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[CRÍTICA] ‘Un traidor como los nuestros’, o la importancia del caché

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No obstante la novela está entre las menos interesantes de John Le Carré, la adaptación a la gran pantalla de Un traidor como los nuestros demuestra que Susanna White, lejos de despegarse de la vena puramente académica, rechaza la profundidad política en pos de un entretenimiento que no dice absolutamente nada sobre su capacidad para rodar con ruido y furia.

Tan inverosímil como la amistad que surge espontánea entre el más eficaz blanqueador de dinero de la mafia rusa y un profesor de poesía, en un lujoso restaurante de Marrakech. Así se declara Un traidor como los nuestros ante su público, siendo este una potencial masa de lectores aficionados a la retranca político-moral que John Le Carré imprime en su obra. No en vano, dicha novela es una de las más irregulares -y criticadas- del autor británico, por lo que no extraña que la adaptación de Hossein Amini sea tan ambiciosa y poco coherente como el material original. Porque lo que es una constante en los trabajos del especialista en suspense literario (con permiso de Frederick Forsyth), aquí se difumina en un simulacro sobre las relaciones de poder entre capos, hombres de confianza y meros peones -sin mencionar, porque no lo merece, las exigencias de la diplomacia británica para ofrecer asilo político a un malversador de cuentas en B. Quizá Susanna White haya demostrado cierto sentido común respetando la pluma del escritor en lo que se refiere a la construcción de personajes, pero lo cierto es que esa decisión es lo peor que le podía ocurrir a una película en la que importa la credibilidad. Sino, más bien, el caché de sus orígenes. Por ellos pasea la figura literaria en torno a la que gira el suspense de absolutamente toda la trama: el falso culpable.

Un traidor como los nuestros

Recapitulemos. Tenemos a un mafioso que parece ser, en suma, una buena persona a la que quieren esfumar, después de firmar unos documentos en los que se compromete a responsabilizarse de cierta cantidad de dinero. Cifra que, sin embargo, seguirá formando parte de un entramado financiero que vive sus días felices en la clandestinidad de los paraísos fiscales. Es decir, que la nueva generación de especuladores rusos sin escrúpulos le ha descendido en la escala de importancia, de hombre importante a testaferro que firma, sin saberlo, su declaración de muerte. Alfred Hitchcock -a partir de las construcciones literarias de John Buchan, Graham Greene o John Michael Hayes- empleaba este tipo de personaje con asiduidad en el contraplano de sus historias, para marcar la diferencia entre sus intenciones y acciones. Más bien, entre sus pasado y presente -porque el futuro era el fin mismo de la historia. En ambos casos, la huida del protagonista se produce de manera lateral, buscando un salvoconducto legal -en el que nos ocupa, el MI6 a través de la filtración de nombres y números de cuenta asociados- para salvar, ante todo, a su descendencia (en Rusia se lleva muchísimo, tanto o más que en Japón o China, la idea de posible ‘venganza’, aunque sea improbable). Si todavía eres de los que creen que se trata de una cinta con la acción y el desenfreno como partes indispensables de la misma, permíteme que te diga que es todo lo contrario: espionaje aséptico, pero no del inteligente, sino del que disimula su falta de contenido con un correcto apartado fotográfico y un inteligentísimo aficionado al tenis, con el rostro de Stellan Skarsgård, como hilo conductor.

Un traidor como los nuestros

En ese ambiente -a veces realista, normalmente onírico- se mueve con cierta habilidad la cámara de White, que no parece tener problema en dejar que la historia se convierta en un entretenimiento donde los subtextos políticos y la crítica a un sistema corrupto marchan por el desagüe. Le Carré sobrevivió al final de la Guerra Fría con inteligencia, atreviéndose a desentrañar algunos -por entonces presuntos- escándalos sobre las altas esferas, que se acercaban a los delirios de un visionario en la época renacentista. Si bien es cierto que en esta obra no quedan claras las intenciones del autor o, al menos, no como en títulos precedentes, también lo es que la creadora de ficciones como Jane Eyre (la adaptación televisiva protagonizada por Ruth Wilson) no termina de ensamblar las piezas que habrían convertido a la película en un producto competente. De hecho, existe cierto paralelismo entre lo que representa Un traidor como los nuestros y a lo que induce: si bien es imperiosamente necesario un compromiso con la organización de la que depende tu vida, de igual manera debes tenerlo con la cinta si pretendes disfrutar de un relato donde Ewan McGregor camina a caballo entre: a) el hippie narcisista reconvertido en héroe; b) el marido aburrido que envidia la vida de su “afamada” esposa abogada; y c) la viva imagen de que el ánimo de lucro todavía escapa a ciertos grandes corazones, aunque nos cueste comprenderlo. Porque ese es su hábitat y bajo esas tres psicologías opera su comportamiento, te guste o no.