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Crítica de ‘Mustang’

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Aún enfrentando un tema particularmente sesudo, Deniz Gamze Ergüven y Alice Winocour batallan con dinamismo y talento narrativo, con frescura y claridad. Apoyándose en las más quegratas interpretaciones de personajes contagiados de alegría, inocencia y empatía, la estricta educación que reza el sistema patriarcal turco queda retratada cuando la cineasta invierte los motores del filme y la revolución por la libertad se apodera de la trama. Mustang es una bella alegoría del sentido común que tan incrédulo perece ante tan arcaicas costumbres.

La habilidad dramática de Ergüven para relatar la crisis socio-cultural turca admite la revisión de ciertas fórmulas que suponen un refresco invariable, un giro potente a la ética cinematográfica cohibida, un canto a la vida adolescente en su concepto más simple. La conformación, coreografía del reparto logra enamorar al espectador desde su inocencia, desde la impotencia nacida de la terquedad del qué dirán llevado al límite. La rabia y el humor se turnan para tensar y aflojar con coherencia, para vanagloriar el corazón coral de cinco hermanas huérfanas que luchan contra las incongruencias de una vida que no ha sido diseñada para ellas, ni tampoco para las ramas biológicas descendentes. De eficaz guión, Mustang significa demasiado como para omitir la sorprendente dinámica narrativa empleada en colocar las piezas de un puzzle que, poco a poco, va desgarrando al espectador mientras le enamora incondicionalmente. La sonrisa incrédula, condescendiente se posa para quedarse durante la mayoría de la escasa hora y media de cinta, para apreciar el drama sin recurrencias, el torrente de situaciones que se superponen con fluidez y empujan a la trama hacia la desembocadura esperada. El tópico final deja de serlo gracias a ese tira y afloja entre inocencia y rebeldía, entre cultura, costumbre e ignorancia. No siendo necesaria la muestra de una trayectoria prolongada sobre el destino individual de cada protagonista, Ergüven evoca a la evidencia sin que apenas se note, avanzando inexorable hasta su objetivo, dejando clara la metáfora del mensaje. Mustang consigue incentivar al espectador hacia la lágrima que cae tras la angustia gracias a la sincronía entre el juego, la realidad, la tragedia y la libertad, gracias a la revitalización del ejercicio en lugar del relato lineal, gracias a la amabilidad de una película ejecutada como una ola que rompe contra el malecón, una ola que busca el espacio oprimido entre rejas físicas y psicológicas.

Resulta llamativa la complicidad entre las cinco vías que componen el corazón de la obra. Ilayda Akdogan, Doga Zeynep Doguslu, Günes Sensoy, Tugba Sunguroglu y Elit Iscan, un reparto novel (sólo Iscan cuenta con más participaciones en la gran pantalla) que enamora desde la espontaneidad de sus interpretaciones, interpretaciones que encarnan la estupefacción de la realidad tras los muros de la decencia. Correctas por separado, brillantes en conjunto, hacen de Mustang una oda a la voluntad.

Conquistada por el fondo, Ergüven ha sabido dedicarle tiempo a la belleza formal, de manera que todo queda trasladado al periodo estival, donde más se hace latente la necesidad de explorar y descubrir en lugar de emponzoñarse en obligaciones serviciales que coarten el desarrollo de mentes ávidas de nuevas rutas. Un retrato sin fisuras, agudo y necesario.