Hay remakes que generan curiosidad. Otros provocan cansancio. Y luego están los que despiertan una reacción visceral, casi defensiva, como si alguien hubiera tocado algo sagrado.
Eso es exactamente lo que ha pasado con el rumor de que Margaret Qualley podría protagonizar un remake de Possession, el clásico de terror psicológico dirigido por Andrzej Żuławski en 1981. Según la información que circula, el proyecto estaría en manos de Parker Finn, responsable de Smile, y contaría también con Callum Turner. La reacción no se ha hecho esperar. Y no, no es simple “fatiga de remakes”.
No es odio: es protección
Possession no es una película cualquiera. Con el paso de los años se ha convertido en una experiencia casi ritual, una obra que no se revisita para entretenerse, sino para sobrevivir a ella. Su estatus de culto no nace de la nostalgia, sino de la sensación compartida de que es una película irrepetible.
Por eso el enfado no tiene tanto que ver con Margaret Qualley, cuyo talento nadie discute, ni siquiera con la idea de reinterpretar un clásico. Tiene que ver con algo más profundo: la convicción de que hay obras que no admiten réplica, porque su fuerza nace de un contexto humano, histórico y emocional imposible de reproducir hoy.
El peso imposible de Isabelle Adjani

El corazón del rechazo está en una pregunta que nadie quiere formular en voz alta: ¿Cómo se reemplaza lo irreemplazable?
La interpretación de Isabelle Adjani como Anna —y su doble reflejo— no es solo una gran actuación. Es un acto de autodestrucción artística. Durante años, la propia actriz ha hablado del rodaje como una experiencia traumática, algo que la dejó psicológicamente tocada y que necesitó terapia para procesar. No es una leyenda urbana. Es parte del ADN de la película.
La famosa escena del metro de Berlín, con Adjani retorciéndose, gritando y colapsando físicamente durante varios minutos, no funciona porque esté bien coreografiada. Funciona porque no lo está. Porque el espectador siente que la cámara ha dejado de registrar ficción y está presenciando algo que no debería estar viendo.
Recrear eso hoy, bajo estándares modernos de seguridad y control, no solo sería imposible: traicionaría el sentido de la escena.
Una película nacida del dolor real
Possession no surge de una sala de guionistas ni de una estrategia de estudio. Nace del derrumbe personal de Żuławski, que escribió el guion en apenas diez días, atravesando una depresión severa tras su divorcio. Él mismo describió el proceso como “un aullido desde el fondo del alma”. Ese dolor no está disimulado y se nota en cada plano de la película.
La relación rota, el abandono, la violencia emocional, el niño atrapado en medio del desastre… todo responde a una vivencia íntima. Por eso la película no sigue reglas convencionales. No busca ser clara, ni agradable, ni coherente. Busca expulsar algo.
Convertir esa experiencia en un remake de estudio, surgido de una puja entre grandes productoras, cambia inevitablemente su naturaleza. Pasa de ser una confesión desesperada a convertirse en propiedad intelectual.
El Berlín que ya no existe

Hay otro elemento imposible de replicar: el lugar. Possession está rodada en el Berlín dividido por el Muro, y la ciudad no es un decorado, sino un personaje más. La separación física entre Este y Oeste funciona como metáfora constante de la ruptura emocional de la pareja protagonista.
Ese contexto político, esa paranoia latente, ese aire enfermo… no se puede recrear en un plató moderno ni sustituir por una localización genérica. La película respira el clima de la Guerra Fría de una forma orgánica, casi inconsciente.
Es un producto de su tiempo. Y eso no es un defecto, es su fuerza.
El monstruo que no debería verse mejor
Incluso el elemento más “fantástico” de Possession juega en contra de un remake. La criatura diseñada por Carlo Rambaldi es torpe, viscosa, incompleta. No parece real. Y precisamente por eso resulta perturbadora.
En una época dominada por el CGI, mejorar ese diseño sería empeorarlo. Convertirlo en algo explicable, pulido o espectacular lo despojaría de su carga simbólica. En Possession, el monstruo no es un enemigo: es una extensión física del deseo, la culpa y el caos interior.
El miedo a suavizar lo insoportable
Los fans no temen un mal remake. Temen un remake correcto. Una versión elegante, controlada, segura. Una película que explique demasiado, que cierre heridas, que ofrezca sentido donde antes solo había angustia. Possession no da consuelo. No ofrece redención. No pretende gustar. Y eso es lo que muchos sienten que está en peligro.
No se duda del talento de Margaret Qualley, ni de Parker Finn, ni de nadie implicado. Lo que se cuestiona es la idea misma de que esta historia deba volver a contarse. Porque hay películas que existen una sola vez, como una herida abierta que no debe tocarse.
Un legado que no pide continuación
Possession es una obra que dejó cicatrices reales en quienes la hicieron. Sam Neill ha confesado que apenas puede verla, porque el rodaje fue una experiencia extrema de la que salió “por los pelos”. Ese tipo de marcas no se heredan. Se respetan.
Por eso la reacción de los fans no es exagerada. Es una forma de decir que no todo necesita una nueva versión. Que algunas películas no quieren actualizarse ni reinterpretarse. Solo quieren existir como lo que fueron. Y Possession es una de ellas.
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