A estas alturas parecía imposible que Batman y Joker pudieran sorprendernos con algo nuevo. Después de décadas de palizas, trampas, sonrisas enfermizas, cadáveres simbólicos y guerras psicológicas a gran escala, uno podría pensar que la rivalidad definitiva del universo DC ya había enseñado todas sus cartas. Pero entonces llega Batman Nº 7 y hace algo mucho más incómodo, mucho más frío y, por eso mismo, muchísimo más perturbador: sentar a Batman frente al Joker para hablar.
Y sí, aunque suene menos espectacular que una persecución por Gotham o una masacre con gas hilarante, la realidad es que este número acaba de firmar uno de los cara a cara más tensos y escalofriantes que han tenido jamás. No porque grite más, no porque sea más sangriento y ni siquiera porque quiera reinventar al Joker a lo bruto, sino porque entiende algo fundamental sobre ambos personajes: lo peor entre Batman y Joker nunca han sido los golpes, sino lo que se dicen cuando nadie más puede intervenir.
Batman Nº7 convierte un simple diálogo en una pesadilla psicológica
La nueva etapa de Matt Fraction y Jorge Jiménez ya apuntaba maneras desde el principio, pero estaba claro que tarde o temprano tenía que llegar el gran examen: su primer gran Batman vs Joker. Y lo curioso es que, en lugar de lanzarse a una locura de explosiones, cadáveres y set pieces gigantescas, los autores han optado por algo mucho más elegante y perverso.
En Batman nº7, el Joker no aparece como el clásico agente del caos que revienta media ciudad con una sonrisa en la cara. Aquí está encerrado, inmovilizado y conectado a una máquina en Arkham Tower, después de haber sido derrotado en el llamado Omega Tournament. Su nuevo aspecto ya es suficientemente inquietante: una máscara de respiración que parece una sonrisa congelada, una mirada clavada que da más mal rollo que cualquier cuchillo, y esa sensación de que incluso quieto sigue siendo la persona más peligrosa de la habitación.
La premisa es brillante porque juega con una idea que pocas veces se explota así de bien: ¿qué pasa cuando Joker ya no necesita hacer ruido para dar miedo?. La respuesta es simple: da todavía más miedo.
Y es que todo el número gira alrededor de una conversación. Nada más. Batman acude a Arkham porque el Joker ha pedido verlo, y a partir de ahí lo que se construye no es una pelea, sino una partida de ajedrez emocional donde cada palabra tiene más veneno que una flor de ácido.
Jorge Jiménez vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes artistas de Batman

Si este cómic funciona tan bien no es solo por el guion de Fraction, que tiene clarísimo el tono que quiere construir, sino porque Jorge Jiménez está absolutamente desatado visualmente. Y no en el sentido de “muchas explosiones y splash pages”, sino justo en lo contrario: sabe cómo hacer que una escena aparentemente estática sea insoportable de mirar de lo incómoda que resulta.
El Joker, metido en ese tubo, con la máquina regulando su actividad cerebral y con esa sonrisa artificial marcada en la máscara, es una de esas imágenes que se te quedan pegadas. No está haciendo nada… y precisamente por eso parece aún más monstruoso. Porque en el fondo sabes que, incluso así, sigue teniendo poder sobre todos los que están a su alrededor.
Jiménez entiende perfectamente algo que muchos dibujantes pasan por alto con el Joker: no basta con hacerlo grotesco o loco. Tiene que resultar fascinante e insoportable al mismo tiempo. Tiene que parecer alguien del que no puedes apartar la mirada, aunque sepas que nada bueno puede salir de ahí. Y en este número lo consigue de maravilla.
Además, toda la puesta en escena está diseñada para reforzar esa sensación de desequilibrio. Batman, que normalmente es el amo absoluto de la situación, se ve obligado a moverse siguiendo unas reglas ajenas. Solo puede pisar determinadas baldosas del suelo o activará un sistema de seguridad que podría electrocutarlo. Puede parecer un detalle menor, pero es justo el tipo de detalle que cambia por completo la dinámica del encuentro.
Porque de pronto Batman no está entrando en escena como depredador. Está entrando como alguien controlado, observado y limitado. Y eso, tratándose de Batman, ya es inquietante de por sí.
La gran genialidad del número está en cómo cambia la relación entre ambos
Lo realmente potente de Batman Nº 7 no está solo en que el Joker parezca distinto, sino en que obliga a ambos personajes a verse fuera de sus roles habituales. Batman no puede actuar como el vigilante que toma el control de la situación a base de preparación y violencia contenida. Joker, por su parte, tampoco puede comportarse como el showman del crimen que siempre tiene una trampa, una broma o un cadáver escondido en la manga. Los dos están despojados de sus herramientas habituales y, precisamente por eso, quedan expuestos de una forma mucho más íntima. Y ahí es donde Fraction encuentra oro puro.
Porque el Joker, al menos en apariencia, ha recuperado la cordura. La doctora Zeller, responsable de su tratamiento, asegura que la máquina a la que está conectado ha logrado corregir el desequilibrio en su cerebro. Y si uno escucha lo que dice durante la conversación, hay momentos en los que da la impresión de que, por primera vez en mucho tiempo, el Joker está hablando sin esconderse detrás del personaje.
Eso convierte el encuentro en algo mucho más incómodo que un simple interrogatorio. Ya no estamos viendo al Joker intentar provocar a Batman porque sí. Lo que vemos es a alguien que, quizá por primera vez, está verbalizando de forma muy directa lo que significa Batman para él. Y ahí el número se pone realmente turbio.
Porque el Joker no habla de odio en el sentido habitual. Habla de comprensión. Habla de conexión. Habla de reconocimiento. Como si Batman fuera, después de todos estos años, la única persona que realmente ha visto quién es él. Y, peor aún, como si él también hubiera sido capaz de ver al verdadero Bruce Wayne bajo la máscara.
Eso no es nuevo del todo dentro de la mitología de ambos, pero aquí está escrito con una claridad muy incómoda. No suena a monólogo grandilocuente de supervillano. Suena casi a confesión. Y por eso funciona tan bien.
La doctora Zeller podría ser la metáfora perfecta de Gotham

Otro de los aciertos más finos del cómic está en el papel de la doctora Zeller, que en principio parece la figura de autoridad de toda la escena. Es ella quien ha establecido las normas, quien supervisa el encuentro y quien cree estar controlando la situación desde la sala de observación. Pero, por supuesto, eso dura poco.
Porque el Joker, incluso encerrado y aparentemente “curado”, empieza a manipularla casi sin esfuerzo. Y lo más inquietante es que ni siquiera lo oculta. En un momento dado consigue que desconecte el audio para poder hablar a solas con Batman, y ella accede incluso sabiendo que está siendo arrastrada a un terreno que no controla.
Eso convierte a Zeller en algo más interesante que un simple personaje secundario. Representa a todos los que creen que pueden intervenir en la guerra privada entre Batman y Joker sin acabar absorbidos por ella. Y Gotham lleva décadas demostrando que eso es imposible.
En ese sentido, este número tiene una lectura casi metatextual muy jugosa. Gotham, Arkham, la policía, los psiquiatras, los ciudadanos, incluso la Batfamilia a veces… todos intentan poner orden o racionalidad en algo que, en el fondo, funciona como un agujero negro emocional. Una espiral en la que Batman y Joker llevan cayendo 86 años, arrastrando a todo el mundo con ellos.
Y lo fascinante es que Batman Nº 7 lo explica sin necesidad de verbalizarlo demasiado. Simplemente lo muestra.
Matt Fraction y Jorge Jiménez pueden estar construyendo un clásico moderno de Batman
Decir que cada nuevo enfrentamiento entre Batman y Joker “puede convertirse en un clásico” suele ser la clase de frase que se gasta demasiado rápido, pero en este caso no suena exagerado. No porque este número cierre ya una gran saga definitiva, sino porque plantea una dirección distinta, madura y peligrosamente buena para explorar a ambos personajes.
Todos los grandes equipos creativos de Batman acaban dejando su gran duelo con el Joker. Denny O’Neil y Neal Adams tuvieron The Joker’s Five-Way Revenge. Steve Englehart y Marshall Rogers dejaron The Laughing Fish. Scott Snyder y Greg Capullo construyeron Death of the Family. Son historias distintas, pero todas comparten una idea: cada generación necesita volver a preguntarse qué demonios une realmente a Batman y Joker. Y ahora Fraction y Jiménez parecen haber encontrado su propia respuesta.
No pasa por la espectacularidad pura. No pasa por ver quién mata a más gente o quién tiene el plan más retorcido. Pasa por algo mucho más inquietante: por asumir que ambos se conocen mejor de lo que cualquiera de los dos querría admitir. Y cuando una historia de Batman y Joker se atreve a mirar ahí, normalmente salen cosas muy buenas… o muy enfermizas. A veces ambas a la vez.
De momento, Batman Nº 7 ya ha dejado una cosa clara: esta nueva etapa no quiere limitarse a hacer “otro cómic más” del Caballero Oscuro. Quiere meterse de lleno en una de las relaciones más tóxicas, fascinantes y complejas del cómic superheroico. Y si mantiene este nivel, podríamos estar ante uno de los Batman vs Joker más memorables de los últimos años.
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