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Crítica de ‘La habitación’

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Aterradora psicología a través de una claraboya. En ‘La habitación’ los monstruos no se esconden en el armario, sino que están detrás de la puerta.

‘La habitación’ (Lenny Abrahamson, 2015) puede ser definida como una aterradora adaptación cinematográfica de casos reales en los que despreciables seres humanos cometen atroces crímenes contra otros. No obstante, el drama de ‘La habitación‘ no es la asfixiante realidad que oprime a los espectadores con planos muy cortos a los omnipresentes rasgos faciales de una sobrecogedora Brie Larson y un asombroso niño prodigio llamado Jacob Tremblay; qué va. Esta co-producción canadiense e irlandesa brilla con luz propia cuando inocula a esa terrible realidad capas y capas de psicología. Ya sea a través de la luz de una claraboya o gracias a los ojos y la voz del pequeño Jack, ‘La habitación‘ se va plegando y haciendo grande a partes iguales conforme Lenny Abrahamson examina a los protagonistas. Y lo hace muy de cerca, diseccionando cada detalle hasta convertir el drama en algo mucho más grande; en algo real. Ya que la película funciona en tres actos extremadamente bien definidos, me voy a ceñir a ellos para jugar al aterrador experimento psicológico que resulta ser ‘La habitación‘.

Primer acto: El mundo puede ser tan grande o tan pequeño como tú lo imagines.

La primera parte de ‘La habitación‘, como toda la película, está narrada por Jack. El personaje interpretado por Jacob Tremblay presenta, con deliciosa vocación por parte del director, el pequeño mundo que comparte con su madre. La claustrofobia comienza a apoderarse de los espectadores gracias a planos perfectamente adecuados al contexto narrativo, una decisión audiovisual que va empequeñeciendo cada vez más la habitación hasta convertirla en un mundo de plastilina. La verdad duele tanto o más que la mentira, tanto o más que la poesía. Y a nadie le interesa la poesía, al igual que a Jack no le interesa la verdad. Aunque la sabe reconocer.

En ese juego de planos, miradas y opresión que presenta ‘La habitación’ encontramos rasgos muy características del mito de la caverna de Platón. ¿Qué es el mundo en realidad? Aquello que conocemos. ¿Qué es la cueva? ¿Qué las sombras que proyecta el fuego? ¿Qué son las ideas? Abrahamson somete al espectador a esta reflexión mediante terroríficos trucos de artífice criminalista. Sólo él sabe donde poner el límite, porque nosotros empezamos a creer que quizás esas cuatro paredes sean suficientes y que podría ser peligroso traspasar la frontera dibujada por la claraboya. Para ellos -y ya para nosotros- sólo existen dos mundos: dentro y fuera. Pero la verdad duele, y la sabemos reconocer.

Segundo acto: El mundo a través de ojos que no quieren ver puede ser igual de doloroso que vivir encarcelado.

Para cuando ‘La habitación‘ se ha convertido en una cárcel en lugar del hogar que creíamos al principio, madre e hijo aceptan su condición de presos y ponen en marcha la “operación éxodo“. La libertad de una hoja se regodea sobre la frágil claraboya de cristal, burlándose de esos cuatro ojos que quieren abrirse al mundo real. Pero, ¿qué es el mundo en realidad? El mundo es aquello que conocemos, pero la madre ha perdido la capacidad de conocer.

En este segundo acto, ‘La habitación‘ se somete a la psicología más dura para las víctimas: volver al punto de partida. Superar un trauma, adaptarse a la realidad, sentirse uno más. Pero ser consciente de que las reglas han cambiado para ti y lo han hecho para siempre es el primer paso para la inadaptación. ‘La habitación‘ contrapone ambos puntos de vista: madre e hijo son protagonistas de un duelo psicológico que navega entre la deriva de la agorafobia y el timón de la aceptación. Jack se agarra a la realidad, la madre… Se agarra a las polvorientas paredes del pasado.

Tercer acto: El tiempo lo puede curar todo si hay una despedida.

Desde mi punto de vista, el tercer acto de ‘La habitación’ es probablemente el más flojo de la película. No es que el cineasta perdiera el horizonte narrativo de su obra, sino más bien es un mal necesario que debe ser contado después de todos los bloques de gélida psicología que nos han impactado en los dos actos precedentes. Del intento de suicidio de la madre a la casi recuperación de ésta vemos cómo la inocencia de los niños es la sublimación del amor, incluso cuando éstos deciden despojarse de aquello que les hace fuertes.

Renacidos, renovados, reinsertados. Jack y su madre han dejado de lado ‘La habitación‘, pero vuelven. Y no vuelven al final de la película para explorar las devastadoras consecuencias del síndrome de Estocolmo, sino que vuelven para despedirse. Mirar a la cara al pasado, reconocer el dolor, afrontar los hechos y decir adiós. Los segundos sólo pueden pasar sin herir no cuando uno haya curado sus heridas, sino cuando éste se haya despojado de su antigua piel y la haya dejado sobre el tenue rayo de luz que se filtra por una claraboya.

El estreno de ‘La habitación’ en España está previsto para el próximo 26 de febrero. ¡Os dejamos el tráiler!

David Lorao
Graduado en Periodismo. Concibo el cine como la fábrica de sueños que forjó George Méliès y vivo a medio camino entre el Asilo de Arkham y la Cocina del Infierno. Devorador de cómics y adicto a la literatura y las series de televisión. Admiro por encima de todo la obra de Alan Moore, Frank Miller y Neil Gaiman, aunque no le daría la espalda a nada que haya salido de los lápices creativos de Ibáñez. Generación 'Goonie' y pasión por la escritura. "Nunca abandones tus principios, ni siquiera en presencia del apocalipsis". También puedes leerme en twitter como @goonielor.