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COSAS DE NIÑOS: Los más pequeños en las películas de terror. Parte I

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Repaso de las películas de terror más espeluznantes protagonizadas por niños diabólicos

Próximamente llegará a nuestras pantallas ‘La otra hija’, la opera prima de Luis Berdejo, co-guionista de REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007) e Imago Mortis (Stefano Bessoni, 2009). En este thriller con elementos lovecraftianos, Kevin Costner interpreta a John James, un afamado novelista recién divorciado que decide apartarse del mundanal ruido trasladándose a vivir a una apartada casa de Carolina del Sur con sus dos hijos, el pequeño Sam y la adolescente Louisa (Ivana Baquero, la niña de El laberinto del fauno). Allí, Louisa comienza a sentirse extrañamente atraída por un túmulo funerario ubicado en las cercanías, mientras su personalidad comienza a cambiar…

 Los más pequeños en las películas de terrorIndependientemente de la calidad del film (ya suficientemente vapuleado en la web, pues no olvidemos que la envidia es el pecado nacional) no podemos restar méritos al donostiarra, que se ha atrevido a dar el gran salto a Hollywood, así que hemos decidido homenajearle recuperando una revisión de pelis con niños, digamos “difíciles”, que publicamos en el número 21 de Scifiworld. Esperamos que os mole.

Si pasamos revista a las personas y cosas, a las impresiones, sucesos y situaciones susceptibles de despertar en nosotros el sentimiento de horror con intensidad y nitidez singulares, no cabe ninguna duda de que el Mal encarnado en la inocente figura de un niño ocuparía uno de los lugares más destacados. Es ésta una idea perversa, sugerente y siniestra en el sentido que Freud le dio al término, es decir, aquello que es extraño y familiar al mismo tiempo (unheimliche). Por ello no resulta extraño que el cine de terror, siempre buscando evocar los miedos inconscientes que habitan en la psique humana, haya sabido sacarle mucho partido. Pues si uno de los temas centrales de este género (si no el tema central) es la corrupción/destrucción del Mal sobre el Bien, la forma más extrema de Horror imaginable sería la corrupción/destrucción de la misma esencia del Bien representada por la inocencia de un niño. Por otra parte, otra inquietante cuestión acrecienta todavía más el horror de esta idea. Todos sabríamos cómo tratar con un adulto malvado, pero ¿sabríamos enfrentarnos a un niño malvado? Nuestra naturaleza de mamíferos nos hace cuidar y proteger a nuestras frágiles crías hasta que son capaces de valerse por sí mismas. Pero, ¿y si los niños no fueran tan inocentes? ¿Sería capaz de matar a un niño si de ello dependiera su propia vida? ¿Y si se tratara de su propio hijo? ¿Y si lo que estuviera en juego no fuera solo su vida sino las vidas de todos los seres humanos? Todas estas cuestiones han hecho que las películas de ‘niños diabólicos’ se encuentren para muchos entre las más terroríficas del género.

 Halloween. El origen

Una primera categoría de ‘niños diabólicos’ son los niños psicópatas.

Hay pocas películas que tengan como protagonistas a esta clase de asesinos, básicamente porque implican la justificación de la conducta del niño y la búsqueda de responsabilidades, con lo que se entra en el pantanoso terreno del eterno debate entre si el psicópata nace o se hace; si es fruto de la genética o de la educación. Esto no ocurre con el psicópata adulto, protagonista de innumerables películas, cuya existencia desde finales de la década de los setenta se presenta como un hecho tan natural como la existencia de tigres en la jungla y cuya “locura” basta para justificar sus salvajes crímenes. Sin embargo, últimamente hemos asistido a intentos por desvelarnos las claves de la psicopatía del psychokiller. Así, en “Halloween. El origen” (Rob Zombie, 2007) se nos presenta un Michael Myers de 10 años fruto de una familia marginal y desestructurada y sometido a continuas humillaciones y maltratos tanto por parte de sus compañeros de clase como por su propio padre.

En “Hannibal: El origen del mal” (Peter Webber, 2007) los peculiares gustos gastronómicos del doctor Lecter se explican por una terrible experiencia que sufrió a los ocho años, cuando en 1944 quedó aislado por la nieve y sin alimentos en una cabaña junto a su hermana Mischa y un grupo de hilfswillige (colaboracionistas nazis lituanos).

Póster de El niño de barro

“El niño de barro” (Jorge Algora, 2007) es un thriller psicológico basado en los espantosos crímenes cometidos a principios del siglo XX en Buenos Aires por el único niño asesino en serie de la Historia: Cayetano Santos Rodino, más conocido como el Petiso Orejudo, que comenzó a agredir a otros menores a la tierna edad de ocho años. Cuando fue detenido, ocho años más tarde, fue declarado culpable de cuatro asesinatos, siete tentativas de asesinato y siete incendios. A una de sus víctimas, Gerardo Giordano, de tres años, le colocó un clavo de grandes dimensiones sobre la sien y lo golpeó con una piedra hasta que la punta salió por el lado opuesto. También en este caso se insistió en la primacía de los factores sociales sobre los biológicos: “Todos los días llega un barco cargado de muertos de hambre. Viven como animales. Se convierten en animales”, sentencia el comisario Petrie.

La mala semilla

No ocurría lo mismo en “La mala semilla” (Mervin Le Roy, 1956), donde apareció por primera vez la figura del niño psicópata. La protagonista de esta magnífica e injustamente olvidada película es una encantadora niñita de ocho años llamada Rhoda. Es pulcra, educada, pide permiso para todo, toca el piano y adora a sus padres. Como muchas niñas, guarda en una caja de madera sus tesoros. Pero conforme avanza la película asistimos a la espantosa revelación de que no son tesoros, sino trofeos arrebatados a sus víctimas. Rhoda es una máquina de matar y una mentirosa compulsiva que hace parecer sus asesinatos accidentes y a la que su aspecto angelical libra de toda sospecha.

Pero a Rhoda le falta un trofeo: la medalla de oro de ortografía que ha ganado Claude Daigle, a quien la niña no duda en arrojar a un lago e impedir que suba al muelle golpeándole con sus zapatos de claqué. Cuando el portero de su casa empieza a sospechar, Rhoda le quema vivo. Pero su madre, Christine, descubre la caja, y en ella la medalla de Claude y en su cuarto, la bonita bola de cristal que le había prometido pero nunca regalado aquella anciana que murió repentinamente al caer por las escaleras. Buscando explicaciones a la conducta de su pequeña, Christine descubre que ella misma es adoptada y que su madre fue una envenenadora llamada Bessie Denker. Rhoda ha heredado de su abuela la carencia de sentimientos y no dejará que nadie la aleje de todo aquello que desee. Christine decide matarla y suicidarse…

A pesar de basarse en la novela del mismo título de William March, el final de la película fue distinto debido a las exigencias morales del llamado Código Hays. Mientras que en la primera la niña quedaba libre para continuar su carrera criminal, en la película, madre e hija sobreviven pero Rhoda es fulminada por un rayo mientras va a recuperar la medalla que su madre ha arrojado al lago para encubrirla.

“La mala semilla” deja bien claro que el ambiente no tiene nada que ver en la génesis del asesino en serie. Su condición no se debe a un contexto familiar disfuncional, pues Rhoda vive en un entorno apacible y con padres cariñosos. El psychokiller nace, y al igual que hay niños-prodigio para la música o las matemáticas, también los hay para el crimen, y ni la educación ni los estímulos ambientales pueden luchar contra ello. Era solo cuestión de tiempo que su herencia maldita acabara aflorando de forma irreversible, burlándose de los ingenuos adultos que la rodean que se convierten de este modo en presa fácil de este auténtico genio del mal.

“La mala semilla” dio sus frutos, y así, en “El buen hijo” (Joseph Ruben, 1993), Macaulay Culkin interpretó a Henry, un niño modelo que bajo su apariencia cariñosa y sensible esconde un verdadero psicópata capaz de intentar asesinar a su hermana e incluso a su madre. Su macabro sentido de la diversión solo será descubierto cuando, después de perder a su madre, su primo Mark (Elijah Word) se instale en su casa para pasar con su familia el invierno. En La muerte tiene cara de ángel (Douglas Jackson, 1994), el joven Johnny, de doce años, además de repartir periódicos, asesina a todo el que se interpone entre él, Melissa y su hija Cammie, a quienes ha decidido “adoptar” como familia.

El buen hijo

También en “El dulce rostro de la muerte” (Martin Kitrosser, 1996), la pequeña Jodi va eliminando a todo aquel que intenta separarla de su adorado padre adoptivo. El hijo del mal (George Ratliff, 2007) presenta a Joshua, un niño de nueve años, superdotado y teóricamente perfecto hasta que el sentimiento de “príncipe destronado” que le provoca el nacimiento de su hermana Lily hace aflorar su lado más siniestro.

En la reciente “La huérfana”, del español Jaume Collet-Serra, unos padres que recientemente han perdido a su hijo nonato deciden adoptar a una niña de nueve años llamada Esther. En apariencia, la niña es completamente inocente e inofensiva, pero en realidad oculta un secreto que resultará fatal para todos. Un secreto que, por supuesto, no vamos a desvelar aquí, aunque adelantaremos que el planteamiento es muy original para los tiempos que corren. Sin embargo, haciendo honor a la verdad y como homenaje a nuestro admirado Tod Browning diremos que algo muy parecido ya aparecía en “El trío fantástico” (1925), basada en un thriller de éxito escrito por Tod Robbins.

El otro“El otro” (Robert Mulligan, 1972) es, como indica su título, otra cosa. El pequeño Niles, de diez años, vive los días de la Gran Depresión en un pequeño pueblo de Conneticut. Marcado por la muerte de su padre, pasa el tiempo jugando con su hermano gemelo Holland y escuchando las historias de su abuela Ada. La anciana le inicia en lo que ella llama “el gran juego”, que son en realidad prácticas de metensicosis o transmigración, es decir, el paso del ser a otros cuerpos, lo que le permite, por ejemplo, “ser” un halcón que vuela libremente en una de las más hermosas escenas de la película. Niles es un niño bueno, dulce y tranquilo, pero se encuentra dominado por “el otro”, por Holland, más activo, emprendedor, más listo y más cruel. Solo una hora después se nos descubre que Holland lleva dos años muerto, después de caer a un pozo cuando trataba de atormentar a un gato. Incapaz de superar su muerte, Niles ha desarrollado “el gran juego” hasta extremos insospechados. Niles es también el malvado Holland e incapaz de separar fantasía de realidad, habla con él, juegan juntos, hacen planes y comete atrocidades de las que culpa a Holland en lo que podría considerarse una variación de la clásica historia del doctor Jekyll y mister Hyde.

Fotograma de "El otro" “El otro” es una gran película de terror psicológico, merecedora de una consideración infinitamente superior a la se le tiene hoy en día. Es una de las películas más morbosas, insanas y crueles que ha dado el género, pero en ella no hay oscuridad, ni litros de sangre, ni sobresaltos inútiles. El terror es más sugerido que mostrado, a pesar de que ocurren tres asesinatos, un suicidio, una mutilación, un intento de asesinato y un parricidio. El horroroso descubrimiento del bebé de su hermana, que Niles/Holland ha sumergido en una barrica de vino es apenas insinuado, pero los gestos de horror de los hombres y los gritos de las mujeres bastan para definir una escena realmente escalofriante. Como cuando su madre descubre lo que Niles esconde en un pañuelo. Todo es dejado a la imaginación del espectador. Como el destino final de Niles, por quien acabamos sintiendo tanto horror como compasión…

el señor de las moscasUn panorama mucho más desolador es el que se nos muestra en “El señor de las moscas” (Harry Hook, 1990). Los protagonistas no son psicópatas, sino un grupo de niños bien educados y de buena familia, cadetes de una escuela militar estadounidense, que llegan a una isla después de caer al mar el avión que los transportaba. Lo que se nos expone es un punto de vista contrario al del “buen salvaje” de Rousseau; es decir, que el ser humano es un animal malvado por naturaleza, que los niños son esencialmente crueles y que solo los mecanismos de represión impuestos por la sociedad consiguen “civilizarlos”. “En Grupo salvaje” (1969), Peckinpah nos muestra a un grupo de niños que repugnan y escandalizan con sus sádicos juegos de escorpiones y hormigas a esos adultos que, se supone, son los verdaderos criminales. La falta de estos mecanismos en la isla libera el Mal innato grabado en nuestro código genético y convierte a los niños en un grupo de salvajes pintarrajeados que adoran a la cabeza de un cerdo clavada en una pica (el Señor de las Moscas del título) y que no dudan en dar caza y eliminar a todo aquel que defienda otra forma de hacer las cosas. En “An American Crime” (Tommy O´Haver, 2007), al contar con el visto bueno de su odiosa madre, Gertrude, los niños de la familia Baniszewski dan rienda suelta a sus más sádicos instintos (¡e incluso invitan a sus amiguitos a participar!) sobre la desdichada Sylvia. Como se nos dice al comienzo, la película está basada en unos hechos reales ocurridos en Indianapolis (Indiana) en 1965.

Por motivos que se desconocen, en algunos niños estos elementos de control social no funcionan. Son niños que pueden crecer sin mostrar empatía, que no se conmueven ante el dolor de los demás, que son incapaces de comprender o visualizar los efectos de las acciones que emprenden y que pueden llegar a ver a sus semejantes como meros instrumentos para satisfacer sus deseos. Son tan amorales como atrevidos, y esta mezcla puede ser un coctel explosivo. Tienden a fantasear, y acaban confundiendo la fantasía con la realidad o, mejor dicho, haciendo realidad sus fantasías, tal y como se muestra en “El rey de la montaña” (Gonzalo López-Gallego, 2007), donde la pareja protagonista lucha por sobrevivir en un entorno hostil ante una amenaza desconocida que se oculta en las montañas y les da caza con un rifle de precisión en una especie de cruce entre “Deliverance” (John Boorman, 1972) y “El malvado Zaroff” (Irving Pichel, 1932) adaptadas a los tiempos de los videojuegos y los niños abandonados frente al televisor. La misma violencia, solo que mucho más gratuita, es presentada en “Ellos” (David Moreau y Xavier Palud, 2006).

¿Quién puede matar a un niño?En el clásico “¿Quién puede matar a un niño?” (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), lo que prometían ser las idílicas vacaciones de un joven matrimonio en la isla de Almanzora se convierte en una pesadilla cuando descubren que los únicos habitantes del lugar son un grupo de niños decididos a eliminar a todos los adultos. La película cuenta con escenas realmente impactantes como la de los niños jugando a la piñata con un cadáver o la de la niña que asesina a golpes a un anciano con su propio bastón. En un intento de aliviar la angustia causada al espectador por este comportamiento de los niños, la película comienza con una serie de imágenes reales de niños sufriendo toda clase de penalidades por culpa de los adultos, por lo que se sugiere que su furia asesina es una venganza. La historia se basa en el relato El juego de los niños, de Juan José Plans, que también ha servido de base para In the Playground, de David Alcalde, pendiente de estreno. Se dice que el director francés Fabrice du Welz (Calvaire, 2004) intentó comprarle los derechos a Chicho, pero que éste no aceptó y que a pesar de todo, utilizó el argumento en su “Vinyan” (2008), el descenso a los infiernos de un matrimonio que busca desesperadamente en la jungla de Birmania a un hijo que creían muerto durante el tsunami de 2004 pero a quien la madre le parece ver en un vídeo sobre niños huérfanos de este país.

Continua…

Por Manuel Moros Peña


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Desde que tengo uso de razón siempre me he sentido atraído por el dibujo, los cómics y sobre todo el cine, culpa de esta afición la tiene “Star Wars: Episodio IV”, me sentí fascinado por la gran cantidad de naves espaciales que aparecían en ella y todo el mundo creado por George Lucas, la escena de la nave corellia perseguida por un crucero imperial que avanzaba hasta llenar la pantalla fue impactante. La música de John Williams era pegadiza y fácil de recordar, ya para entonces recuerdo mis colecciones de cromos y los muñecos de la saga. Otra gran influencia han sido los cómics, en concreto las ediciones de Vertice de Spiderman, La patrulla X, Los Vengadores, Los 4 fantásticos, con los que aprendí a dibujar copiando las viñetas de John Romita Sr. y Jack Kirby. Así que no era de extrañar que terminase estudiando en la escuela de artes de Zaragoza.