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Crítica de ‘Toro’: Mario Casas el ‘The Punisher’ cañí

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Mario Casas en TORO

El término medio es un concepto que no todos los directores son capaces de aplicar, sobre todo si se atiende al término entre tomar referencias y aplicarlas con estilo, o aplicarlas como vienen de antemano. Ese es uno de los principales problemas del guión de Rafael Cobos y Fernando Navarro: Toro, una película que le debe tanto al cine de los 70, como a Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) y como a la novela gráfica de mediados del siglo XX. Bien construido, con los ritmo y conciencia del suspense, el thriller de Kike Maíllo funciona cuando pisa el acelerador y es ese ritmo quien lleva la batuta de este norte-americanizado retrato sobre el héroe español.

El impacto que genera ‘Toro’ tiene mucho que ver con el funambulismo; el espectador no sólo verá que todo personaje se tambalea a cada piedra que pisa, sino que es la propia película la que juega a mantener el equilibrio, en un hilo que se va estrechando hasta ser tan fino como la brisa de la Costa del Sol. Y no sólo se conforma con eso, sino que también se atreve a jugar a algo más peligroso, si cabe, que caer con un guión débil: la americanización del mito español. No siendo necesario, Maíllo hace demasiados guiños a la cámara lenta de Zack Snyder, a la paleta de colores de Winding Refn, al llanero solitario de mitad de los setenta, incluso a la desdibujada narrativa de aquel Daredevil con mala praxis (Mark Steven Johnson, 2003) -y a aquella fortaleza de cemento y cristal creada por Stan Lee para su Wilson Fisk-. Toro es un entretenido batiburrillo de géneros literarios, introducidos con cierta soltura en el ambiente cinematográfico, pero no con la necesaria como para dar lo que promete; como para ser un thriller, pues es demasiado inverosímil; o como para resultar hipnótica, pues es demasiado previsible. Una de las herramientas que el director emplea con gusto y pasión es el montaje -ciertos saltos que adopta como su propia autoría-, pues aunque el espectador conoce el desenlace, la película se disfruta como un chute de adrenalina. Lo malo es que se olvida con la misma rapidez que el primer efecto de la dosis. Deberle tanto al cine de los setenta se traduce en una americanización irresoluta y, lo peor de todo, intrascendente, pues el público conoce a sus héroes, y también conoce a los héroes de España, por lo que en ocasiones se hace difícil encontrar un argumento que refute el estilo mitad naíf, mitad kitsch que exuda la película. Toro es apostar todo al rojo, al rojo de la sangre y las entrañas que se derraman, al ritmo procesional de los ritos y costumbres de un gángster y su bien más preciado: el poder.

El director nos presenta la amenaza con la pausa y el tono de José Sacristán, nos presenta al héroe como una especie de The Punisher cañí, como los cuentos del caballero y la dama pero con un Mario Casas violento, educado en el exceso y perfectamente encuadrado en su personaje. No obstante, entre el naíf y el kitsch, el que aporta toda la verosimilitud al relato es Luis Tosar y ese López trasnochado, deudor de apuestas y descanso, un superviviente a fin de cuentas.

‘Toro’ goza de una apariencia patriótica -Osborne, Marbella, las frases de Sacristán, la Virgen y sus procesiones-, pero realmente no es más que un estampado identitario en las formas del cine norteamericano. Maíllo no habrá sabido aportar su estilo íntimo en la película, pero sí demuestra conocer las fórmulas para hacer vibrar al público aunque muy poco de lo que cuenta sea creíble.