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Crítica de ‘Elle’ la mejor película de Paul Verhoeven

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elle

Mientras su mirada se mantiene ajena a los prejuicios del posmodernismo, Paul Verhoeven sigue creando microcosmos controvertidos desde una distancia irónica. La mejor noticia que nos trae Elle es que quizá el único cineasta capaz de traducir satisfactoriamente al lenguaje cinematográfico Oh…, la obra del novelista Phillippe Djian, conserva la lucidez de sus mejores años.

Un gato tranquilo y firme comienza a maullar cuando su dueña cierra la puerta del patio con él todavía fuera. Tras un par de segundos, la mujer abre de nuevo echándole la bronca al felino mientras éste entra en el salón con elegancia. Pero antes de que la puerta se cierre por segunda vez, una mano enfundada en un guante negro agarra el marco y con una sacudida golpea a la señora en la cabeza. Ruidos, cristales impactando contra el suelo y gritos desesperados que se tornan placenteros. Así se presenta Isabelle Huppert en la oscurísima e igualmente transparente cinta de Verhoeven. Desde su inicio, el director ganador de un Razzie por Showgirls -no se deje llevar por eso, está a la altura de sus verdaderas obras de arte, véase Starship Troopers-, traza una bisectriz entre el sex-thriller y el melodrama familiar para hablarnos de los instintos sexuales como herramienta para sobrevivir al paso del tiempo. Carente de toda corrección política -seña de identidad que comprime la filmografía del holandés en un simple concepto: contracultura-, el tono se envuelve en un halo de subversión sobre la relación entre hombre y mujer.

Sería conveniente remarcar que Elle es el antes, durante y después de ese Oh… que da título a la novela en la que se inspira. Una expresión casi onomatopéyica en la que conviven la sorpresa refinada, el gusto enfermizo y una pátina de juventud. Tres pilares sobre los que se sustenta el nuevo presunto thriller del holandés más polémico del séptimo arte. Presunto porque detrás de una narrativa sencilla, estructurada del modo más clásico posible -cercano al cine ochentero en las franjas del suspense-, existe una sátira perfectamente afilada, engrasada y dispuesta a sesgar los diálogos para revelarnos los secretos de una mujer retorcida hasta la extenuación -así acabará el público que se tome en serio tan irónico dispositivo. Verhoeven entiende los dilemas del ser humano como si fueran suyos, es capaz de desgranarlos y esconderlos en decisiones que provocan risa dantesca -y en Elle no iba a ser menos. Su morbo a la hora de tratar tabús como las agresiones sexuales -basta con recordar la escena de Irreversible (Gaspar Noé, 2002) para hacerse a la idea del dolor que produce en pantalla- se reflejan en las reacciones de Michèle Leblanc; dura, mordaz y (demasiado) fría, prefiere la indiferencia a la bofetada, sabedora de su innato talento para el golpe bajo. Esencialmente, Elle guarda la misma idea de base: molestar desde el humor -menos negro de lo que parece en un primer impacto. Ya sea como sarcasmo sobre lo cínico de la burguesía, como pretexto para tratar el paso del tiempo y las relaciones personales o como cuadro de costumbres contenido en cuatro subtextos, la cinta es un verso libre dentro del género al que está sujeta. Sus códigos amorales son los de un proyecto que se niega rotundamente a ser beligerante, lo que se traduce en una amalgama de giros hacia la sutileza narrativa -la ambientación con David Bowie es el señuelo/nexo/elemento perfecto para aquellos no capaces de profundizar en su lectura.

Elle de Paul Verhoeven

Porque sí, Elle es una obra de intrigas, pero no del todo. Más que por pura irreverencia, que también, Verhoeven se sirve de la socarronería para retratar el sentimiento de culpa como una suerte de penitencia que es mejor llevar en silencio. Y en cierto modo lleva razón, pues qué es el deseo sino un instinto soterrado bajo capas de amabilidad, miradas furtivas y roces inofensivos. Pero la cinta, a pesar de que su detonante sea puramente sexual, funciona como acercamiento a la psique del ser humano con todo lo que eso conlleva; múltiples aristas, contradicciones e impulsos violentos -la última secuencia con el hijo bobo es su forma de estallar contra su propia contención- en contraste con la actitud de Huppert, que parece guardarlos en una carcasa frágil e inofensiva. También se ofrece como un ejercicio de manipulación que, lejos de agradar desde una reformulación divertida de las interacciones humanas, se revela tan inteligente como un estratega al que no le importa mostrar su superioridad gritándole al imbécil que es imbécil. Quizá por eso se pueda considerar ya no sólo como la mejor película del holandés, sino como el reflejo de todo su potencial como retratista de instintos básicos, aunque trate de excusar a la prominente figura de Michèle enfrentándola a un análisis freudiano que redima sus excesos.