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‘The Maxx’, malditos recuerdos de infancia

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the maxxEntre la gran ola de títulos que el sello Image publicó en los noventa había todo tipo de superhéroes: mutantes cibernéticos, dioses, aliens, demonios, amnésicos… Pero el más original, fue el más extraño. ‘The Maxx’ Un vagabundo con mascara y traje violeta, que era un conejo, y también era un sueño, y a la vez un recuerdo. El mundo onírico y metafísico de Sam Kieth, inundaba las páginas del único cómic que contaba una historia donde la infancia y los recuerdos eran los mayores enemigos.

Los noventa fueron una época muy fértil a la hora de crear premisas, no todas eran buenas y la mayoría acababan siendo remedos de temas que ya existían. Pero entre todo es batiburrillo de mallas, armas, garras, cuchillas y relámpagos de energía se encontraban pequeñas joyas que muchas veces se perdían entre la multitud. El bosque no dejaba ver el árbol.

Sam Kieth es un artista atípico, ha trabajado en el mundo del cómic desde los 80, en las editoriales más grandes y en las independientes, ha trabajado con grandes personajes y con pequeños. Creador del aspecto del ‘Sandman’ de Neil Gaiman, dibujante del Lobezno más aterrador que se ha visto, pudo ilustrar el retorno de Ripley en su guerra con los alien antes de que David Fincher estrenara su fatídica y horrible ‘Alien 3’, Kieth es un dibujante que ha dejado huella, pero cuando su arte más brilla es cuando escribe para sí mismo. Ha crecido como guionista con la ayuda de compañeros como William Messner Loebs o Alan Moore, ha trabajado con Gaiman, y eso ayuda mucho.

Aunque en ‘The Maxx’ comenzó con diálogos escritos por su amigo Bill Messner, la historia era suya, y no pocos de los miedos que tiene llegaron al papel. La historia de Maxx y Julie Winters es el principio de una odisea a través de los sueños de la infancia y sus pesadillas. Kieth construye una historia que cambia de terreno según avanza. Evoluciona a algo completamente diferente para alcanzar un resultado por lo menos sorprendente. Y eso solo en su primer volumen, en el segundo cambia su mundo otra vez para poder contar la misma historia desde otro punto de vista. Lo llena de nuevas historias y personajes pero sigue jugando con el mismo tema, los recuerdos, los malos recuerdos mayormente.

La historia arranca parodiando los superhéroes y rápidamente deja esa idea para adentrarse en algo más oscuro, el villano, un ser todo poderoso porque está en los sueños de los protagonistas, es una pesadilla hecha carne, o no. Muchas veces Kieth juega con la idea de que cada uno interpreta las cosas como las puede recordar, y algunas memorias cambian con el tiempo, empeoran o mejoran. Eso lastra a los personajes, un hombre con espíritu de conejo guardián y que no recuerda su pasado y una niña perdida en un mundo onírico que no quiere recordarlo. Las memorias de cada uno traen experiencias que tienen que aceptar y superar, o pueden consumirles. No hay respuestas concretas, la heroína no lo hace bien, es humana, el héroe no sabe ni quien es ni sabe que está haciendo. Muchos errores que nos e solucionan y muchas decepciones pueblan las páginas de la serie, hasta que finaliza el primer volumen y descubres que la vida es lo que es, y que a veces apesta y a veces no, depende de tus elecciones.

‘The Maxx’ se descubre como una historia sin moralinas pero con moraleja, y no es fácil de aceptar. La idea que un comic sea difícil de leer porque trata las malas experiencias, los malos tragos, como tapamos con lo bueno todo aquello que nos marcó de niños, es algo que a muchos les repele. Kieth no quería lectores complacientes, quería lectores interesados, que pensaran después de cerrar el comic.

Quizás eso convirtió el segundo volumen en una obra aún más arriesgada, porque ya había descubierto el juego y a los jugadores, y ahora empezaba de cero. Pero en lugar de achantarse, en su regreso a la serie lo hizo sobre los mismos temas, esta vez sobre los secundarios de la anterior etapa. Cerrar huecos, volver a plantear las ideas, era un desafío, pero contó con ayuda. Alan Moore, profeta de la viñeta para muchos, entraba para ayudarle a eso, y cuando Kieth tiene al lado alguien así, da lo mejor de él. La serie empezaba con fuerza y aunque sabíamos el tema, todo era nuevo otra vez. Kieth tomó las riendas y continúo con su historia. Volvían personajes y volvía el villano, esta vez convertido en un viejo bastardo malvado pero viejo y arrepentido, volvía el héroe, esta vez era un caballo y no un conejo, la heroína cambiaba, como si el Sidekick de la antigua hubiera cogido los galones, volvían viejos conocidos ya sin sus papeles principales y como apoyo a la nueva historia. Todo estaba ahí, pero ya no era lo mismo, había cambiado, evolucionado.

‘The Maxx’ volumen dos trataba de superar la infancia, los miedos, el abandono, el dolor y sobre todo la aceptación de que las personas son mezquinas sin razón, y muchas veces sin siquiera quererlo. Nuevos enemigos de tintes surrealistas animaban el cotarro, esa babosa amarilla gigante que alimentaba piñas con lacito es algo a lo que no se si llamar genialidad o esquizofrenia, pero otra vez la malvada infancia era la verdadera trama y obstáculo a superar.

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Porta Número 3 de ‘Zero Girl’

Sam Kieth ha escrito y dibujado varias series con sus guiones y siempre ha tenido el acierto de alejarse de lo que no conoce y escribir sobre cosas que ha vivido. Es lo primero que enseñan cuando empiezas a escribir. En el caso de Kieth la infancia, la adolescencia, y las relaciones personales han sido siempre su tema preferido. No sé cuánto de lo que lees viene de la realidad, cuanto es biográfico, en otra de sus obras ‘Zero Girl’ el mismo escribe un texto para explicar que mucho de lo que ilustra tiene relación con su experiencia, quizá por eso es tan difícil leer sus cómics, son muy reales. Quizás por eso el surrealismo de sus personajes y de muchas situaciones, porque la realidad siempre supera a la ficción, y para contar algo mayor que el día a día de alguien, hay que recurrir al imposible.

Los lectores más avezados se percataran que no he revelado nada de la historia, ni de los traumas o memorias de ‘The Maxx’. La verdad es que si revelas algo de todo eso el cómic pierde el sentido como lectura, hay que descubrir al mismo tiempo que los personajes lo que ocurre en el primer volumen. Hay que entrar con la mente otra vez en blanco en el segundo para entender que el segundo no es igual pero usa las pistas del primero. Es complicado y a veces resulta un sinsentido, pero así es la realidad, y así lo cuenta Kieth.

La ilustración que tiende al feísmo de ‘The Maxx’ es cuanto menos intrigante, muchas veces la realidad reformada nos resulta más familiar que cuando esta dibujada canónicamente. Sam Kieth siempre ha mostrado más sentimientos en sus dibujos, sus personajes tienen una personalidad que marcan sus formas, no solo los gestos del rostro, toda la ilustración, incluidos los fondos de cada página son la historia del personaje o personajes. Esto hace que muchas veces su dibujo sea lento y denso narrativamente. Otras puede abarrotar de viñetas dos páginas para que corras de una a otra haciendo que dos páginas sean como seis y parezca algo rápido, pero cuando pasas de página el ritmo ha bajado, te hace correr para luego dejarte descansar. Kieth tiene más de pintor en ocasiones que de dibujante de cómics, su estilo es duro y su ritmo va desde el cómic más ameno al más lento que se pueda imaginar. Esto hace que todas sus obras tengan una vida propia, y en ‘The Maxx’ practica mucho de todo esto, hay capítulos, el que aparece Pitt como invitado por ejemplo, que son más ejercicios de comic que parte real de la trama de la historia. Si esta colección le hizo madurar como autor completo es porque se arriesgó en todo lo que hizo, y no todo sale bien siempre.

‘The Maxx’ es un cómic difícil pero que merece la pena leer, ya sea por descubrir al autor en su momento más básico y ver como madura. Por descubrir un cómic diferente sobre un tema nada heroico. O simplemente por disfrutar de una historia que no se repetirá.