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‘2001: Una odisea del espacio’, cuando Kubrick reinventó la ciencia ficción

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Cartel de '2001: Una odisea del espacio'
Cartel de ‘2001: Una odisea del espacio’

En mi opinión, el cine de Stanley Kubrick tiene algo de hipnótico. Algo parecido a lo que le ocurre a Alfred Hitchcock. El resto de directores están siempre un peldaño por debajo de estos dos maestros. Son creadores de una sucesión de combinaciones de imágenes y sonidos que se quedan atrapados en el fondo de la consciencia humana y es difícil, por no decir imposible, expulsarlas de ese lugar.

Pero el colmo de la perfección de Kubrick (fotografía, encuadres, composición, dirección artística…) es para mí ‘2001: Una odisea del espacio’. Nadie ha logrado contar una historia tan compleja de manera tan sencilla, visualmente hablando. Y digo sencilla no en sentido peyorativo, sino todo lo contrario. Solo los genios consiguen hacer cosas extraordinariamente complejas con la mayor (y aparente) sencillez del mundo.

Cuando en 1968 se estrenó ‘2001’, esto del cine cambió radicalmente. Se reinventó la ciencia ficción, convirtiéndola en algo serio, interesante, digno de debate en una conversación agitada. Muchas películas que vinieron después como ‘Blade Runner’, ‘Star Wars’, ‘Alien’… simplemente no existirían si Kubrick y C. Clarke no hubiesen dado el salto evolutivo.

Fotograma de la obra de Kubrick '2001: Una odisea del espacio'
Fotograma de la obra de Kubrick ‘2001: Una odisea del espacio’

La particularidad de este filme le hace merecedor de un género aparte; esa forma de narrar una historia tan brillante, a través de una sucesión de imágenes acompañadas por una brillante banda sonora que adereza la formula perfecta. La forma en la que Kubrick imaginó el universo en esta película hace que podamos sentir de verdad la infinidad del universo, que asemeja un elemento más dentro de la historia, un espacio profundo, espeluznante, intrigante. Cabe mencionar que esta película ganó el Óscar a los mejores efectos visuales, así como otras cuatro nominaciones y otros premios (David de Donatello…)

En sus entrañas se cierne una de las mejores figuraciones, al menos hasta la fecha, de la dicotomía entre la vida y la muerte y su extensión en la ciencia y la creencia, que desemboca en un apabullante despliegue de imaginación e inteligencia. Sin duda, tanto la ambigüedad de ideas que suscita la parte final, como la calidad de las teorizaciones realizadas en ella, no deja hueco a la incomprensión o a la decepción, sino al temor de qué estamos dispuestos a entender y de qué manera queremos hacerlo. Es muy poco comercial, no hay diálogos prácticamente, para cada acción se tardan 5 minutos (y lo digo muy en serio) y no puedes limitarte simplemente a ver lo que sale en la pantalla y nada más; aún así, la película posee algo especial, algo mágico, sin duda contiene escenas y momentos cautivadores, sea por la espléndida banda sonora o los rebuscados y asfixiantes planos.  No es una joya del cine, es una joya de la humanidad. Es un poema visual de una belleza y una complejidad en lo que nos transmite soberbias. Es un espectro de sensaciones, una psicodelia de cine en estado puro.

‘’Eres libre de especular como quieras acerca del significado filosófico y alegórico del filme’’, Stanley Kubrick.