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Crítica de ‘Infiltrados en Miami (Ride Along 2)’

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Desde que la comedia infantil de Kevin Hart llegara al poco ingenioso Hollywood de las películas que, bajo el paraguas de los tiroteos, las parejas de policías notablemente bobas y las explosiones de bajo presupuesto, pretenden reinventar la comedia, no han sido pocas las versiones anteriores a Infiltrados en Miami (Ride Along 2), que con mayor éxito que ésta, han intentado ser algo más que un estándar industrial. Ni tiene ritmo, ni entretiene, y mucho menos es graciosa. Todo lo que rodea a la dirección de Tim Story resulta pasado de vueltas, como si el ingenio se hubiera convertido en una ínfula que adora al humor cutre.

Ride Along 2

El buen rato que promete su premisa se convierte, con sorprendente rapidez, en una visión tediosa de dos personajes que tratan de conectarse entre sí con bastantes complicaciones, como dos compuestos químicos que reaccionan con una pequeña explosión olor a azufre. El problema ya no es que la fórmula sea la misma, sino que se trate de forma tan conformista, que intente convencer al público de que es humor absurdo cuando, realmente, es innecesario y decepcionante. Infiltrados en Miami es de esas películas que fatigan hasta cuando están de fondo, sirviendo de apoyo a la conversación mientras se toma una cerveza. Un maridaje de las peores comedias lucrativas de la industria, de los peores intentos por buscar la empatía del espectador. Además de que todos los giros argumentales introducidos por Matt Manfredi y Phil Hay son refritos sobrevalorados, los problemas de Story con el montaje trascienden, incluso, al propio argumento central, a los momentos donde el clásico ingrediente políticamente correcto hace su primera aparición sin importarle demasiado cuán sea el tamaño de su torpeza narrativa. Al igual que su primera entrega, se estanca en los diálogos fútiles, en los disparos al aire, en la terquedad del “poli malo” y en la necedad del “poli bueno”. Es la película definitiva para que el espectador rezagado se de cuenta de que, además de para perder una cantidad de tiempo inaudita, Infiltrados en Miami no sirve para nada más.

La retórica cómica de Hart le impide a Olivia Munn tomar el protagonismo de las secuencias que ambos comparten durante la película. La otra parte del conflicto, la mirada de tigre ignorante a la que acostumbra Ice Cube, funciona como una tela opaca tras la que ocultar la falta de talento interpretativo. Como ya hicieron Eddie Murphy, Will Smith y Martin Lawrence con más o menos acierto, más o menos gracia, esta pareja de policías trata de hacerse un hueco en los estándares de la comedia a golpe de labia y balas (de fogueo).

La esencia de Infiltrados en Miami está en la que será una de las peores persecuciones de coches en la historia del cine: un sketch bochornoso de 100, injusto con sus predecesoras y en el que su director podría encarnar al ser humano carente de personalidad que se deja llevar y parece mofarse del trabajo que otros, con más decisión, hicieron para entretener al público en una desapacible tarde de mayo.