Un segundo bloque de títulos refuerza la sensación de un año especialmente fuerte para el cine de autor: Frankenstein, Marty Supreme y Sentimental Value acumulan nueve nominaciones cada una, muchas de ellas en categorías principales.
El valor real de la nominación de Sirât
En un año dominado por grandes estudios, campañas millonarias y estrellas globales, la presencia de Sirât cobra un valor especial. No compite desde el espectáculo, sino desde la coherencia artística. No entra en la conversación a base de ruido, sino de identidad.
España llega a los Oscar con una película que no busca agradar a todos, sino ser fiel a una mirada concreta. Y eso, en el contexto actual de la Academia, dice mucho más de lo que parece.
¿Hasta dónde puede llegar?
La categoría de Mejor Película Internacional siempre es imprevisible. Pero Sirât ya ha logrado algo fundamental: estar ahí. Compartir espacio con algunas de las cinematografías más potentes del año y colocar el nombre de Oliver Laxe, una vez más, en el mapa global del cine contemporáneo.
Gane o no la estatuilla, la nominación ya es una victoria. Y ahora la pregunta es inevitable: ¿estamos ante una de esas noches que se recuerdan durante años?



