La primera temporada de Cross fue una sorpresa muy seria dentro del catálogo de Prime Video. No inventaba el thriller criminal, pero lo hacía con personalidad, con dolor real y con un protagonista que no parecía un superdetective perfecto, sino un hombre roto intentando no perderse del todo.
Así que claro, cuando llegó la segunda temporada, las expectativas estaban bastante altas. Y eso, ya sabemos, nunca es buena señal. La buena noticia es que la serie sigue siendo sólida. La menos buena es que no vuelve a tocar ese nivel tan personal y casi incómodo que tenía la primera tanda de episodios. Pero vamos por partes.
De un caso íntimo a una conspiración nacional
Si en la primera temporada el conflicto estaba pegado a la piel de Alex Cross, aquí el tablero se amplía. El caso ya no es una herida personal que sangra constantemente, sino una investigación a gran escala que involucra al FBI, a un multimillonario sospechoso y a una amenaza que va más allá de Washington D.C.
Lance Durand, un empresario con complejo de salvador del mundo (y vibra sospechosamente cercana a cierto tipo de magnate tecnológico real), está convencido de que alguien quiere matarlo justo antes de lanzar un producto que promete cambiar el planeta. Cuando un multimillonario dice eso, ya sabes que algo huele raro.
Alex se une a la agente Kayla Craig para investigar. Y aquí empieza un juego del gato y el ratón que es interesante, sí, pero que tarda demasiado en encontrar su ritmo. Los primeros episodios se sienten como una partida de ajedrez donde nadie quiere mover ficha. No es aburrido, pero tampoco es esa tensión constante que tenía la temporada anterior. Personalmente, no terminé de engancharme del todo hasta el episodio cuatro. Y eso, viniendo de una serie que antes te atrapaba desde el minuto uno, se nota.
Luz: la gran jugada de la temporada
Aldis Hodge as Alex Cross & Alona Tal as Kayla Craig. Photo Courtesy of Ian Watson/Prime Video
Ahora viene lo bueno. La temporada introduce a Luz, y aquí es donde la serie encuentra su verdadera fuerza. No es la típica villana fría y calculadora. No es una asesina en serie que mata por deporte o por obsesión. Es algo mucho más incómodo: una vigilante.
Luz ejecuta a personas poderosas implicadas en explotación, trata de personas y abuso. Su firma es brutal —sí, los dedos cortados siguen siendo parte del espectáculo—, pero lo que la hace realmente inquietante es que tiene razones. Y son razones que, en muchos momentos, hacen que el espectador dude de quién debería ganar esta batalla.
Jeanine Mason está absolutamente magnética en el papel. Cada vez que aparece en pantalla, la serie sube de nivel. Tiene esa mezcla de determinación, rabia y vulnerabilidad que la convierte en un personaje fascinante. No estás seguro de querer que la atrapen, y eso es oro narrativo.
En comparación, el “Fanboy” de la primera temporada era perturbador, pero Luz es moralmente compleja. Y eso hace que el conflicto sea más interesante.
El problema inesperado: Alex pierde filo
Aquí viene el punto delicado. Aldis Hodge sigue siendo un actorazo. Tiene presencia, tiene intensidad y sigue siendo un protagonista carismático. Pero el guion esta vez parece no saber muy bien qué hacer con él.
En la primera temporada, Cross era un hombre lleno de contradicciones, dolor y decisiones cuestionables. Aquí parece más contenido, más correcto, casi demasiado limpio. No porque el personaje haya evolucionado de forma natural, sino porque la serie parece tener miedo de dejarle ser tan imperfecto como antes. Y eso le resta capas.
Mientras tanto, otros personajes crecen. Kayla Craig gana muchísimo peso narrativo y se convierte en uno de los ejes más interesantes de la temporada. Tiene ambición, errores del pasado, decisiones cuestionables y un conflicto interno que resulta mucho más atractivo de lo que esperas.
Sampson también tiene una trama emocional que añade profundidad. En varios momentos, da la sensación de que los secundarios están teniendo más espacio para brillar que el propio Cross.
Y eso es curioso, porque la serie lleva su nombre.
Más grande no siempre significa más potente

La temporada intenta ser más ambiciosa. Más escenarios. Más conspiración. Más sensación de amenaza global. Pero en algunos tramos da la impresión de que el misterio se alarga innecesariamente. Hay vueltas sobre sí mismo que no aportan demasiado y que ralentizan la narrativa. La primera temporada era más directa, más quirúrgica. Aquí la ambición a veces juega en contra. Eso sí, cuando las piezas empiezan a encajar y la trama entra en su recta final, la serie recupera tensión y entrega momentos realmente efectivos. El último tramo compensa bastante el camino irregular.
Lo mejor: la moral gris
Lo que sí funciona de verdad es el enfoque moral. La temporada explora la idea de que el sistema puede proteger a los poderosos mientras castiga a los vulnerables. Y en ese contexto, la figura de Luz como justiciera se vuelve peligrosamente comprensible. La serie no da respuestas fáciles. Y eso es un acierto. No es una historia de blanco y negro. Es una historia de grises incómodos. Y en un thriller criminal, eso siempre suma.
Entonces… ¿merece la pena?
Por supuesto que sí. No es tan redonda como la primera temporada. No tiene ese gancho inmediato ni ese componente emocional tan pegado al protagonista. Pero sigue siendo un thriller bien construido, con personajes interesantes y un conflicto que invita a reflexionar más allá del simple “atrapa al malo”.
La segunda temporada no alcanza nuevas alturas espectaculares, pero tampoco se desploma. Es más irregular, más ambiciosa y más arriesgada en lo moral. Y eso, en el panorama actual de series criminales clónicas, ya es bastante. Si disfrutaste la primera temporada, esta merece tu tiempo. Solo que esta vez no te va a agarrar del cuello desde el minuto uno. Tendrás que darle un poco más de margen. Y cuando lo haces… responde.
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