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Crítica ‘La tortuga roja’: Animación no apta para todos los públicos

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Crítica de ‘La tortuga roja’, película dirigida por Michael Dudok de Wit y supervisada tanto por Isao Takahata como por el Studio Ghibli. La última gran obra de la animación, a medio camino entre la tradición europea occidental y el lirismo naturalista japonés

¿Cuánto ha llovido para llegar hasta ‘La tortuga roja’? Corría el año 2000 cuando el maestro de la animación Hayao Miyazaki quedaba fascinando por un curioso corto de animación. El director de ‘Mi vecino Totoro’, ‘La princesa Mononoke’ y ‘El viaje de Chihiro’ -entre otras muchas grandes historias de Miyazaki- se obsesionó con un cortometraje titulado ‘Father and Daughter’. ¿El culpable de esa obra? El holandés Michael Dudok de Wit. Ganador del Oscar a Mejor Cortometraje de Animación en aquella edición.

crítica de 'La tortuga roja'

‘Father and Daughter’ ya conjuntaba la mayor parte de la esencia artística de de Wit. Lo fascinante de este animador no es sólo su canto roto y enjaulado. El sollozo por la pérdida y el inexorable paso del tiempo. La relación entre la naturaleza y el hombre, en perpetua guerra y vínculo. Temas, todos ellos, tratados de manera descarada o sutil tanto en ese cortometraje como en ‘The Interview’ (1978), ‘Tom Sweep’ (1992), ‘The Monk and the Fish’ (1994) o ‘The Aroma of Tea’ (2006). Pero, sin lugar a dudas, es su primer acercamiento al largometraje (de un director nacido en 1953) el que conjuga todas esas pulsiones artísticas para ofrecernos una de las obras de animación más abrumadoras de los últimos años: ‘La tortuga roja’.

‘La tortuga roja’ es una fábula sobre los ciclos vitales. Pero guarda un mensaje oculto cuyo sello parece impreso por Studio Ghibli

A simple vista, ‘La tortuga roja’ se viste con el traje de una fábula sencilla. Con una emotiva banda sonora cortesía de Laurent Perez del Mar. Pero fábula sencilla, al fin y al cabo. Tan sencilla como un náufrago que, abocado a vivir en soledad en una isla, intenta escapar de la misma para regresar a la civilización… Pero se topa una y otra vez con una especie de guardián. Una enorme tortuga roja que da nombre a la cinta. Y también da dos cosas más: un motivo para vivir (al protagonista), un giro de guion simbólico trascendental (al espectador).

Con tan sólo 80 minutos de metraje y ninguna línea de diálogo, ‘La tortuga roja’ es capaz de traspasar la piel del espectador. Sumergirlo en una soledad apabullante, para asfixiar al crítico de turno y darle al amante de la animación sibarita todo aquello que necesita. Una reflexión espeluzante sobre los ciclos vitales y la comunión con la naturaleza. Con un mensaje oculto cuya firma parece estampada por el mismísimo Studio Ghibli. Todo ello aderezado con un trazo de línea fina, clara y expresiva. Y una paleta de colores suaves que combinan la naturaleza del paisaje y la humanidad del personaje. Como si todo tuviera que estar en armonía cuando dos opuestos (o no) se convierten en uno.

‘La tortuga roja’ es una historia de Michael Dudok de Wit. Aunque el animador holandés no se “animó” a realizarla hasta que Hayao Miyazaki e Isao Takahata lo empujaron a ello

Si uno ve el nombre de Studio Ghibli al inicio de ‘La tortuga roja’ ya debe prepararse para una animación fuera de los cánones comerciales de la industria de Hollywood. Hablo de Disney, Pixar, DreamWorks, etc. No lo digo menospreciando el valor cultural, artístico y cinematográfica de las obras de estos estudios. Sino porque Studio Ghibli son palabras mayores. Especialmente si el supervisor de ‘La tortuga roja’ se llama Isao Takahata. El director de la última gran obra maestra de la animación y una de las mejores películas de la historia del cine que se recuerdan, ‘El cuento de la princesa Kaguya’ (2013), es, además, uno de los co-fundadores de Studio Ghibli.

crítica de 'El cuento de la princesa Kaguya'

‘La tortuga roja’ es una película que lleva mascándose más de una década. Solamente el respaldo de Studio Ghibli, Hayao Miyazaki e Isao Takahata provocaron en Michael Dudok de Wit una respuesta positiva. Acostumbrado a trabajar a su ritmo -muy personal, he de añadir-, de Wit se vio “obligado” a responder al apoyo del estudio nipón. Y cumplió. Ofreciéndonos una película de animación no apta para todos los públicos. Con una magnífica moraleja, pero un terrible final.


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David Lorao

Graduado en Periodismo. Concibo el cine como la fábrica de sueños que forjó George Méliès y vivo a medio camino entre el Asilo de Arkham y la Cocina del Infierno. Devorador de cómics y adicto a la literatura y las series de televisión. Admiro por encima de todo la obra de Alan Moore, Frank Miller y Neil Gaiman, aunque no le daría la espalda a nada que haya salido de los lápices creativos de Ibáñez. Generación ‘Goonie’ y pasión por la escritura. “Nunca abandones tus principios, ni siquiera en presencia del apocalipsis”. También puedes leerme en twitter como @goonielor.