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Crítica de ‘Sufragistas’

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Dirigida por Sarah Gavron, escrita por Abi Morgan y protagonizada por Carey Mulligan, Sufragistas llega en un momento donde la mujer sigue luchando por la igualdad de derechos, donde la mujer ha avanzado en su movimiento por conseguir lo que siempre tuvo el hombre, pero debe evidenciar cómo, en contraposición con su objetivo, hay derechos que siguen vetados.

Un ejercicio de memoria necesario, imperecedero, sustentado en la ignorancia de un personaje que, avivado por su entorno, las injusticias que aprecia día tras día, y un pseudo-accidente por el cual llega a tal determinación, se eleva como estandarte de la lucha por el sufragio femenino en los albores de la Primera Guerra Mundial. Un relato emotivo, crudo y admirable.

Gavron decide embalsamar su trabajo en un bidón de historia que parece haber sido olvidada, en una lucha que todavía vive sus más y sus menos. Las complicaciones de llevar a cabo un tratamiento donde los clichés y sentimentalismos dan paso a la acción y el pragmatismo, no se dejan ver en Sufragistas, gracias a una maravillosa dirección tras la cual queda más que claro el mensaje; la palabra no vale nada, si detrás no hay una acción. Una dirección, sin embargo, que se ve torpe en el manejo de los planos. Resulta caótica en la acción, más también sabe evitar el lado lacrimógeno de la trama, los convencionalismos y la generación de una empatía sin valor real. Mantiene un ritmo de crucero que lastra demasiado el segundo acto, haciéndolo aburrido y monótono. Sin embargo, queda entendido cuando el espectador es testigo de la reserva que la directora lleva a cabo, con inteligencia, sobre el clímax de angustia y nudo en la garganta, y para el que está preparado el arco narrativo; el límite de acción hasta el que fue necesario llegar para reclamar la atención y urgencia necesarias. La evolución de la historia va ligada a la evolución de su personaje principal, ficticio a todas luces, pero que representa maravillosamente cómo cambió la visión de tantas mujeres que, no llegado tal movimiento, se habrían visto abocadas a la servidumbre total y absoluta, sin poder de decisión alguno. Es evidente el valor documental al que aspira la obra de Gavron, que no el histórico; saltos temporales en la formación y acción del movimiento que no justifican la aparición de Emmeline Pankhurst, que por simple adalid del sufragismo idealizado sin estructura social, o la dicotomía entre los movimientos pacifistas y la “guerra” a la que apela la narración cinematográfica. A pesar de ello, Morgan y Gavron han sabido cómo tratar un tema que de bien sabido está en resurgiendo en la actualidad, cómo esclarecer los límites que favorecieron la lucha, cómo no situar al hombre en el bando enemigo, sino apreciarlo como motor de cambio en conjunto, cómo trabajar con las pasión, dureza y sensibilidad necesarias para dejar un poso de digestión lenta e inmensa valoración.

Pero, sin duda, la esencia de Sufragistas vive de la interpretación de Carey Mulligan. La actriz muestra cómo se cambia de registro en una misma pieza sin perder la credibilidad. De la fragilidad de una lavandera, a la fortaleza del cambio. Del estancamiento como trabajadora y madre sumisa, a la lucha incansable contra detractores, organismos y sus propios vecinos. Una emotiva y dura actuación que no necesita de más que miradas, pocas palabras y una determinación desgarradora. Helena Bonham-Carter o Anne-Marie Duff, entre otras, son la demostración de que el arquetipo desarrollado en torno a sus personajes, nada tiene que ver con lo que en realidad son; caballos de batalla que perecen durante la lucha pero que, sin ellos, el objetivo jamás podría haber sido planteado. Extraordinario trabajo en líneas generales, de no ser por el empaque propagandístico de Meryl Streep en el papel de Emmeline Pankhurst, en una de sus actuaciones de más corta duración, pero mayor repercusión mediática.

En Sufragistas la política queda por encima de lo artístico, donde el tratamiento expuesto se maneja entre errores, pero es solventado con éxito. El idealismo que encierra al movimiento militante, quizás empañe al verdadero sentimiento nacido de la injusticia y la lacra social, pero no lo hace con la memoria de quienes lucharon por ello.