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Críticas de cine

VENECIAFRENIA: UNA BOMBA DE RELOJERÍA QUE NO LLEGA A ESTALLAR

Veneciafrenia, la última película de Álex de la Iglesia es uno de sus trabajos más sólidos, un in crescendo constante que se ve lastrado por un final que queda lejos de lo esperado.

Hablar de los finales de Álex de la Iglesia (La Comunidad, Acción Mutante, Balada Triste de Trompeta, El Bar, 30 Monedas) es algo bastante habitual a la hora de escribir sobre su cine. Sus películas parten de grandes ideas con un desarrollo espectacular que suelen desinflarse en su tramo final. Quizá su serie, 30 Monedas, sea la que mejor ejemplifica esto, con unos primeros capítulos que se encuentra entre lo mejor que nos ha dado una plataforma que rebosa tanta calidad como HBO y unos últimos que parecen ideados por una persona distinta y que dejan entrever problemas en la producción.

De su cine reciente, sólo me ha satisfecho el desenlace de Balada Triste de Trompeta, que se mantenía a la altura de la que considero una de sus mejores películas. En ocasiones, la trama parece descontrolarse, como en Mi gran noche, o desinflarse, como en Las Brujas de Zugarramurdi., que posee, en cambio, uno de sus mejores primeros actos. En el caso de Veneciafrenia, el problema es que el tercer acto que parece estar construyéndose desde el primer minuto, en realidad, nunca llega. Quizá sea un problema personal de expectativas, pero la gran orgía de violencia y muerte en las calles de Venecia que esperaba encontrarme permanece en todo momento como una promesa, como si toda la película fuese una cuenta atrás hacia ese espectacular desenlace y, justo cuando va a llegar, termina. Este es el único motivo que me ha hecho no salir encantado del cine, porque, por lo demás, Veneciafrenia es un exquisito slasher con una estética retorcida, grotesca y seductora, con una muerte que ha arrancado aplausos entusiasmados en el patio de butacas y un punto de partida de lo más original e interesante.

Sobra decir que los personajes están perfectamente retratados desde el guion y fantásticamente interpretados por los actores protagonistas. Ingrid García Jonsson encandila con su papel protagónico y lo llena de matices, Alberto Bang resulta especialmente divertido con un personaje que podría haber causado hartazgo en el espectador, Silvia Alonso se convierte en la perfecta compañera de aventuras de Jonsson y Consimo Fusco, que ya se comía la pantalla con cada aparición de Ángelo en 30 Monedas, también derrocha carisma en su juego de máscaras y sangre. Es precisamente este último quien parece estar a punto de convertirse en el nuevo actor fetiche de Álex, porque parece nacido para meterse en la piel de los villanos que pueblan las películas del director.

La empatía que genera el grupo de turistas (que podría haber resultado desagradable, como muchas de las víctimas de los slashers clásicos, a los que Veneciafrenia homenajea) hace que ese in crescendo del que hablo sea constante y que sus destinos nos importen. Y la interpretación del villano, enfundado en su traje de bufón, cometiendo sus crímenes ante las pantallas de los teléfonos de una marabunta de turistas que creen que todo forma parte de una serie de espectáculo callejeros, dejan para el recuerdo algunas imágenes de enorme poderío visual. De hecho, las motivaciones del antagonista están claras, no parecen sacadas de la manga e incluso, en cierta medida, podemos comprenderlas. Y por eso da tanta rabia que ese plan que no deja de entreverse durante todo el desarrollo, esa promesa de “esto ahora es un slasher, pero al final va a ser mucho más” no llegue a explotar. Todas las piezas funcionan y encajan a la perfección, pero dejan un hueco enorme donde falta lo más interesante.Veneciafrenia no está exenta de fallos. La problemática de su final puede extenderse a decisiones cuestionables en su estructura.

 Es difícil hablar del montaje sin conocer el material que llegó a sala. No cabe duda de que Domingo González, montador de la última etapa de Álex de la Iglesia desde El Bar, es un virtuoso en su trabajo, y secuencias como la frenética fiesta en un palacete veneciano son buena prueba de ello. Además, da su espacio a cada personaje, construyendo a la perfección cada momento. Sin embargo, las películas pertenecientes a la etapa de Alejandro Lázaro como montador siempre me han resultado, en su conjunto, más satisfactorias (La Comunidad, 800 balas, Los Crímenes de Oxford, Balada Triste de Trompeta, entre otras). Creo que el estilo de Lázaro casaba muy bien con la forma de contar historias de Álex de la Iglesia; se complementaban y daba una caótica consistencia a productos mejor cerrados.

Veneciafrenia tiene algunos problemas en su estructura pero, insisto, desconozco cuantos podrían haberse evitado en montaje y han sido arrastrados desde guion y dirección. El viaje del novio de Jonsson resulta tan artificial como innecesario, ya que todo lo que tenía que aportar el personaje estaba contado y su “despedida” es bastante gratuita, para incidir en algo que ya nos había quedado claro. Por otro lado, aunque Domingo González logra que sigamos sin perdernos los distintos arcos paralelos que se van desarrollando cuando los personajes se separan, en otros momentos se producen elipsis que plantean más preguntas que respuestas (y no de las buenas). Pienso en el momento en que el personaje de Silvia Alonso está ayudando a dos de sus compañeros en el teatro, con una cuerda, y en la siguiente secuencia recorre los andamios del mismo persiguiendo, sin razón alguna, al asesino. Y, por supuesto, están los últimos minutos. Construidos como preámbulo de lo que parece que va a ser la explosión final, ese clímax prometido se hace aquí más presente que nunca y, de pronto, de forma abrupta, termina. Y termina deprisa, robando cualquier atisbo de espacio a los personajes, con soluciones facilísimas y absurdas para alguno de ellos y con la sensación de que a alguien se le ha echado el tiempo encima y ha tenido que recoger los muebles y bajar la persiana deprisa y corriendo, sin dejar terminar a los clientes lo que, hasta entonces, era una conversación entusiasta y muy interesante. Hay algo en ese final que hace que tu primer pensamiento sea un «pues bueno, pues no era para tanto» cuando, hasta ese momento, sí que era para tanto y prometía convertirse en una de las mejores películas del director.

Quizá gran parte de los problemas del cine de Álex de la Iglesia se deban también a sus virtudes. El director, junto al guionista Jorge Guerricaechevarría, escriben desde la más profunda honestidad y visceralidad, dejándose llevar por unas historias que se nota que les encantan y que, quizá, incluso les sorprenden a ellos mismos. Parecen escritores de brújula en vez de mapa, y eso da una frescura a todo cuanto sucede en pantalla al alcance de muy pocos. Sin embargo, esa libertad creativa que derrochan y que hace que su cine sea único, irrepetible, es también su mayor carga: da la sensación de que falta un plan, de que al final nos hemos desperdigado y nos hemos quedado sin ese punch final que habría catapultado la película a un nivel superior.

Sin embargo, no importa. O sí, pero no tanto. Porque, a pesar de esa inconsistencia, es un cine tan especial que, por mucho que el desenlace se quede a medio gas, siempre estaré ahí, esperando qué nueva idea original tiene que ofrecer Álex de la Iglesia. Todo lo que nos deja por el camino vale más que el mejor de los finales.