Sin piedad (Mercy) no pierde el tiempo en pedir permiso. Te sienta en una silla, te ata, pone un contador en marcha y te lanza una pregunta incómoda: ¿confiarías tu vida a una inteligencia artificial? A partir de ahí, todo es una cuenta atrás tan tensa como provocadora, con un futuro que no parece tan lejano como nos gustaría creer.
Dirigida por Timur Bekmambetov, uno de los grandes valedores del cine “screenlife”, la película se sitúa en Los Ángeles en el año 2029. Y no, no hablamos de coches voladores ni de utopías relucientes. Aquí el progreso tiene forma de tribunal automatizado, una justicia exprés donde eres culpable hasta que demuestres lo contrario. Y tienes solo 90 minutos para lograrlo.
Un juicio sin humanos… y sin margen de error
El protagonista es Chris Raven, detective del LAPD interpretado por Chris Pratt (puedes nuestra en exclusiva en este enlace), que despierta tras una noche de borrachera sin recuerdos… y acusado del asesinato de su esposa. No hay jurado, no hay juez humano y no hay apelación. Solo la llamada Mercy Chair, una silla de juicio donde el veredicto lo dicta un algoritmo.
Presidiendo este tribunal está Judge Maddox, una entidad de IA encarnada con frialdad quirúrgica por Rebecca Ferguson. No grita, no amenaza, no se altera. Simplemente calcula probabilidades. Si tu porcentaje de inocencia no supera el umbral exigido, la sentencia es definitiva. Y mortal.
La premisa funciona porque es tan extrema como plausible. En un mundo saturado de cámaras, registros digitales y vigilancia constante, ¿de verdad estamos tan lejos de algo así? La película juega con ese miedo contemporáneo sin necesidad de subrayarlo constantemente. Basta con ver cómo cada movimiento, cada llamada y cada recuerdo pueden ser utilizados en tu contra.
Bekmambetov vuelve a las pantallas… literalmente
Quien conozca la filmografía de Bekmambetov sabe que aquí no hay trampa. El director vuelve a apostar por el lenguaje del screenlife: la acción se desarrolla a través de pantallas, cámaras corporales, móviles, drones y archivos digitales. Todo ocurre en tiempo real, y eso le da a Sin piedad un pulso constante, casi asfixiante.
Lejos de sentirse como un simple experimento formal, el recurso se integra bien en la narrativa. El espectador investiga al mismo ritmo que Raven, saltando entre grabaciones, llamadas y fragmentos de información que se reorganizan a toda velocidad. Es cine pensado para una era donde miramos pantallas incluso cuando vamos al cine.
Eso sí, no todo el mundo conectará con esta propuesta. Hay momentos en los que la saturación visual puede resultar agotadora, y el abuso deliberado de imágenes de baja resolución forma parte del juego. Aquí no hay planos contemplativos: hay urgencia, estrés y una sensación constante de vigilancia.
Chris
Pratt stars as Chris Raven in MERCY, from Amazon MGM Studios.
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Chris Pratt, contra el reloj… y contra su propia imagen
Uno de los grandes aciertos de la película es sacar a Pratt de su zona de confort. Aquí no hay chistes fáciles ni carisma desenfadado. Su Chris Raven es un hombre roto, con problemas de alcohol, atrapado por un sistema que él mismo ayudó a crear. Ironía pura.
Gran parte del metraje lo pasa inmóvil, atado a una silla, sudando, dudando y reconstruyendo un crimen del que ni siquiera recuerda los detalles. Es una interpretación más contenida y oscura de lo habitual, y funciona precisamente por eso. Pratt no puede esconderse detrás de la acción; tiene que sostener la película con la mirada y la desesperación.
A su alrededor destacan Kali Reis como su compañera de policía, cada vez más implicada en el caso, y Annabelle Wallis en un papel clave para entender el rompecabezas emocional y narrativo de la historia.
¿Crítica a la IA o advertencia disfrazada?

Aunque la película parece señalar directamente a la inteligencia artificial como villana, Sin piedad es más ambigua de lo que aparenta. No plantea un discurso simplista de “máquinas malas, humanos buenos”. De hecho, deja caer una idea inquietante: tal vez el problema no sea la IA, sino quién la diseña, quién la alimenta y con qué intención.
La juez Maddox no es un monstruo. Es eficiente, lógica y, en ocasiones, inquietantemente razonable. La película sugiere que un algoritmo puede ser más imparcial que un sistema humano corrupto… pero también más implacable. Y ahí está el verdadero terror.
En su tramo final, el film abraza sin complejos la acción más física, con persecuciones y explosiones que rompen el encierro inicial. Puede que sea un giro algo excesivo, pero también sirve para liberar tensión y recordar que seguimos ante un thriller comercial pensado para el gran público.
Un futuro incómodo que deja poso
Con una duración ajustada y un ritmo que apenas da respiro, Sin piedad (Mercy) es un thriller de ciencia ficción eficaz, inquietante y muy conectado con los miedos actuales. No reinventa el género, pero sí lo actualiza con inteligencia y mala leche.
Sales del cine con ganas de apagar el móvil, desconfiar de los algoritmos… y pensar dos veces antes de aceptar que una máquina decida por ti. Y eso, hoy en día, ya es mucho decir.
Porque al final, la pregunta no es si este futuro llegará. La pregunta es cuánto tardará. ¿Te fiarías de una inteligencia artificial para decidir tu destino en solo 90 minutos? Déjanos tu opinión en comentarios y síguenos en Google News para no perderte las críticas más inquietantes de 2026.
Sin Piedad (2026)
NOTA CINEMASCOMICS
TOTAL
Un thriller sólido, tenso y actual, que engancha desde su premisa y funciona especialmente bien como experiencia cinematográfica de alto ritmo.



