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Crítica de Joker: La película que nos merecíamos y que necesitábamos

Resulta poco novedoso afirmar que Joker es una película libre, ajena a las convenciones de Hollywood en general y del cine de superhéroes en particular.

De hecho, resulta absurdo asociarla al cine que nos ha ofrecido Marvel y DC Comics en la última década. Joker bebe más de Taxi Driver, de Martin Scorsese, o de The Master, de Paul Thomas Anderson, con la que comparte mucho más que el actor protagonista. Además, el Joker de Todd Phillips escupe a la cara a la corrección política que parece encauzar el cine para las masas de los últimos años. No se anda con juegos. Es cruda en su tratamiento de la violencia y la locura, del estallido del individuo ante el sistema, y no se esconde bajo chistes fáciles o acción descerebrada porque, insisto, se trata de otro tipo de cine.

Joker ha levantado polémica, precisamente por romper con unos esquemas prefabricados y conformar una película que aspira a ser algo más que el último taquillazo. Ha habido quejas de su glorificación de un psicópata, porque parece que el público ha olvidado que el cine es capaz de meternos en la mente con personajes sanguinarios como Hannibal Lecter (El silencio de los corderos), Patrick Bateman (American Psycho) o Jean-Baptiste Grenouille (El perfume). Porque el cine no es sólo entretenimiento. Es inmersión. A veces, en territorios que nos resultan desagradables. Es hacernos sentir incómodos, descubrir facetas del ser humano que nos aterran y enfrentarnos a realidades que preferiríamos ignorar.

Crítica de Joker: La película que nos merecíamos y que necesitábamos

Estamos ante un retrato desgarrador de un personaje que acaba convirtiéndose en el villano de DC Comics como podría haber acabado convirtiéndose en cualquier otro tipo de psicópata.

Sus dos horas de duración te dejan helado, porque en todo momento acompañamos el punto de vista del protagonista y somos partícipes de su deterioro y las situaciones que acaban moldeando el monstruo que conocemos. Y, lo más incómodo para el espectador, es que el camino que recorre y que desemboca en la locura es muy cercano para cualquiera. La frustración, la indefensión del individuo ante el sistema, las decepciones y la rabia. Es un lienzo muy detallado sobre la parte más peligrosa de las personas, que ignora la fantasía o los motivos de villano de opereta, y en eso reside su grandeza. No glorifica a un psicópata; lo humaniza. Porque, por desgracia, los monstruos más terribles que hemos conocido a lo largo de la Historia forman parte de nuestra especie.

La actuación de Joaquin Phoenix desborda esa locura latente a punto de estallar.

Su mirada inquieta ante un mundo que no llega a comprender, la forma en la que retuerce y deforma su cuerpo de forma perturbadora, la expresividad animal de su rostro. Jeff Groth, montador habitual de Todd Phillips, da fuerza a esta interpretación manteniendo el plano hasta que se vuelve desquiciante. Nos cuesta enfrentarnos a la mirada de Joaquin Phoenix, a los ojos del Joker, y el montaje avanza paulatinamente, pero imparable, rumbo a ese estallido final que todos conocemos – ¿Quién no conoce al Joker? – y esperamos, pero que al mismo tiempo tememos. Porque el Joker es una bomba de relojería a la que le falta muy poco para estallar, y cada vez que otro personaje se cruza en su camino se respira la tensión de que, de pronto, todos esos demonios que alberga el protagonista se transformen en violencia.

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Una violencia cruda, seca y repentina cuando aparece en pantalla, pero aún más feroz cuando ocurre fuera de cuadro.

Sorprende. Porque, aunque el Joker sea una película cuyo desenlace esperamos, se guarda muchas sorpresas. Giros argumentales que me pillaron a pie cambiado y lograron impactarme, porque no me esperaba en esta película. En otros casos, sí, nos encontramos ante sucesos que no podían ser de otra forma, pero lejos de resultar previsible, saber que ciertas situaciones estaban destinadas acabar así nos deja con el vello de punta.

Joker es la película que nos merecíamos y que necesitábamos. DC Comics ha demostrado que no es capaz de alcanzar en taquilla a su rival más cercano (a pesar de contar con películas excelentes como Wonder Woman – a pesar de su tercer acto – o Shazam), pero quizá esa no sea su función. Marvel ha hecho algo muy bueno por el cine de superhéroes, llevándolo a las más altas recaudaciones y convirtiéndolo en un fenómeno de masas.

Pero ahora es el turno de Joker, de dar un paso más allá y dejar claro que los personajes de cómic no son simples entretenimientos no recomendados para menores de siete o trece años, sino que se puede hacer cine de calidad y hacerlo llegar a las masas, cine que parecía cada vez más olvidado por el público y que la utilización de personajes icónicos puede impulsar. Joker lo ha conseguido. Como quedó claro en el Festival de Venecia, es cine con mayúsculas. Ahora sólo queda esperar que no sea un caso excepcional dentro del género, sino uno de los muchos y muy interesantes caminos a seguir por los estudios.

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