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Crítica de ‘Hitman: Agente 47’

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El poder del dinero está por encima, incluso, del amor propio. Hitman: Agente 47 dirigida por el novel Aleksander Bach, llega como la tercera pieza dedicada al videojuego original, tras las adaptaciones de Xavier Gens y Perry Bhandal. Y, al igual que sus predecesoras, fracasa estrepitosamente. En un intento por adornar el paupérrimo guión del que Bach se sirve para exponer todas sus carencias,  Agente: 47 se queda en un lamentable espectáculo donde los efectos especiales, los coches de alta gama y el hundimiento interpretativo de actores como Rupert Friend y Zachary Quinto, son los protagonistas. Prólogo denso, avance utópico repleto de clichés cercanos a un mundo ingrávido, y de consecución interminable, acompañado por una musicalidad que, únicamente, aporta más escombros al desastre de Bach.

Hitman agente 47

La insistencia por presentar un personaje archiconocido ralentiza el ritmo de una pieza que, sin más preámbulos que los de sorprender visualmente (tampoco lo hace), no consigue transmitir absolutamente nada. Dotar a personajes terrenales de poderes inhumanos, declarando su desconocimiento sobre ello, es uno de los errores más clamorosos de Bach. La capacidad narrativa no tiene cabida, simplemente se deja llevar por la corriente de un videojuego al que ni siquiera se acerca. Acción irrisoria, trucos previsibles y, valga la redundancia, visibles a todas luces. Trata de hacer creer que, en el mundo ingrávido, la gravedad es posible, pero no. Un guión que se retuerce para ahogarse en su propia incongruencia. Diálogos bochornosos donde la ética filosófica sin sentido es la antesala a una reverberación (sin sentido también) de artificios fuera de tono. Los giros argumentales no encuentran su lugar en ningún momento de la pieza, gracias a las insostenibilidad de una trama que se concreta en un ejercicio irreverente y vago. Los personajes deambulan sin pena ni gloria, lastrados por un arco narrativo considerablemente plano. La atmósfera efectista con la que trata de jugar Bach se derrite en una yincana de fallos preocupantes, y un exasperante surrealismo con solución Deus Ex Machina sin vergüenza. Una película que acopla sus pilares sobre la consecución de localizaciones espectaculares, entremezcladas con otras en las que el (aparente) avance tecnológico arrasa con la credibilidad que podría quedarle. Turbia, lo único que transmite son unas ganas terribles de abandonar la sala.

Falta de un valor implícito, Agente 47 se encomienda a la exageración sanguinolenta, las explosiones gratuitas y el enfrentamiento entre nuestro protagonista y una nueva especie (otra versión de Terminator) que evidencia esa falta de identidad. Bach no ha conseguido materializar una adaptación seria, terminando por crear la cáscara rota de un huevo hueco. De las peores pérdidas de tiempo en lo que va de año.

Hitman: Agente 47

El surrealismo empaña, incluso, las interpretaciones. Si, ya de por si, los personajes creados por Bach son planos e insípidos, las actuaciones de Rupert Friend, Hannah Ware y Zachary Quinto no cambian un matiz de su (carente) identidad. El empeño por fabricar una versión extremadamente existencialista, convierte a los actores en meros títeres que, en lugar de aportar sus cualidades, quedan a la sombra de un director que comienza su andadura en el fango cinematográfico. La incoherencia expresiva y las secuencias donde Friend, Ware y Quinto dan rienda suelta a sus particulares danzas asesinas, plasman la dedicación de Bach en la explotación artificial y la falta de atención en las facetas que más necesitan de ella.

Un fracaso sin precedentes. Los inexplicables saltos en el guión, no son solventados por un fin aceptable que se ajuste a un objetivo concreto. Bach lanza palos de ciego en una constante disputa contra sí mismo, terminando por mostrar una profunda torpeza en su realización. Acción exacerbada con el único objetivo de engañar al espectador durante más de hora y media. Nos seguimos preguntando hasta cuándo van a tener crédito películas como Agente 47.