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Pyonyang, de Guy Delisle

Corea del Norte aparece de forma diaria en las noticias de todo el mundo, especialmente desde que Kim Jong Un sucedió a su padre convirtiéndose en el Querido Líder del pueblo más aislado del planeta. Sus continuos desafíos nucleares, el asesinato de su medio hermano en un aeropuerto y la exagerada propaganda que impregna cada rincón del país, lo convierten en un personaje llamativo y también, en carne de parodia. Eso fue lo que pensaron James Franco y Seth Rogen (Juerga hasta el fin) cuando rodaron The Interview, una sátira sobre dos periodistas que tienen la oportunidad de entrevistar a Kim en persona, y que a la vez reciben órdenes de los Servicios de Inteligencia americanos de asesinarlo.

THE INTERVIEW

No es la primera vez que una película se mofa sin tapujos de un líder autoritario de otro país. Saddam Hussein aparecía convertido en amante del Diablo en South Park, y el anterior líder de Corea del Norte, Kim Jong Il, era una marioneta con gafas en Team America. Pero esta vez fue diferente, ya que poco antes del estreno de The Interview, un grupo de hackers norcoreanos asaltaron los servidores de Sony Pictures sacando a la luz miles de documentos privados y correos confidenciales. Además, amenazaron con tomar represalias contra todos los cines que proyectasen la película, junto con las típicas amenazas a las que estábamos más acostumbrados.

Sony canceló todo el material promocional de The Interview junto con el estreno del film, y finalmente, el presidente Obama tuvo que salir a defender el derecho de realizar sátiras de ese tipo, y a criticar a Sony por haberse dejado avasallar por  las amenazas.

Pyonyang de Guy DelisleAquellos días quedaron dos cosas claras: La primera es que nunca hubiésemos pensado que la Tercera Guerra Mundial podría empezar por una película de James Franco, y la segunda, que era mejor cancelar la adaptación al cine de Pyonyang, de Guy Delisle.

La película se encontraba en fase de desarrollo con Gore Verbinski como director y protagonizada por Steve Carell, con casi todo listo para adaptar las ciento setenta páginas del cómic en el que Delisle desgrana su experiencia de dos meses en Corea del Norte mientras trabajaba en una empresa de animación. Utilizándose a sí mismo como protagonista, vemos un país extraño y hermético del que suelen llegarnos noticias a cuentagotas y a través de varios filtros que hacen imposible saber el grado de realidad que hay en dichas informaciones. Delisle lo que hace es presentarnos el día a día de un extranjero en un país que los ve no como los primeros visitantes de un posible aperturismo, sino como una forma de hacer llegar divisas extranjeras y, a la vez, como posibles espías a los que hay que mantener vigilados las 24 horas de día.

Dibujado con una sencillez que le viene genial al rostro de continua perplejidad de Deslisle, asistimos a un mundo limpio por fuera, pero lleno de miserias y pobreza energética, enmascarada como se puede porque Pyongyang es el único lugar que los extranjeros pueden visitar. La falta de lógica en algunas cosas (al menos para nosotros) es la responsable de los momentos más interesantes del cómic, que no tiene un guion fijo, sino que parece más bien la suma de pequeñas anécdotas diarias surgidas a lo largo del viaje. Visitas a los museos de los líderes, las conversaciones con sus intérpretes (auténticos robots al servicio de régimen), o lo más común de los norcoreanos: la mentira. Todo ello es algo a lo que Delisle tiene que acostumbrarse, evitando hacer preguntas y aceptando la realidad como le dicen que es, incluso cuando es evidente que la gente no trabaja en los campos de forma voluntaria.

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Como en casi todas las obras que analizan la situación en Corea del Norte, el autor establece un paralelismo con la novela de George Orwell 1984, donde la descripción del británico de un hipotético gobierno autoritario aquí se ha cumplido como si hubiesen tomado su novela como manual de instrucciones.

Al igual que en Crónicas Birmanas o Crónicas de Jerusalén, Delisle no juzga lo que ve, solo toma notas mentales o esboza algunos detalles que no quiere que se le olviden, y luego ya trabaja desde casa, tirando de recuerdos. Expone lo que él ha vivido no como una verdad absoluta, sino más bien como la experiencia del turista medio en lugares controvertidos, encogiéndose de hombros ante lo absurdo e incomprensible, pero manteniendo siempre un buen humor ante todo (cuando es posible).

Puesto que el cómic se publicó en 2003, no hay ni una sola mención a Kim Jong Un y los grandes cambios que parece haber sufrido el país bajo el puño del tercer miembro de la única dinastía comunista de mundo. Quizá la película de Carell se hubiese adaptado a los nuevos tiempos para atraer más al público, pero al menos de momento, lo más correcto es dejar que se calmen las cosas y no proporcionar al gobierno norcoreano una excusa más para continuar con sus pruebas balísticas, que ven como la única manera de proteger el paraíso en el que creen vivir, y que Delisle retrató en sus viñetas.

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