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Crítica de ‘El renacido’ (The Revenant) la nueva obra maestra de Alejandro González Iñárritu

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El renacido (The Revenant), una epopeya brillante, repleta de sentimientos y carente de diálogos inútiles.

Se pueden hacer películas donde el género lleve la voz cantante, donde lo preciosista destaque, donde los personajes sustenten la obra, donde el espectador ría a carcajada limpia, llore desconsoladamente, empatice con unos o con otros, se conmueva o se suma en el bostezo. Lo que ha firmado Alejandro G. Iñárritu en The Revenant es el absolutismo del arte, el autoritarismo de la poética visual, de los personajes llevados al extremo de su evolución, de los planos secuencia que barren cada escenario, que muestran cada palmo de imagen y cada mota de alma cinematográfica. Una epopeya brillante, repleta de sentimientos y carente de diálogos inútiles. Una experiencia sensitiva absolutamente excepcional.

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González Iñárritu se rodea de Emmanuel Lubezki, Leonardo DiCaprio y Tom Hardy para encumbrar una trama cercana al western clásico donde las redención y venganza quedan supeditadas a la inmensidad del hombre contra la naturaleza y contra sí mismo, del hombre hacia la racionalidad y el apetito voraz por recuperar parte de cuanto le han arrebatado. El relato es brutalmente realista, emocionante, doloroso en varias fases donde la poética visual heredada de Terrence Malick instala un halo de épica que no se descose por arista alguna del diseño, que permite una rotura hábil del ritmo, una representación absoluta de la soledad que brilla ante los ojos y hace temblar al corazón. Persecuciones a caballo en plano secuencia, planos atípicos con los que explorar el espíritu de un cine puro, esencial, un cine que encuentra sin pretensiones la capacidad para asombrar con grandes paisajes, ínfimos diálogos llenos de importancia e interpretaciones al límite de la demencia. Ante las casi tres horas de metraje, Iñárritu decide aportar inventiva y solvencia con tramas subyacentes que aprehenden al espectador y le hacen enfrentarse a la majestuosidad que no todo el público recibirá de buen grado. No sólo por su duración, defendida con maestría, sino culpa de una estructura narrativa que (a ojos de un crítico es absolutamente perfecta) pueda resultar cansada, sometida al ritmo de un superviviente en condiciones cercanas a la muerte, a la redención que busca constantemente analizar un Iñárritu que, año después de realizar un ejercicio brillante, se agarra a un filme descomunal en todos sus aspectos. De complicada formalidad, y aún más enrevesada profundización, The Revenant consigue bajar al cieno de la América salvaje, al territorio hostil donde la escarcha y el plomo juegan al escondite más violento. Una bellísima oda a la fotografía, al cine y a la sensibilidad del corazón humano.

DiCaprio y Hardy funcionan como el alfa y el omega del propósito argumental, el ying y el yang en perfecto equilibrio. DiCaprio lleva al extremo su capacidad interpretativa, la explota y, sin hacerlo formalmente, rompe la cuarta pared a gritos sordos, a miradas inmensas que declaran la sublevación del mártir con una fuerza de voluntad asombrosa. Y Hardy como apoyo antagonista, como el ser tormentoso que todo ser humano ha avistado alguna vez en su interior, el ser determinante y canalla, mezcla de congoja e inclemencia. La genialidad no está reñida con la suciedad, y ambos, sucios y demacrados por el temporal, componen una atmósfera única.

The Revenant, más allá de entrar en ciertos esquemas cinematográficos, mantener viva una lírica con referencia en imágenes sin horizonte, desaforadas incluso, y estar supeditada a la desgarradora encarnación de su protagonista, es una experiencia sensitiva absolutamente excepcional y necesaria para el cine contemporáneo de época.