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Crítica de ‘La modista’ (The Dressmaker)

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Presentada con elegancia y misterio, ‘La Modista’ evoca a los conflictos provincianos y las venganzas enloquecidas. Tan rara como entretenida, Jocelyn Moohouse presenta una trama en la que el polvorín de géneros se queda en eso mismo; polvo. La propuesta cómica a tan extravagante ejercicio no suena descabellada, más resulta surrealista el síntoma de seriedad que desprende el reparto. A pesar de sobrarle media hora, es una buena elección para el espectador que busque disfrutar de Kate Winslet durante dos horas de cine fabulesco y desentendido de todo trazo aburrido.

Una virtud que Moorhouse se encarga de recalcar mientras adapta con cierta similitud la novela de Rosalie Ham con, quizá, demasiado ahínco, es la capacidad del filme para reinventarse sobre su propio misterio, para no dejar al espectador con la sensación de haber presenciado una historia repleta de naderías con cierto aroma inexplicable aunque, sin duda, entretenido. El cierto sinsentido de The Dressmaker gira en torno a una venganza recordada a medias, en torno a Dungatar, un pequeño pueblo de la Australia de los 50 donde sus habitantes son el eco de una maldición fruto del odio y las habladurías. Todo a su alrededor da la sensación de estar impostado de una manera burda y forzada. Manera poco plausible de dramatizar con seriedad un relato que funciona correctamente cuando la correlación de vivencias y periplos de la protagonista invita a la compasión, cuando el forzado romance se ahoga entre la venganza, las dudas y la odisea de manera absurda. Incluso válida como comedia negra, pero jamás un drama al uso. Moorhouse pierde el tiempo en enfatizar un confrontamiento que desde la primera frase deja bien claro; The Dressmaker es un western en el que sus protagonistas visten de Prada y disparan pelotas de golf. Barroca en ciertas fases, la contraposición de un estilo visual muy cuidado y un tejido narrativo cogido con pinzas fluye en sintonía con los personajes-cliché llevados a la palestra con dignidad por un reparto que vive ajeno al humor que provoca, y con la desinhibición de una protagonista que va soltando capas de protección al mismo ritmo que el guión, para quedarse, después de todo, en la simpleza de un final esperado. Un sofisticado cebo que, tanto Dungatar como el espectador viven estupefactos y disfrutan gracias a la energía que desprende.

Lo único serio que el espectador encontrará en este cuento contemporáneo australiano es un reparto comprometido con la parte dramática. Kate Winslet, Judy Davis y Hugo Weaving son los tres vértices por los que The Dressmaker no pierde frescura. Defienden el compendio de géneros al libre albedrío que Moorhouse decide no filtrar, y lo hacen apelando al retrato cómico de todos sus movimientos aunque en sus interpretaciones apenas se perciba indulgencia alguna. La extravagancia, la obsesión por los deseos ocultos y la locura más emotiva se hacen eco de todo por lo que la película ansía mostrar.

El espectador no debe confundir este ejercicio de libertad cinematográfica como un experimento fallido, sino como una demostración de que, aunque las irregularidades afloren sin cuidado, el humor absurdo permanece inalterable a toda modificación genérica.