La directora María Ripoll (Yo no soy esa) vuelve al cine con El fantasma de mi mujer, una propuesta que arranca con una premisa tan delirante como irresistible y que termina convirtiéndose en un juego constante entre lo absurdo, lo incómodo y lo inesperadamente divertido, porque lo que parece una simple comedia de enredo es en realidad una historia donde cada escena empuja a los personajes un poco más al límite mientras el espectador no tiene claro si debería estar riéndose o preocupado por lo que está viendo.
En una charla con Cinemascomics, la directora no solo desvela cómo se construyó esa mezcla tan complicada de géneros, sino que también deja una idea muy clara sobre la mesa: hacer comedia, cuando se hace bien, puede ser uno de los mayores retos dentro del cine.
Una historia que empieza como comedia… y se convierte en algo mucho más incómodo
El fantasma de mi mujer parte de una situación que podría haber funcionado como una comedia clásica, con ese punto de enredo que recuerda al cine más elegante del pasado, pero lo interesante es cómo la película decide no quedarse ahí y empuja la historia hacia un terreno mucho más extremo, donde el protagonista intenta sostener una mentira imposible mientras todo a su alrededor empieza a desmoronarse de forma cada vez más surrealista.
Ese equilibrio entre comedia y thriller fue precisamente lo que atrapó a María Ripoll desde el principio, porque la película funciona como un mecanismo casi perfecto en el que cada decisión genera una consecuencia todavía más absurda, creando una sensación de caos controlado que mantiene al espectador completamente enganchado a lo que está ocurriendo en pantalla.
El gran truco de la película: nadie está intentando hacer reír
Uno de los aspectos más interesantes de la película, y también uno de los más difíciles de ejecutar, tiene que ver con el tono, ya que aquí no hay personajes que busquen el chiste ni situaciones diseñadas para provocar una risa fácil, sino todo lo contrario, porque los personajes viven lo que les ocurre como un auténtico drama mientras el humor nace de lo extremo de la situación.
Este enfoque, que recuerda mucho a la comedia británica donde el gag surge de forma natural y no forzada, es lo que permite que la película funcione en varios niveles al mismo tiempo, consiguiendo que el espectador se ría sin perder la tensión de lo que está pasando, algo que no es nada sencillo cuando se trabaja con material tan delicado.
Un reparto que tenía que lanzarse sin red

Para que una propuesta así funcione, no basta con una buena idea, sino que hace falta un reparto capaz de sostener ese tono tan particular sin caer en el exceso ni en la caricatura, y ahí es donde entran nombres como Javier Rey, Loreto Mauleón o María Hervás, que se enfrentan a personajes que están constantemente al borde del desastre.
María Ripoll lo tenía claro desde el principio, ya que buscaba actores con capacidad para moverse en registros muy distintos y, sobre todo, con la valentía suficiente para asumir situaciones que podían resultar incómodas o incluso arriesgadas, pero que son precisamente las que terminan construyendo la identidad de la película.
El resultado, según cuenta la propia directora, fue un rodaje donde el compromiso del elenco fue total y donde esa mezcla de estilos terminó encajando de una forma mucho más natural de lo que podría parecer sobre el papel.
Por qué hacer comedia puede ser más difícil que rodar drama
Durante la entrevista, María Ripoll insiste en una idea que suele sorprender a quienes no están dentro del proceso creativo: rodar comedia es mucho más complicado de lo que parece, porque no se trata de dejar que las cosas fluyan sin control, sino de construir cada escena con una precisión casi matemática.
El ritmo, el timing y la conexión entre los actores son elementos clave para que una escena funcione, y eso implica un trabajo previo muy intenso donde los ensayos tienen un peso fundamental, ya que es ahí donde se descubren los pequeños detalles que luego marcan la diferencia en pantalla.
Aun así, ese control no significa rigidez, porque siempre hay espacio para que aparezcan momentos inesperados que aporten naturalidad a la escena, y es precisamente esa combinación entre preparación e improvisación lo que permite que todo parezca espontáneo cuando en realidad está muy trabajado.
Así lo cuenta María Ripoll en la entrevista con Cinemascomics
En Cinemascomics hemos podido hablar con María Ripoll sobre todos estos aspectos, desde el tono de la película hasta el trabajo con el reparto y los retos de construir una comedia negra que funcione a todos los niveles.
Puedes ver la entrevista completa aquí:
El futuro del cine también pasa por apoyar nuevas voces
Más allá de su trabajo como directora, María Ripoll también está implicada en proyectos que buscan impulsar a nuevos talentos dentro de la industria, como el certamen Audi Future Stories, una iniciativa que permite a jóvenes cineastas rodar su propio corto con medios profesionales y estrenarlo en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
Para la directora, este tipo de oportunidades son clave en un sector donde sacar adelante un proyecto sigue siendo especialmente complicado, y donde contar con el apoyo adecuado puede marcar la diferencia entre quedarse en una idea o convertirla en una película real.
Una película que demuestra que la comedia todavía puede sorprender
En un panorama donde muchas producciones optan por fórmulas más seguras, El fantasma de mi mujer apuesta por jugar con el espectador y llevarlo a un terreno donde el humor y la incomodidad conviven de forma constante, demostrando que todavía hay espacio para propuestas que se salen de lo habitual dentro del cine español.
Y quizá ese sea su mayor acierto, porque no se limita a hacer reír, sino que consigue que te rías justo en el momento en el que no estás seguro de sí deberías hacerlo.
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