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¿Está Hollywood acabando con sus estrellas?

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Avatar

James Cameron ha anunciado cuatro secuelas para Avatar. No descarto que desde el momento en que escribo estas líneas hasta que el artículo se publique se invente alguna más, pero eso no cambia el hecho de que desde 1997, cuando el canadiense estrenó Titanic, sólo se ha puesto tras las cámaras una sola vez. La carrera del tipo que prometía revolucionar el cine con el 3D aumenta a cuentagotas, casi a película por década, por mucho que entre medias se dedique a investigar los restos del trasatlántico, descubra la tumba de Jesucristo o incluso se convierta en el primer ser humano que desciende a la fosa de las Marianas en solitario. Y por mucho que Avatar se convirtiera en la película más taquillera de todos los tiempos, uno se pregunta cuántas nos estaremos perdiendo a causa de los alienígenas azules y de la presión por hacerlo todo aún más grande.

Enfrascado en una megafranquicia de la que el público parece haberse olvidado con tanta rapidez como con la que le dieron el dinero, Cameron ha desmantelado la división de nuevos proyectos de su productora y es probable que jamás dirija nada que no tenga a Pandora como telón de fondo. La esperada adaptación del manga Battle Angel, que programó para el lejano año 2016, ha pasado a otras manos. Y aunque a la hora de la verdad Cameron es capaz de hacer películas tan impresionantes como Terminator 2, el mensaje ecologista y su megalomanía nos impedirán disfrutar de cintas tan relajadas y divertidas como Mentiras Arriesgadas.

Hollywood no existe. Es simplemente un letrero sobre las colinas de Los Ángeles, pero representa toda una industria que a pesar de las crisis de los multicines, consigue cada año cifras millonarias. Convertido más que nunca en un negocio, hacer películas implica adaptarse a los nuevos tiempos donde Marvel o Star Wars no buscan cintas entretenidas sino grandes beneficios inacabables. Eso ha llevado entre otras cosas a la desaparición de las grandes producciones para adultos, convencidos de que la calificación de R sólo impide el acceso a un público tan goloso como el infantil. En la búsqueda de grandes marcas de las que poder sacar ingresos anuales, el esquema ideal es el de Piratas del Caribe: películas basadas en una idea ya conocida (una atracción de Disney) llenas de aventuras, humor, romance, efectos especiales y nula violencia para contentar desde el abuelo al nieto. No es una mala idea, pero eso hace que por repetición, muchas de estas copias no lleguen al nivel de excelencia de sus inspiraciones. Recordemos que Star Wars fue una rareza en 1977 y eso fue precisamente lo que la encumbró. Ahora, con los caballeros Jedi convertidos en entretenimiento mainstream y Simon Pegg asegurando que la fantasía y los superhéroes están volviendo más idiotas a la gente al infantilizar los contenidos, nos encontramos con películas que se plagian unas a otras, y más parecidas a anuncios de merchandising que auténticas historias.

Marvel Studios

Pero no es algo nuevo, y podemos incluso reconocer algunas de estas modas pasajeras. Desde las cintas de acción y el slasher de los ochenta, a las películas de terror adolescente algo más paródicas de los noventa. De la corta época de terror asiático a principios de los 2000 a varias películas de fantasía que intentaban imitar a El Señor de los Anillos, y una gran explosión de superhéroes en la última década.

En la idea de mantener la maquinaria bien engrasada, los que más están sufriendo son los actores que aceptan ser parte de estas grandes películas. Cameron no es el único cuya agenda está ocupada por una megafranquicia. The Force Awakens dio la posibilidad a Daisy Ridley de ser conocida en todo el mundo y abrirle las puertas de la industria, pero ahora se ve obligada por contrato a darle prioridad a la saga galáctica. Lo mismo le ocurre a Ben Affleck, cuya participación en Batman v Superman: Dawn of Justice le ha hecho aparcar tres películas como director de forma indefinida, con rodajes de diez meses de duración, y la perspectiva de escribir, dirigir y producir las próximas cintas del renqueante universo de DC.

Y es que los actores ya no firman por películas sino por personajes, como Sebastian Stan, que deberá aparecer en alrededor de ocho entregas de Marvel en su papel de El Soldado de Invierno. Esto asegura a los estudios la presencia del mismo rostro (algunos incluyen cláusulas en las que sus estrellas se comprometen a no hacerse la cirugía estética o cortes de pelo sin el permiso de sus productores), pero a la vez engancha a los actores durante años. Esta es la razón por la que Robert Downey Jr. no parece muy dispuesto a protagonizar más películas como Iron Man, y también la que evitó que viésemos a Tom Hiddleston en Avengers: Age of Ultron por miedo a que su cameo diese por finalizado su contrato antes de lo previsto. Y sí, los cincuenta millones de dólares que cobra Downey Jr. es un buen negocio, pero sus carreras se ven limitadas por esos proyectos. La fama del actor no existiría sin ese regreso que Iron Man le proporcionó en 2008, pero su trayectoria no es espectacular. Sólo hemos podido verle en películas de Marvel y las dos de Sherlock Holmes a excepción de El Juez y una colaboración en Chef, del mismo director que le contrató para Iron Man. Con cincuenta años se encuentra en uno de esos momentos donde puede interpretar cualquier cosa que se le ponga por delante (algo que no consiguen las actrices con más de cuarenta o incluso treinta y cinco), pero no está teniendo ni tiempo ni posibilidades para ello. Incluso ha admitido en una entrevista que no quiere hacer películas indie en las que no pagan bien y tienes que trabajar en Navidad.

Michael Fassbender Assassin's Creed

No todos son Michael Fassbender, cuyo Magneto en X Men: First Class le permitió darse a conocer, pero que se ganó los galones gracias a Shame, 12 años de esclavitud, Macbeth o Steve Jobs. O Viggo Mortensen, que tuvo la carrera que jamás pudo imaginar Orlando Bloom después de sus aventuras por la Tierra Media y que tiene muy poco que ver con los grandes blockbusters.

En el cine no hay nada seguro, y grandes promesas se desvanecen mientras actores mucho menos llamativos a primera vista construyen carreras envidiables. Leonardo Di Caprio y Sam Worthington tuvieron las mismas oportunidades con James Cameron, pero el primero se ha estado machacando junto a Martin Scorsese en papeles que han llevado su cuerpo al límite, lo mismo que Christian Bale engordando para ser Batman y quedándose en los huesos para The Fighter. Mientras tanto, Worthington nos fue vendido como estrella de acción en Furia de Titanes y desde allí inició un descenso a los infiernos que seguramente espera que termine con esas secuelas de Avatar ya mencionadas. Incluso en ocasiones, ser la chica de moda en Hollywood no te salva de eso, de ser una moda. Jennifer Lawrence también tuvo éxito en First Class, pero sus grandes bombazos fueron la saga Los Juegos del Hambre y sus cuatro nominaciones al Oscar. Lawrence sigue siendo una gran estrella, pero sin desmerecer sus dotes interpretativas, se ha visto últimamente saturada y con su imagen quemada por sobreexposición. De ser la chica graciosa ha pasado a ser considerada una inaguantable, y solo hace una película por año, enfrascada en la promoción de ciertas sagas que requieren más tiempo para venderlas que para realizarlas.  Su caso no es excepcional, pero contrasta mucho con el de Kristen Stewart, que estaba en el otro lado de la balanza cuando se la consideraba una actriz pésima debido a su trabajo en Crepúsculo, y que se pensaba que iba a desaparecer una vez hubiese terminado la franquicia. Pero poco después vinieron The Runaways, Adventureland, Camp X-Ray, On the Road, el César a mejor actriz por Cloud of Sils Maria, Café Society con Woody Allen y sus campañas publicitarias que la han convertido en un icono de la moda y la contracultura. Su estilo entre desaliñado, rockero y sofisticado parecen tener más registros que el de superestrella, de ahí que no participe en más películas de gran presupuesto y se encuentre más cómoda en pequeñas películas independientes.

Algo parecido ocurre con Joseph Gordon Levitt, que nunca fue considerado una estrella pero que se mantuvo ocupado durante el suficiente tiempo como para convertirse en un actor capaz de entretener y sorprender. Desde 500 días juntos a la reciente The Walk, Levitt es la clase de personas que hace que te preguntes si el star system beneficia o perjudica a los grandes actores. Y por mucho que George Clooney, Brad Pitt, Angelina Jolie o Johnny Depp acaparen titulares y noticias, sus últimas películas no parecen perdurar ni encerrar joyas a descubrir. Levitt y Stewart parecen demostrar también que no existe una línea segura en este negocio para perdurar o para desarrollar tu talento, y que éste puede encontrarse en sitios insospechados. Que se lo pregunten a Chris Pratt, que rechazaron en Star Trek, G.I. Joe y la propia Avatar de Cameron antes de que James Gunn le diese una oportunidad en Guardians of the Galaxy… y le convirtiera así en el actor con más carisma desde Harrison Ford.

chris-pratt-in-guardians-of-the-galaxy-movie

Los grandes estudios pueden estar afectando a las carreras de sus grandes estrellas, convirtiéndolas en personas famosas pero evitando que se luzcan en cintas arriesgadas u originales, cosas cada vez más difíciles de conseguir en los grandes circuitos. Y aunque Kristen Stewart no sea mejor actriz que Jennifer Lawrence, las cuatro películas que hace cada año le dan más posibilidades formar una carrera interesante o variada entre la que pueda surgir un papel digno de recordar. En cambio los actores que optan por el sistema de las grandes franquicias se han convertido en una versión magnificada de los actores por contrato que aparecían donde el estudio les decía aunque no quisieran. Eso lo sabe bien Halle Berry, que acudió personalmente a recoger el Razzie a peor actriz por Catwoman agradeciendo a Warner Bros por ponerle “en una mierda de película como esa”. O Kevin Spacey, que cambió Hollywood por el teatro y Netflix en la impresionante House of Cards, o Ryan Reynolds, cuya fama vino condicionada durante mucho tiempo por el desastre de Green Lantern o la chapucera visión de Deadpool que Fox lanzó en 2009 en la película de Wolverine, y que le llevó incluso a discutir con los productores sobre el enfoque del personaje, consiguiendo casi ser despedido. Reynolds tardó cerca de una década en convencer al estudio de que Deadpool, un superhéroe pansexual, bocazas y con la tan temida calificación R por bandera, podía ser una idea rentable, y acabó él mismo filtrando las pruebas de cámara consiguiendo una gran repercusión en internet. A regañadientes, Fox accedió a intentarlo… y se convirtió en la película para adultos más taquillera de todos los tiempos cambiando el enfoque incluso al resto de X Men. Esa es la prueba de que muchas veces los estudios no saben lo que quieren, y que la fama y talento de actores y actrices en ocasiones no depende de ellos, sino de otros muchos factores que poco o nada tienen que ver con la calidad de sus productos. Esa es la razón por la que Guillermo del Toro no dirigirá Pacific Rim 2, y por la que tendremos películas de Transformers hasta el fin de los tiempos.