La asistenta es una de esas películas que no te pide permiso: entra en tu salón, te sonríe… y cuando te quieres dar cuenta ya te ha tirado el café encima y está discutiendo contigo a gritos. El nuevo thriller de Paul Feig es descarado, retorcido y orgullosamente excesivo, una carta de amor a los placeres culpables del cine de los 90 que no disimula sus malas intenciones.
Desde el primer minuto queda claro que aquí hemos venido a disfrutar del caos.
Una casa perfecta donde nada funciona
La premisa es tan clásica que casi da tranquilidad. Millie, una joven con un pasado complicado, consigue trabajo como asistenta interna en la mansión de los Winchester, una familia rica de postal en una urbanización de esas donde todo huele a dinero… y a secretos mal enterrados. La casa es enorme, luminosa, impoluta. Demasiado perfecta para ser real.
Nina, la dueña de la casa, parece encantadora al principio: sonrisa permanente, educación exquisita y ese aire de “todo está bajo control” que solo tienen las personas a punto de perderlo por completo. Pero basta una mañana para que el castillo de naipes se venga abajo y la película empiece a mostrar los dientes.
Amanda Seyfried se suelta el pelo (y la cabeza)
Si alguien se lo pasa en grande en La asistenta, esa es Amanda Seyfried. Su Nina es un cóctel explosivo de encanto, histeria, control y amenaza constante. Pasa de anfitriona perfecta a villana de pesadilla en cuestión de segundos, con una mirada capaz de congelarte la sangre y un grito que podría romper la vajilla familiar… y efectivamente, la rompe.
Su interpretación no busca el realismo. Busca el espectáculo. Y lo encuentra. Seyfried juega a estar al borde del exceso todo el tiempo, coqueteando con el camp sin caer del todo, como si supiera exactamente hasta dónde puede estirar la cuerda antes de que se rompa. Y eso, en una película como esta, es oro puro.
Sydney Sweeney y el arte de aguantar hasta que explota
Frente a ese vendaval aparece Sydney Sweeney como Millie, aparentemente sumisa, callada y siempre a la defensiva. Durante buena parte del metraje parece que su personaje está diseñado para recibir golpes —emocionales y psicológicos— sin rechistar, y eso puede desesperar un poco al espectador.
Pero La asistenta juega con esa percepción. Sweeney construye a Millie como una olla a presión: cuanto más calla, más tensión acumula. Y cuando la película decide cambiar las reglas del juego, ella responde. No con sutileza, precisamente, sino con una transformación que justifica todo lo anterior y convierte su pasividad inicial en parte del truco.
El marido perfecto (demasiado perfecto)

En medio del duelo aparece Andrew, el marido, guapo, atento y siempre dispuesto a calmar las aguas. Demasiado bueno para ser verdad. La película se divierte sembrando dudas constantes: ¿es una víctima más? ¿un cómplice silencioso? ¿o algo mucho peor?
Su presencia añade una capa de tensión sexual incómoda que remite directamente al thriller erótico noventero, ese donde las miradas duran un segundo más de lo normal y cada gesto parece esconder segundas intenciones. Nada es casual, y el guion se asegura de que nunca estés del todo tranquilo con él.
Un thriller que no quiere ser elegante
Paul Feig no intenta disimular el tipo de película que ha hecho. La asistenta no busca prestigio, busca diversión retorcida. Hay giros de guion que rozan lo inverosímil, personajes que cambian de rol, revelaciones que llegan una detrás de otra y situaciones que te obligan a aceptar el pacto: o entras en el juego, o mejor te bajas.
Y lo cierto es que, cuando entras, funciona. Feig sabe cómo dosificar el desmadre, cómo tensar la cuerda y cuándo soltarla. A veces se queda a medio camino del delirio total, y quizá le habría sentado bien abrazar aún más el exceso, pero incluso así el viaje es entretenido y adictivo.
Lujo, clase social y violencia emocional

Bajo toda esa capa de thriller exagerado, la película también juega con temas muy reconocibles: el poder del dinero, la desigualdad, la dependencia y el control psicológico. La relación entre empleadora y asistenta se convierte en una guerra silenciosa donde cada gesto cuenta y cada error se paga caro.
La casa, ese símbolo de éxito, acaba funcionando como una trampa. Un espacio bonito por fuera, tóxico por dentro. Y ahí es donde La asistenta conecta con el espectador, porque detrás del disparate hay una verdad incómoda: no todos los infiernos son oscuros y sucios; algunos son blancos, luminosos y con escaleras de diseño.
Un placer culpable hecho con mala intención
La asistenta no es perfecta. Le sobran algunos minutos, ciertos giros se ven venir y hay decisiones narrativas que piden a gritos un poco más de locura. Pero también es una película consciente de lo que es: un thriller sexy, exagerado y con ganas de provocar.
No pretende ser profunda, pretende ser divertida. Y en un panorama lleno de películas que se toman demasiado en serio, eso casi se agradece. Es cine para dejarse llevar, para comentar después y para disfrutar del desastre ajeno desde el sofá.
Si te gustan los thrillers domésticos, las interpretaciones pasadas de vueltas y las historias donde nadie es quien dice ser, La asistenta es justo lo que estás buscando.
Y ahora dime tú: ¿te parece una locura deliciosa o un exceso imperdonable? Nosotros te leemos… y ya sabes, síguenos en Google News para no perderte ninguna.
La asistenta (2025)
NOTA CINEMASCOMICS
TOTAL
La asistenta es un thriller doméstico retorcido y descarado que abraza el placer culpable del cine de los 90 sin complejos. Paul Feig construye un juego psicológico de lujo y mentiras donde Amanda Seyfried brilla con una interpretación excesiva y magnética, mientras Sydney Sweeney crece a fuego lento hasta explotar en el tramo final. No todo encaja con precisión y le sobran algunos minutos, pero sus giros, su tensión incómoda y su mala intención la convierten en una experiencia muy entretenida, ideal para quien disfrute del suspense exagerado y los personajes que nunca son lo que parecen.



