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Crítica de ‘Everest’

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La grandilocuencia sempiterna de la que se jacta Hollywood empaña, a menudo, piezas de todo tipo, sepultando su perspectiva en favor de un sensacionalismo implícito en cada acción. Everest no deja de ser un filme grandiosamente elocuente y vertiginoso, funcionando como una crónica audiovisual con una calidad de imagen espeluznante. Sin embargo, no encuentra la perspectiva, tratando de cubrir demasiados flancos para lo que requiere una pieza basada en hechos reales. Tantos personajes segregan el centro de atención, terminando por resultar insulsa, pese a la gravedad que está mostrando. La naturalidad de actores como Jason Clarke, Jake Gyllenhaal o Josh Brolin ensalzan ínfimamente a un Baltasar Korkámur que, desgraciadamente, se equivoca en el planteamiento y desperdicia minutos de la cinta reiterando la majestuosidad del pico más alto del planeta. Una epopeya montañera light con grandes brechas de las que sugiere una gran profundidad que no se atreve a explotar.

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Su obstinación en busca de un impacto reiterativo gracias a las imágenes delicadas con un ingrediente de tensión musical, sumen a la obra en un vago entretenimiento del que ya sabemos el final y del que Korkámur no consigue sacar del valor visual. Las emociones se disipan bajo un film coral demasiado ambicioso y sentimental, donde el espectáculo visual arrasa con cualquier valor ideológico de sus personajes. El vértigo colma las secuencias de riesgo, pero no tiene cabida en la consecución de la trama. No se arriesga a lanzar el anzuelo de la moralidad más exacerbada. Korkámur intenta esclarecer valores como la confraternización entre alpinistas o el capitalismo invertido en otra aventura terrenal para turistas algo experimentados pero, a pesar de no caer en la reiteración crítica de la trama, carece de perspectiva, en sintonía con una crónica que no evoluciona más allá de un clímax demasiado largo. Lo que podría haber sido una cercanía a la política cruda en la supervivencia coyuntural, Korkámur lo deshace en favor de una narración que no se arriesga a romper el ritmo de crucero puesto en marcha desde un principio. El guión queda en un flaco ejercicio de docufilm, donde la inclemencia de la naturaleza no permite un despiste de esa gravedad, pero sin profundizar lo más mínimo en los miedos de sus protagonistas. Everest se mantiene fría, al igual que su atmósfera, dejando a un lado el intento envolvente para con el espectador. La épica resulta insistente, diluye el valor de la voluntad humana en una lástima narrada desde la subjetividad del familiar que espera a su ser querido a miles de kilómetros. Como aventura montañera funciona a medio gas, pues no deja de plasmar superficialmente el proceso ritual en los templos precedentes a la acometida. Alejada de la reflexión moral, deja sus intenciones en un páramo rocoso en el que los temporales arrasan con cualquier opción rigurosa. Las secuencias en la que los diálogos son algo continuados, persisten en su simplicidad, basadas en fórmulas reverberantes y que bien podrían ser omitidas en favor de un metraje dedicado a una evolución paulatina de una escalada tan célebre. Desgraciadamente, Everest se queda en el camino de todo lo que intenta plasmar; moralidad, sentido de la supervivencia, crónica de la mayor tragedia de la montaña, y una búsqueda subjetiva sepultada bajo el mareante transcurso donde se pierde el foco de interés.

Las interpretaciones otorgan el lado positivo de la historia, que no sus personajes. La elección del elenco resulta acertada, sin embargo, no nos deja disfrutar de ninguna, removiéndolas en un montaje demasiado alterno, que vaga de expedición en expedición sin ningún sentido. Jason Clarke lleva la batuta de esta aventura dramática, y lo hace con una sorprendente interpretación, gracias a una naturalidad con la que sí puede empatizar el espectador. Josh Brolin, Keira Knightley, Emily Watson o John Hawkes se ven envueltos en esa falta de desarrollo por parte de Korkámur, terminando por aflorar sin pena ni gloria. Pero, sin duda, el punto negativo tiene que ver con el personaje entregado a Jake Gyllenhaal. Desdibujado y sin una explicación real, más que la de introducirle burdamente en la aventura donde sí tuvo más protagonismo, sólo nos deja ver el lado más excéntrico de un alpinista que bien podría haber merecido una dedicación ideológica de mayor importancia.

Al igual que la película, el valor encomendado a sus personajes queda a medias tintas, mostrando la cara amable pero sin lograr remover las conciencias.

Everest termina por ser otra película bajo el sello grandilocuente de Hollywood. Contagiada por la necesidad de contar algo con la ayuda de una producción altamente reconocible, se queda en la superficie, aprovechando el conocimiento del espectador sobre el final e inyectando dosis de ritmo inexplicable y tensión cuestionable. Como crónica funciona. Como epopeya montañera, se antoja descafeinada.