The Beauty no llega para gustar a todo el mundo. Llega para incomodar, provocar y, si te descuidas, hacerte reír justo antes de que alguien explote en pantalla. Y lo más sorprendente de todo es que, después de varios tropiezos recientes, Ryan Murphy vuelve a estar inspirado. No contenido. No elegante. Inspirado.
La serie, basada en el cómic de Jeremy Haun y Jason A. Hurley, mezcla body horror, sátira social y thriller conspiranoico con una premisa tan absurda como brillante: un virus de transmisión sexual que te vuelve increíblemente atractivo… antes de matarte de la forma más gráfica posible. Belleza, deseo y muerte en el mismo paquete. Murphy en estado puro.
Belleza extrema, consecuencias extremas
El arranque de The Beauty es uno de los más potentes de la televisión reciente. Una supermodelo —interpretada por Bella Hadid— abandona una pasarela y desata el caos absoluto: violencia, persecuciones, sed incontrolable y un final tan sangriento como imposible de olvidar. Es una declaración de intenciones clara: aquí no se viene a mirar el móvil mientras pasa algo “de fondo”.
A partir de ahí, la serie sigue a dos agentes del FBI, Jordan Bennett (Rebecca Hall) y Cooper Madsen (Evan Peters), que investigan una epidemia global de cuerpos perfectos… que estallan. Ambos personajes, además, lidian con sus propias inseguridades físicas, dejando claro que ni siquiera los “guapos oficiales” están a salvo de la tiranía estética.
Ozempic, redes sociales y carne que se rompe

Murphy no se corta un pelo a la hora de disparar contra todo lo que rodea a la obsesión contemporánea por el cuerpo perfecto. The Beauty apunta directamente a la cultura del retoque, los milagros farmacológicos, la presión social y la idea de que ser atractivo es una obligación moral. ¿La diferencia? Aquí las consecuencias son literales: piel que se abre, huesos que crujen y sangre que salpica.
En el centro del caos está Byron Forst, un multimillonario tecnológico interpretado por Ashton Kutcher, conocido simplemente como “la Corporación”. Su objetivo es monetizar el virus mientras el mundo se desangra. A su lado, un asesino frío y estilizado encarnado por Anthony Ramos, que funciona como brazo ejecutor del capitalismo más obsceno.
Y sí, Isabella Rossellini aparece. Y cada vez que lo hace, la serie sube varios puntos. Su presencia aporta elegancia, veneno y una sensación constante de que sabe más de lo que dice. Verla compartir escenas con Kutcher es uno de los placeres más perversos de la temporada.
Mucho exceso… y no siempre profundidad
Ashton Kutcher en The Beauty
No todo en The Beauty es redondo. La serie lanza tantas ideas —AIDS, vacunas, incels, redes sociales, bullying, farmacéuticas— que no siempre conecta los puntos con claridad. A veces parece más interesada en el impacto visual que en desarrollar un discurso sólido. Pero también es cierto que Murphy nunca ha sido sutil, ni falta que le hace.
Cuando la serie acierta de verdad es en los episodios más íntimos, centrados en personajes “normales”, especialmente el arco interpretado por Jeremy Pope, que aporta una vulnerabilidad incómoda y muy humana. Ahí The Beauty deja de ser solo un festival de carne y se convierte en algo más triste… y más peligroso.
Un festín grotesco que se devora sin culpa
The Beauty no es una serie profunda, ni pretende serlo todo el tiempo. Es exagerada, obscena, irregular y a ratos brillantemente entretenida. Un regreso a la vena más Nip/Tuck de Ryan Murphy, pasada por el filtro del horror corporal moderno y la cultura del “quiero ser mejor que tú cueste lo que cueste”.
Te va a dar asco. Te va a hacer reír. Y probablemente te va a gustar más de lo que admitirás. Porque al final, Murphy lo sabe… la belleza vende. Incluso cuando explota.
The Beauty ya está disponible en Disney+. Si aún no estás suscrito, este es el tipo de serie que justifica darle al botón y comprobar hasta dónde puede llegar la obsesión por ser perfecto.
The Beauty
NOTA CINEMASCOMICS
TOTAL
Una serie provocadora, grotesca y muy adictiva que brilla por su exceso visual y su sátira incómoda sobre la obsesión por la belleza, aunque no siempre profundiza en todas las ideas que plantea. Funciona mejor cuando incomoda que cuando intenta explicarse.


