Cuando mil millones de dólares no son suficientes para alcanzar la grandeza
Es una herida, la más dolorosa que me han podido infligir en los últimos años. Se trata, seguramente, de la mayor oportunidad perdida desde el vilipendiado final de Juego de Tronos, el fenómeno televisivo más grande de todos los tiempos.
En su particular misión de crear la “próxima GoT”, Amazon, armada con 715 millones de dólares para una sola temporada (sí, 715), creyó que podía comprar la excelencia a golpe de talonario. Agota ver cómo sus defensores enarbolan la bandera de una supuesta modernidad frente al «purismo tóxico» de la comunidad tolkiendili, ignorando que el verdadero problema no reside en la diversidad del reparto ni en la reinterpretación de Galadriel, sino en algo mucho más primario: la vulgar escritura y una narración que atenta contra la inteligencia.
Un producto audiovisual puede gozar de todos los presupuestos del mundo, contar con los efectos visuales más deslumbrantes (que los tiene), o invertir 58 millones de dólares por episodio.
Pero si la historia no funciona, si los personajes carecen de motivaciones creíbles y si el ritmo es tan errático como las lealtades de los númenóreanos, entonces todo ese despliegue técnico no es más que oro de los necios. Y Los Anillos de Poder, queridos míos, es el mayor yacimiento de ese metal que ha visto el medio.
Los anillos de poder recibe una actualización decepcionante
Al mismo tiempo, los datos se antojan categóricos y no dejan lugar a interpretaciones benévolas. La segunda temporada perdió un 60% de minutos vistos respecto a la primera, según apunta Luminate; cualquier ejecutivo calificaría la caída de catastrófica.
Es más, solo el 37% del público estadounidense que comenzó la primera tuvo arrestos para terminarla. Esto no es una tendencia preocupante; es una hemorragia masiva.
Amazon no puede escudarse en cifras ambiguas. Cuando la compañía afirma alcanzar 40 millones de espectadores en once días sin definir cómo los cuantifica, podrían ser simplemente el número de personas que vieron cualquier parte de los capítulos, quizás solo unos minutos antes de darse por vencidos ante lo que estaban presenciando.
La segunda entrega, anunciada a bombo y platillo como algo inédito, experimentó una caída del 50% en su estreno respecto a la primera.
Para una producción que costó más que la trilogía de Peter Jackson íntegra (las películas tuvieron un gasto de 281 millones de dólares equivalentes a 436,5 en 2020), los guarismos son indefendibles.
Jeff Bezos, autoproclamado fan de El Señor de los Anillos, apostó fuerte: un cuarto de billón solo por los derechos televisivos y un compromiso de cinco temporadas. El problema subyace en el hecho de que los billetes no escriben buenas historias. Y ese ha sido, precisamente, el talón de Aquiles de esta andanza.
Ni alma, ni coherencia
Para mayor desgracia del legado de Tolkien, los habitantes de esta nueva Tierra Media tienen motivaciones endebles y actúan como fichas en un tablero, moviéndose porque un ente superior así lo decide, sin que exista una razón orgánica para sus juicios.
Sin ir más lejos, Isildur, destinado al trono de Gondor y Arnor y a apoderarse del Anillo Único, decide cruzar el mar porque siente alguna extraña perturbación en la Fuerza.
El guion resulta perezoso y falto de creatividad, sumado a unas interpretaciones y dirección deficientes. Y es que los showrunners Patrick McKay y John D. Payne, con prácticamente nula experiencia previa en proyectos de esta envergadura, han demostrado abordar la adaptación más compleja de la historia televisiva con una ligeridad pasmosa. La mayor parte de lo mostrado es inventado, y no precisamente de forma brillante.
Nos enfrentamos a una sucesión de graves incongruencias durante el transcurso de los episodios. En la segunda versión de Eregion aparecen murallas que no existían en la primera; los orcos caminan bajo la luz del sol después de que nos explicaran por qué no podían hacerlo en este «seudomundo» ideado por los creadores; en Númenor cambian de lealtad a todas horas sin que nadie se pregunte por qué; y los protagonistas se enteran de información crucial sin que haya ninguna indicación de cómo la obtuvieron. Narrativa de conveniencia en su expresión más burda.

«El enemigo del arte es la ausencia de limitaciones», afirmó con tino Orson Welles. Inicialmente la primera temporada iba a oscilar entre 100 y 150 millones de dólares, pero acabó costando 465. Una escalada presupuestaria que no fue fruto de una visión que requería más recursos, sino de una mala gestión.
Peter Jackson, en cambio, se vio obligado a ser ingenioso. Cada uno de sus cambios nació de la necesidad de resolver problemas con recursos limitados. Amazon intentó eliminar obstáculos aumentando el presupuesto. Y en ese proceso, garantizó el fin de la resolución creativa de problemas. Pero el arte nace de un ingenio que aquí brilla por su ausencia.
El resultado es algo visualmente impresionante, pero hueco. Un cascarón precioso con un vacío interior. Los efectos especiales, el diseño de producción y la banda sonora funcionan. No obstante, cuando los diálogos son acartonados, las tramas se sienten desconectadas entre sí, y el ritmo oscila entre lo soporífero y lo precipitado, ninguna cantidad puede salvar el producto final.
De una civilización en decadencia, conflictos políticos que resonarían con la actualidad, nombres legendarios con el peso de siglos sobre sus hombros, los responsables lograron convertir la pugna por la sucesión entre Míriel y su tío Pharazôn en un tedio insoportable.
Conversaciones excesivamente largas que vuelven una y otra vez sobre los mismos temas sin avanzar y parecen existir únicamente para rellenar minutos de metraje. Figuras como Kemen o Eärien ni siquiera tienen una razón clara de existir en la trama. Son metáforas tan evidentes y simples de conflictos modernos que pierden toda sutileza y se convierten en consignas mal disimuladas.
Tolkien, que usó milenios entre sucesos para crear leyendas, permitió que las lecciones del pasado se olviden o se cuestionen. Ese recurso es fundamental en su obra. La envergadura temporal dota a su mundo de profundidad mitológica, de peso histórico.
¿Qué hicieron McKay y Payne? Comprimir eventos que ocurren a miles de años de distancia en un mismo marco temporal. Una decisión suicida que elimina toda la riqueza del material original. La forja de los anillos, el auge y caída de Númenor, o la ascensión de Sauron, todo condensado artificialmente porque, al parecer, los espectadores contemporáneos no soportan la complejidad temporal. Un relato atropellado que pierde toda la grandeza épica que caracterizaba al profesor.
Huida hacia adelante
Los Anillos de Poder Elendil
Amazon insiste en que nada ha cambiado, que seguirán con las cinco temporadas planeadas. Pero con una pérdida tan sangrante de seguidores y la serie desaparecida de los grandes proyectos audiovisuales de la actualidad, la viabilidad está en entredicho.
Un título que ha costado cerca de mil millones de dólares entre derechos y producción no puede permitirse perder más de la mitad de su audiencia. Los propios showrunners admitieron estar «analizando la respuesta del público» y que «saben qué personajes han gustado a la gente», prometiendo ajustes. Suena más a remedio desesperado que a un alarde de coherencia. Construyeron una serie con un plan a largo plazo y tuvieron que hacer correcciones sobre la marcha porque la gente huyó en masa, de modo que algo fundamental falló desde el principio.
No es el mayor de sus fracasos por la estética (es fantástica) ni porque traicione al espíritu de Tolkien con un casting diverso o una Galadriel excesivamente infantil. Lo es porque, pese a los billetes invertidos, los guionistas no fueron capaces de crear una narrativa coherente, personajes tridimensionales con motivaciones sólidas, ni un ritmo que enganche. Supone, en definitiva, una lección brutal sobre los límites del dinero en el medio artístico audiovisual.
Podrás contratar a los mejores técnicos del mundo o rodar en los paisajes más espectaculares, pero sin una historia bien contada, repleta de héroes que se mueven por conveniencia argumental, todo ese despliegue no será más que fuegos artificiales que se disipan en el aire sin dejar rastro.
Y mientras la marca se aferra a la esperanza de que la cosa mejorará, los espectadores continúan abandonando el barco en masa. Porque al final, lo que perdura no son los efectos especiales ni los presupuestos estratosféricos. Lo que permanece son las aventuras bien narradas. Y Los Anillos de Poder, por mucho que le duela a Bezos, no lo es.
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