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Aullidos Cinematográficos

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Portada The Amazing Spider-man 'The mark of the Man -Wolf'
Portada The Amazing Spider-man ‘The mark of the Man -Wolf’

‘Aullidos cinematográficos: Parte I’. En este artículo  revisamos las ocasiones en que el cine se ha acercado a la figura de uno de nuestros monstruos favoritos: el hombre lobo. “Sirva además este artículo como sincero homenaje al astronauta John Jameson, el hijo de J. Jonah Jameson, protagonista de una de mis aventuras favoritas del trepamuros: ¡Horror a la luz de la luna! (Amazing Spiderman nº 189) y ¡En busca del hombre lobo! (Amazing Spiderman nº190)”

El mito del hombre que se convierte en bestia es algo universal y su origen se pierde en la noche de los tiempos. Hunde sus raíces en lo más profundo del inconsciente humano, reflejando la atávica preocupación de nuestra especie por dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos, personificados en una bestia, a pesar de que los clásicos rasgos de sadismo y sed de sangre son características únicamente humanas, inexistentes en el reino animal ya que ningún animal sano en libertad ataca por placer. Así, hay creencias en hombres-jaguar en Sudamérica, hombres-pantera, hombres-leopardo y hombres-hiena en África, hombres-oso en los países escandinavos y hombres-tigres en Rusia. En Occidente, lógicamente, se habla de hombres-lobo, al haber sido éste el depredador más importante (cuando el hombre se dedicó al pastoreo, constituyó una auténtica amenaza para su subsistencia). En Europa se han dado cientos de casos de asesinos que achacaron sus crímenes al monstruo que llevaban dentro. La Francia del siglo XVI fue azotada por una auténtica epidemia de crímenes atribuidos a los hombres lobo hasta el punto de que entre 1520 y 1630 se llevaron a cabo 30.000 juicios contra personas que aseguraban transformarse físicamente en lobos mediante ungüentos o hierbas para asesinar y devorar a sus congéneres. En nuestro país, sin ir más lejos, contamos con Manuel Blanco Romasanta, que confesó haber asesinado, despedazado y devorado a trece personas en los bosques de Galicia, Asturias y Cantabria entre 1846 y 1852 y que alegó durante su juicio que padecía la maldición del lobisome.

Aunque en las historias clásicas el licántropo se convierte literalmente en un gran lobo, la imagen que viene a nuestra mente cuando evocamos un hombre lobo es otra muy diferente y mucho más impactante y aterradora: la de un ser con características tanto humanas como lupinas, que es tal y como el mito del hombre lobo fue llevado al cine, probablemente por la imposibilidad de rodar con un animal de estas características.

La primera película sobre licántropos fue, curiosamente, un cortometraje mudo sobre una mujer loba. ‘The werewolf’ fue dirigida en 1913 por Henry McRae, y presentaba a Watuma, la hija de una hechicera india que poseía la capacidad de convertirse en un lobo gracias a la sencilla técnica de los planos encadenados. ‘The White Wolf’ (1914), de director desconocido, seguía explorando las leyendas indias. En esta ocasión, un lobo atrapado en un cepo se transforma en un brujo indio, un hombre-medicina que desea a una mujer prometida a otro. Este argumento tal vez sirvió de inspiración al gran Boris Vian para escribir en 1947 su El Lobo-hombre (Le loup-garou), donde el lobo Denis es mordido por un licántropo llamado el Mago del Siam, por lo que durante el plenilunio se convierte, recíprocamente, en un ser humano. El cuento inspiró, a su vez, la impecable canción Lobo-hombre en París, compuesta en 1984 por el grupo La Unión.

1923 fue el año del estreno del largometraje francés ‘Le loup garou’, de Pierre Bresol y Jacques Roullet, donde el asesino de un sacerdote es maldecido con la conversión en hombre lobo, pereciendo finalmente a causa de una descarga eléctrica. De 1925 es la norteamericana Wolf Blood, de George Chesebro y George Mitchell, con el primero encarnando a un hombre que tras recibir una transfusión de sangre de lobo se transforma en una criatura salvaje. El primer film sonoro en tratar el tema de la licantropía fueEl lobo humano’ (Werewolf of London, Stuart Walker, 1935), con maquillaje de Jack Pierce. En ella se presenta al doctor Wilfred Glendon (Henry Hull), un botánico que se dirige al Tíbet para encontrar la Mariphasa luminam lupina, una extraña flor que crece sólo en ese lugar y bajo el influjo de la Luna. Cuando está a punto de conseguir una muestra, es atacado por un hombre lobo que le transmite la maldición. Una vez en Londres, se le presenta el doctor Yogami, el licántropo, y le informa de que la flor que recogió es la única capaz, no de curar, pero sí al menos de aletargar durante una noche el mal de Luna…Son míticas las secuencias de transformación, especialmente la primera, en la que se muestra la mutación de Hull mientras va caminando y pasando por detrás de varias columnas, obra de los brillantes efectos visuales desarrollados por John P. Fulton. Sin embargo este primer hombre lobo era demasiado humano: durante su primera transformación sale de casa con una bufanda y una gorrita y al final, hasta se permite el lujo de decir algunas palabras mientras mantiene la forma de la bestia. Ello se debió en parte al poco maquillaje que Pierce aplicó sobre el rostro de Hull, entonces una estrella a la que debían reconocer los espectadores.

Lon ChaneyAl contrario que otros iconos del cine de terror como la Momia, el Hombre Invisible, Drácula y el monstruo de Frankenstein, el Hombre Lobo no volvería a ser retomado hasta 1941 en un film que marcaría las posteriores aproximaciones al mito: El hombre lobo (The Wolf Man, George Waggner, 1941). Por primera vez se menciona la plata como el elemento que en forma de daga, bala u otro objeto, puede acabar con el hombre lobo; su aversión por el acónito; la marca de mordedura en forma de estrella de cinco puntas y, sobre todo, la enorme influencia de la luna llena, un elemento apenas insinuado en las tradiciones. Aquí se nos muestra a un hombre-lobo con un aspecto mucho más salvaje (aunque recuerda más un jabalí que a un lobo), fruto de las cinco o seis horas que empleaba Pierce para cubrir de pelo de yak la cara de un actor demasiado aficionado a la bebida que arrastraba su propia maldición: no tener demasiado talento y ser hijo del gran Lon Chaney, El Hombre de las Mil Caras, protagonista de El jorobado de Nuestra Señora de París (The Hunchback of Notre Dame, Wallace Worsley, 1923), El fantasma de la ópera (The Phantom of the Opera, Rupert Julian, 1925) o Garras humanas (The Unknown, Tod Browning, 1927). Mientras pasean por el bosque, Larry Talbot, Gwenn y Jenny son atacados por un lobo. Jenny muere y Larry es mordido por él antes de que consiga matarlo con un bastón de plata. El lobo es en realidad Bela (interpretado por Bela “Drácula” Lugosi), un adivino gitano que le transmite la maldición a Larry quien, como anuncia la bruja gitana Maleva, madre de Bela, sufrirá la transformación durante la siguiente luna llena, ya que “Incluso un hombre que es puro de corazón y reza sus oraciones por la noche puede convertirse en lobo cuando el acónito florece y brilla la luna llena”. El hombre lobo vaga por las marismas envueltas en niebla y los bosques cargados de supersticiones de los alrededores de su hogar, en busca de carne y sangre humana con las que satisfacer su hambre voraz, atacando y devorando a los infelices que se cruzan en su camino. En la secuencia final, es apaleado hasta la muerte por su propio padre, sir John Talbot (Claude Rains), con un bastón de paseo con cabeza de plata, salvando de una muerte cierta en las garras de la bestia a Gwenn, la prometida de Larry. Siendo un hombre atormentado por sus propios demonios interiores, Lon Chaney Jr. supo expresar como nadie el sufrimiento del hombre lobo, alguien que se sabe enfermo de un mal desconocido e incurable (y de fácil transmisión), torturado hasta lo indecible por la transformación física y conocedor de los terribles crímenes que es capaz de cometer bajo la forma de la bestia, incapaz de reconocer ni tan siquiera a las personas que ama. Larry no quiere ser un asesino, y lucha por deshacerse del monstruo que habita dentro de sí mismo. La mirada desvalida y los labios fruncidos de Chaney Jr. expresan sin necesidad de palabras todo su sufrimiento interior: “El camino que seguías era espinoso, pero tú no tenías la culpa”, le dice Maleva con voz cariñosa a un agonizante hombre lobo que se transforma por última vez en Larry Talbot, “tu sufrimiento ha terminado, hijo mío. Ahora encontrarás la paz para siempre”.

Pero Larry no encontró la paz. La gran aceptación por parte del público facilitó la producción por la Universal de toda una saga Larry Talbot (a quien siguió encarnando Lon Chaney, Jr.), que volvió una y otra vez a la vida (a veces de forma inexplicable) en ‘Frankenstein y el hombre lobo’ (Frankenstein Meets the Wolf Man, Roy William Neill, 1943), ‘La zíngara y los monstruos’ (The House of Frankenstein, Erle C. Kenton, 1944), ‘La mansión de Drácula’ (The House of Dracula, Erle C. Kenton, 1945) y la última aparición de Larry Talbot: la comedia ‘Abbott y Costello contra los fantasmas’ (Abbott and Costello Meet Frankenstein, Charles T. Barton, 1948), en la que los dos cómicos se enfrentaron a el monstruo de Frankenstein, el Hombre Lobo, Drácula y hasta el Hombre Invisible. La comedia fue un éxito sensacional para los estudios hasta el punto de, según se dice, salvarlos de la bancarrota. Más que una maldición con el signo del pentagrama, Larry Talbot recibió una maldición con un signo mucho más poderoso: ¡el del dólar! Después de esta película, Chaney intentó suicidarse, un acto que su esposa, Patsy Beck, achacó a la influencia psicológica del hombre lobo.

Cuando el hombre lobo no dio más de sí, se decidió acercar el personaje a la juventud del momento (como ocurrió con otros monstruos como el de Frankenstein). Así, “Yo fui un hombre lobo adolescente” (I Was a Teenage Werewolf, Gene Fowlwe Jr., 1957), presentaba a un jovencísimo Michael Landon encarnando a Tony Rivers, un rebelde sin causa que se ve envuelto en pelea tras pelea, por lo que, para evitar ser expulsado del instituto, acude a ver a un psiquiatra. Lejos de intentar solucionarle sus problemas emocionales, el malvado doctor utiliza la hipnosis para hacerle involucionar a un estadio anterior al humano hasta convertirle en un hambriento hombre lobo.

la marca del hombre lobo
la marca del hombre lobo

En 1960 se estrenó la magnífica ‘La maldición del hombre lobo’ (The Curse of the Werewolf), del gran Terence Fisher, que revisitó para la Hammer británica los mitos de la Universal. Un malvado aristócrata, el Marqués Siniestro, encierra a un mendigo en un calabozo durante años, en el curso de los cuales va perdiendo todo signo de humanidad. Cuando, a modo de castigo, el marqués encierra con él a una sirviente muda, el producto de las vejaciones a las que la somete nace el Día de Navidad, lo que constituye un insulto para un día tan marcado, por lo que el niño trae consigo el estigma del hombre lobo; lo que Ruyard Kipling llamó la Marca de la Bestia. Se trató de una adaptación libre de la novela The Werewolf of Paris (1933), de Guy Endore, una de las mejores obras literarias que han tratado el tema. Aparte de que en la novela, la transformación es en un lobo real, lo más llamativo es que en la película, tal vez buscando un toque exótico, la historia se desarrolla en España y no en Francia, por lo que fue censurada en nuestro país. Filmada con el talento característico de Fisher, La maldición del hombre lobo es una visión pausada de la lucha entre civilización y barbarie, entre humanidad y bestialidad. Así, el estigma del hombre lobo sería una metáfora de nuestro lado más oscuro, de nuestros más bajos deseos reprimidos que luchan constantemente por liberarse. Por ello, el espectacular hombre lobo albino, interpretado por Oliver Reed, no aparece hasta trascurridos cuarenta y cinco minutos del film. Al final, el hombre lobo, una víctima, es cercado en los tejados del pueblo por una turba enfurecida y finalmente abatido, reflejando la victoria de la supuesta civilización sobre el animal que todos llevamos dentro. A fin de cuentas, como dijo Hobbes: Homo Homini Lupus. El hombre es un lobo para el hombre.

Seguiremos aullando a la luna de celuloide en las próximas entregas. Ya está amaneciendo y, como diría mi querida Sheyla, se me empieza a caer el pelo… Sigue

Autor: Manuel Moros Peña y Carlos Gallego


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Desde que tengo uso de razón siempre me he sentido atraído por el dibujo, los cómics y sobre todo el cine, culpa de esta afición la tiene “Star Wars: Episodio IV”, me sentí fascinado por la gran cantidad de naves espaciales que aparecían en ella y todo el mundo creado por George Lucas, la escena de la nave corellia perseguida por un crucero imperial que avanzaba hasta llenar la pantalla fue impactante. La música de John Williams era pegadiza y fácil de recordar, ya para entonces recuerdo mis colecciones de cromos y los muñecos de la saga. Otra gran influencia han sido los cómics, en concreto las ediciones de Vertice de Spiderman, La patrulla X, Los Vengadores, Los 4 fantásticos, con los que aprendí a dibujar copiando las viñetas de John Romita Sr. y Jack Kirby. Así que no era de extrañar que terminase estudiando en la escuela de artes de Zaragoza.