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Crítica de Luces Rojas

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Luces Rojas

Ni siquiera el poderío de DeNiro o las infinitas posibilidades que la historia podía haber ofrecido a un Rodrigo Cortés más preocupado por realizar un filme impecable (y tediosamente predecible) que original, han logrado deslumbrar al espectador. Las luces rojas, inminentemente presentes a lo largo de todo la cinta, acaban siendo eso, luces, destellos de lo que pudo ser y no fue. Porque no cabe la sorpresa en esta película, porque la trama se me antoja repetitiva de otras tantas películas anteriores y porque el gran misterio no despierta interés alguno en el espectador, “Luces rojas” es lo que Leonardo Palladino es en la historia.

Sin embargo, y pese a lo dicho, Cortés sí que hay algo que logra hacer con suma facilidad, y es mantenernos en cierto estado de shock continuo, atrapados por un enfermizo laberinto que, no obstante, desemboca en el más insulso de los desenlaces. Y es que tan irrisorio final parece encajado a presión en un rompecabezas sin pies ni cabeza. Es más, me aventuro a decir que Cortés, avanzado en el proceso de creación de la obra, se encontró con que no sabía cómo acabarla, y por mera necesidad de ponerle un fin (no todas las películas pueden durar tres horas) decidió cortar por lo sano e imponer un desenlace sin más.

No mal interpreten mis palabras, no es que no me gustará la película, es que no entiendo que puede aportar. El truco de Simon Silver ya lo había usado previamente Christian Bale en “El truco final”, y la extraña relación entre una pareja formada por una doctora escéptica y un joven dispuesto a creer en fenómenos paranormales ya había sido explotada en “Expediente X”. Pero quizá lo más inexplicable fuera que DeNiro parece desaprovechado en la obra. ¿Lo mejor? el doble de Simon Silver joven, hilarante.