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Crítica de ‘El Regalo’

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Análisis de la película El Regalo.

Escrita, dirigida y protagonizada por Joel Edgerton; Jason Bateman y Rebecca Hall son testigos de su protagonismo sin que aparezca en pantalla, El Regalo’ tiene en Caché (Michael Haneke, 2005), a su referente por excelencia. La ópera prima del australiano es intensa, contundente, magnífica en la composición de la historia, aunque corre el riesgo de ser descubierta con demasiada rapidez. Edgerton sigue una linea de alti-bajos durante la trama, linea en la que termina predominando el gran thriller, no de primera categoría -todo parece encajar sin demasiadas trabas-, pero sí de correcta factura argumental. El pasado, su fuerza y la desidia de los que olvidan juegan un papel crucial en el diseño del clima.

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Cuando el Edgerton director, somete al Edgerton actor a la frialdad del Edgerton guionista, es cuando el espectador disfruta del brillante ejercicio que resulta de mezclar la moral retroactiva con el suspense de atmósfera y pulmones hinchados. Danny Bensi y Saunder Jurriaans componen una música lenta, casi tangible, que sobrevuela la trama llevándola hacia un túnel de oscuros tramos, donde se revuelve contra sí misma. Sin embargo, el haber fabricado arquetipos de manual, en un entorno intrascendente para el juego de la historia, hacen de El Regalo un cine arriesgado. Paradójicamente, la estructura del filme es excelente, también su causa, pero la evolución de los personajes resulta previsible. Como thriller psicológico, funciona a un alto nivel, sin maniqueísmos y con sobrada capacidad para provocar mal rollo y sentimiento de justicia. Y es ahí donde la obra navega un poco menos segura, acercándose peligrosamente al final de ese túnel con el que modula las expectativas del público, con el que puede derrumbarse el modesto castillo de naipes. Si el cineasta evita que los trucos dejen de ser etéreos -porque estar, están-, para ser palpables, es gracias a la fluidez narrativa con la que se suceden los hechos, al conmovedor paralelismo entre acosador y acosado, entre presente y pasado, entre el autoengaño y la superioridad. Más allá del incipiente éxito que guarda relación con la forma, El Regalo es fondo, género puro y  la recuperación de esa esencia que traslada al espectador la sensación de cruzar un límite donde la seguridad es relativa y el riesgo se dispara, como las palabras de un mentiroso al que termina saliéndole caro el abuso de poder. Quizá Edgerton habría crecido más como guionista si los papeles socio-culturales de sus protagonistas se hubieran limitado a existir sin condicionar, incluso si se hubiesen invertido en una vorágine de modificaciones en la convención del thriller. Inteligente y eficaz, será las delicias de aquel que vaya buscando un poco más de inquietud y menos aforismos hollywoodienses.

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Si como director inquieta y como intérprete aterra -en el buen sentido-, como guionista da la sensación de que tiene en su personaje al hijo preferido, aquel al que se le permite todo en detrimento de los otros, que miran sollozando como su vida es, simple y llanamente, un conjunto de reiteraciones estructurales. Es decir, en detrimento de los personajes encarnados, bien defendidos por Bateman y Hall, pero rutinarios a todas luces. Cierto es que Hall siembra la misma desconfianza -durante el nudo de la historia- que Edgerton, pero no llega a asustar -desde la pena que transmite- como lo hace éste; brillante y, sobre todo, magnético.  

El Regalo debe ser celebrada como un triunfo sobre los thriller que, en los últimos años, han seguido un patrón de conducta, un dogma en tiempo y espacio, contrario al original. Y Edgerton, como el triunfo del polifacético artista que, con una segunda oportunidad, amplíe su leyenda con una película magistral en la que corrija todo aquello que ha estado a punto de hacer implosionar a su ópera prima.