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Crítica de ‘Irrational Man’

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El existencialismo vuelve a coger forma de la mano de Woody Allen, en un ensayo sobre la soledad psicológica algo recalcitrante en su filmografía. ‘Irrational Man’ toma prestados los matices intelectuales de ‘Match Point’ y ‘Delitos y Faltas’, y las atmósferas de ‘Midnight in Paris’, sin embargo, no mantiene la lucidez constantemente.

Invita a la reflexión y, posiblemente, al debate ético-moral, pero no sorprende, aún a pesar del magnetismo de Joaquin Phoenix. Una sátira filosófica, dotada de armas suficientes para embaucar al espectador, pero que se queda en el camino hacia la tragicomedia más empedernida. Aunque mantiene su sello de autoría, da la sensación de que Allen se ha dejado llevar por la retórica de Fiòdor Dostoievski y Soren Kierkegaard.

Influenciado por la ética plasmada en ‘El Séptimo Sello’ (Ingmar Bergman, 1957), Allen presenta una crónica criminal a sacudidas, con tintes filosóficos demasiado evidentes como para considerarlo puramente tragicómico. Irrational Man es ligera, aparentemente baladí, una historia reiterativa pero con el valor añadido de la marca Woody Allen; personajes atormentados, desarrollados con vileza y de carácter thrilleriano, en una trama de suspense que, a pesar de llegar al final previsible, le otorga un giro argumental con el que, tras casi dos horas de metraje, consigue reflexionar, realmente, sobre lo que ha intentado contar en la fabricación del arco narrativo. Maneja con maestría los tempos del filme, aprovechando los descansos con diálogos fútiles que, irremediablemente, colocan al espectador en la tesitura de la secuencia anterior, provocando un debate moral en el que el cineasta obliga a posicionarse de un lado u otro. Inteligente, atrevida e, incluso, mística, encerrada en un clima bufonesco únicamente excusado por la sátira a la que hace referencia. No siendo la mejor obra del cineasta, sí que resulta de las más agudas. El hecho de teñir de indiferencia a una narración que recalca lo prohibido como solución al cuestionamiento existencial, pone de manifiesto el imperante sentido humanístico de la cinta, es decir, la mentalidad intrínseca de lo que viene dado y el debate moral que suscita la división de lo bueno y lo malo. Cierra el círculo sirviéndose de la herramienta desarrollada en Match Point; el azar. El azar impregna la atmósfera sin que el espectador aprecie que, paulatinamente, Allen le está llevando hacia su íntimo cuestionamiento, hacia el comportamiento confuso que gira entorno al nihilismo y las capacidades de autocompasión. Y si el azar consume a la filosofía, Joaquin Phoenix consume las reservas del personaje atormentado. Ayudado por el mojigato carácter desempeñado por Emma Stone, conforman el paralelismo definitivo con la dimensión vitalista que sumerge al protagonista en su particular crisis pseudo-suicida. Fresca y desenfada, termina por ser un plato de buen gusto, desarrollado con maestría y completado de forma plausible. Allen en estado puro.

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A pesar de que rodar con Allen suponga un salario mínimo, posiblemente cuestionable para los pedantes hollywoodienses, es evidente que su valor roza las fronteras de lo espiritual y empírico. Tanto Phoenix como Stone parecen estar moldeados entorno a los personajes de Crimen y Castigo (Fiòdor Dostoievski, 1866), bordando sus lindes interpretativas, aunque con ello no rompan las mismas. Joaquin Phoenix demuestra su facilidad para encarnar al atormentado con actitudes excepcionalmente irreverentes, un filósofo carente de vida que descubre en su propia sinuosidad el valor real de la existencia. Un papel brillante sobre un personaje brillante. Stone, en la tesitura de la realidad y el castigo más kantianos, fabrica el lado positivo de la obra, contagia de vitalismo y buena disposición, aunque de forma algo inverosímil frente al magnetismo de su compañero. Personajes rodados con carisma y ferocidad en una perfecta simbiosis interpersonal.

Woody Allen consigue regresar a su hábitat con una pieza de medición poco convencional, planteando cuestiones gratamente interesantes y, a su vez, mofándose de ellas gracias a la resolución a las que son sometidas. Un incuestionable ejercicio de raciocinio intelectual, cínico, necesario y globalmente disfrutable. ‘Irrational Man’ puede resultar incómoda y carente de poder visual, pero la refutación de sus teorías, en los diálogos, retorna a la impetuosa obsesión del cineasta por analizar, con acidez, la condición humana.