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Crítica de ‘SICARIO’: Crudeza, con final aún más crudo

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Este fin de semana se ha estrenado en cines ‘Sicario’ nuevo trabajo del director canadiense Denis Villeneuve (Prisioners, Enemy), candidata a, por lo menos, varias nominaciones de la Academia.

La verdad, la rigurosa verdad, impacta, avergüenza, atemoriza, resulta como un disparo a bocajarro en la cara de los que intentan ocultarla o maniatarla. Tanto para bien, como para mal. La sociedad que puede hablar, se tapa los ojos. La sociedad que ve tambalearse su entorno, se resigna a considerarlo cotidiano. El cártel mexicano y la dinámica social de Ciudad Juárez, son de esas verdades incómodas contra las que EE.UU tiene que lidiar, contra las que debe usar un arsenal de manipulaciones, extorsiones y tratos de favor con cárteles extranjeros. Y en Sicario, el espectador puede apreciar, con sumadas dosis del artificio de Academia y la espectacularidad de planos ejecutados por Denis Villeneuve, una idea de lo que acontece mientras está sentado en la butaca, disfrutando de la tensión de un thriller que ha conseguido situarse como líder del año. Crudeza, con final aún más crudo.

Benicio del Toro en Sicario

El tema a tratar puede resultar familiar, en el contexto más lejano. Y es que, Sicario retoma la senda de Traffic (Steven Soderbergh, 2000), pero lo hace con un ritmo constante, narrando la historia con una sinceridad que puede llegar a ser molesta. Villeneuve realiza uno de los mejores despliegues técnicos en lo que va de año, gracias a planos aéreos con los que las elipsis se viven con veracidad, gracias a imágenes tratadas con maestría para que no resulten sensacionalistas, gracias a un sonido que asusta y no permite apartar la mirada de la pantalla. Incluso se permite el lujo de cambiar texturas, de introducir una pequeña road movie dentro de la trama nuclear. El director canadiense demuestra que no ha perdido la forma después de su controvertida Enemy (2013). A pesar de su épica, su evidente dogmatismo hacia Hollywood y el enfoque desde el que decide retratar al paradigma del narcotráfico, ‘Sicario’ no abandona la idea de transmitir el valor, o la falta del mismo, según se mire, de las operaciones necesarias para destapar un pequeño resquicio, de la manada de hienas que se esconden detrás de la población drogadicta. Personas. He aquí uno de los grandes aciertos del guión escrito por Taylor Sheridan. Sitúa el centro en un debate moral que se empaña por la necesidad de acción armamentística, y lo hace con inteligencia, puesto que baja hasta el punto intermedio donde el fango se ramifica, desde los sicarios más despiadados hasta el policía corrupto que, únicamente, quiere salvaguardar a su familia. Y, mientras él se juega la vida, sus hijos juegan al fútbol ante la atenta mirada de una madre que, en lugar de escuchar la celebración de los goles, se estremece entre tiroteos y explosiones. La vida sigue, y el partido, sin límite de tiempo, sigue dominado por Ciudad Juárez.

Emily Blunt en Sicario de Denis Villeneuve

La premisa con la que Villeneuve fabrica este thriller en ‘Sicario’ (los buenos no son tan buenos, pero los malos lo son, hasta las últimas consecuencias) está comandada por unos Benicio del Toro, Emily Blunt y Josh Brolin magníficos. El espectador queda atado, ya no sólo por la velocidad y el ritmo con los que se cuenta la historia, ni tampoco por un sonido de nominación académica inmediata, sino por la oscuridad que todos sus personajes exponen durante el metraje. En esta faceta, el trío elegido por el director perfecciona las aristas de una empresa difícil de manejar. Blunt, como la garganta que se queda sin saliva ante el impacto de la verdad. Brolin, como el máximo exponente de la necesidad estadounidense por controlar el cártel. Del Toro, como la verdad oculta, opaca, la verdad ante la que la sociedad se queda sin habla, pero agradece su presencia.

“Si te preocupa que se pasen de la raya, tranquila. La raya se ha movido”, consuela Dave Jennings (Victor Garber) al personaje interpretado por Blunt. De esta manera queda una obra con ingredientes cotidianos, a la que Denis Villeneuve pone la guinda con una secuencia final amable, pero mucho más espeluznante que cualquier pasaje pretérito de la misma. Una de las candidatas a, por lo menos, varias nominaciones de la Academia.