Dirigida y escrita por Alanté Kavaité, la historia de La isla de la Belladona se sitúa en un futuro próximo en el que una ley obliga a las personas mayores a vivir en instituciones. Sin embargo, en una isla aislada del mundo, un pequeño grupo de ancianos resiste esa norma y sigue viviendo en libertad.
De ellos se ocupa Gaëlle, una joven que dedica cada minuto de su vida a cuidarles. Su rutina es sencilla, repetitiva y aparentemente serena. Todo parece en equilibrio hasta que un velero llega a la isla. A bordo viajan una médica y su hermano, cuya presencia rompe esa calma frágil y despierta algo que llevaba tiempo dormido.
La llegada trae alegría, movimiento y una sensación de vida nueva. Pero, poco después, comienzan las muertes. Y entonces, la película deja de ser solo una fábula para convertirse en algo más inquietante.
Gaëlle, una cuidadora atrapada en su propio sacrificio
El punto de vista del relato en La isla de la Belladona se construye casi por completo a través de Gaëlle, interpretada por Nadia Tereszkiewicz. Es un personaje clave, porque encarna una contradicción muy potente: cuida a los demás hasta el extremo, pero se ha olvidado por completo de vivir su propia vida.
Gaëlle cree estar protegiendo a los ancianos, pero en el fondo también los controla. Su cariño es real, pero su mirada está limitada. No se cuestiona si esa protección constante termina siendo otra forma de encierro. La película juega con esa ambigüedad moral, aunque no siempre consigue profundizar en ella con la fuerza que promete.
La interpretación de Tereszkiewicz es contenida, quizá demasiado. Funciona bien en los silencios, pero se queda corta cuando el guion exige una evolución emocional más marcada.
Los recién llegados: vida, deseo y sospecha
La irrupción del velero introduce un choque de energías. La médica, interpretada por Daphne Patakia, y su hermano, encarnado por Dali Benssalah, representan una vitalidad que la isla parecía haber olvidado.
Especialmente Benssalah se convierte en el auténtico rayo de sol del film. Su presencia despierta deseos, sonrisas y una sensación de libertad en los ancianos que resulta tan bella como inquietante. ¿Es justo devolverles esa chispa si eso implica acortar su tiempo? ¿Es mejor vivir menos pero vivir de verdad?
La película lanza estas preguntas, pero a menudo las deja flotando sin atreverse a explorarlas del todo.
Una metáfora potente… que no siempre se desarrolla
El título La isla de la Belladona no es casual. La belladona es una planta venenosa y medicinal al mismo tiempo. Un remedio y un peligro. Esa dualidad atraviesa toda la película, que se mueve constantemente entre el cuidado y el daño, entre la protección y la privación de libertad.
En el fondo, La isla de la Belladona plantea un dilema profundamente actual: ¿debemos alargar la vida a cualquier precio o permitir que cada persona decida cómo vivir sus últimos años? La propuesta es sugerente y pertinente, especialmente en un contexto de envejecimiento de la población.
El problema es que el film se queda a medio camino. El tema se apunta, se rodea de misterio e incluso se disfraza de thriller con elementos casi fantásticos, pero rara vez se aborda de forma directa. Algunas incógnitas quedan sin resolver, no como decisión artística clara, sino como sensación de desarrollo incompleto.
Un reparto veterano que sostiene lo mejor del film
Si algo funciona especialmente bien en La isla de la Belladona es el grupo de ancianos. Miou-Miou, Patrick Chesnais, Jean-Claude Drouot y Féodor Atkine aportan humanidad, humor y una verdad emocional que eleva cada escena en la que aparecen.
Sus personajes tienen personalidad, historia y una vitalidad inesperada. Son ellos quienes hacen creíble la isla como espacio de resistencia y quienes generan verdadera empatía. En muchos momentos, el film parece respirar mejor cuando se centra en ellos y se aleja de la trama más enigmática.
Se percibe incluso cierta libertad interpretativa, pequeños gestos improvisados que dotan al conjunto de autenticidad.
Una puesta en escena sencilla, pero con identidad

Visualmente, La isla de la Belladona apuesta por la contención. Cámara al hombro, escenarios naturales y una fotografía que aprovecha especialmente los atardeceres y las llamadas horas mágicas para crear una atmósfera irreal.
Las casas austeras, casi decadentes, refuerzan la sensación de un lugar fuera del tiempo. El vestuario, especialmente el de Gaëlle, subraya ese carácter funcional y apagado. La música acompaña con discreción, acentuando los momentos de tensión y ese tono de thriller suave que nunca termina de explotar.
Una idea brillante que se queda a medias
La isla de la Belladona tenía todos los ingredientes para convertirse en una gran fábula social. La idea de partida es potente, el reparto es sólido y la atmósfera está muy cuidada. Sin embargo, el desarrollo no siempre está a la altura de sus ambiciones.
El ritmo se resiente, el guion parece temer profundizar del todo en su discurso y el resultado final deja una sensación de oportunidad perdida. Aun así, su singularidad es innegable.
No es una película para todos los públicos ni busca complacer. Es una obra imperfecta, pero honesta, que invita al debate y deja un poso incómodo una vez terminan los créditos. Y solo por eso, ya merece ser vista.
Una película que no da respuestas fáciles y deja preguntas flotando mucho después del final. ¿Crees que proteger a alguien puede convertirse en otra forma de control?Síguenos en Google News para descubrir cine diferente que merece conversación.
La isla de la Belladona
NOTA CINEMASCOMICS
TOTAL
Una propuesta valiente y diferente, más interesante por lo que plantea que por cómo lo desarrolla, pero que agradece salirse de los caminos habituales del cine francés reciente.


