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Crítica de ‘El Pregón’

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Análisis de la película ‘El Pregón’.

El Pregón es la firma que El Terrat -y Andreu Buenafuente– han sellado en su salto a la gran pantalla. Una comedia blanca, sin ataduras ni pretensiones, con cierto ritmo y esa atmósfera a Martes y 13 que llena cada espacio sentimental. Dani de la Orden se sirve de las tablas de Berto Romero y su mentor para no resultar fatigoso, mas no puede evitar caer en la limitación de sus personajes -limitación venida de su etiqueta en la pequeña pantalla. 85′ bien distribuidos, 85′ que en ningún momento se plantean dejar de ser lo que son; una sucesión de sketches, hilvanados en torno a una historia intrascendente, con los que pasar el rato y disfrutar de unos memorables Supergalactic -esa cultura de los 90, cómo cuesta defenderla en la actualidad.

El Pregón

El contraste de las localizaciones y el formato no injieren en el tono y la conducta de sus protagonistas, ni tampoco lo hace la trama, la cual sólo sirve de pretexto para juntar a dos virtuosos del humor fuera de su zona de confort. El Pregón es convencional, divertida en ocasiones, pero, como toda recuperación del humor rural y costumbrista, se diluye en cuanto el sentimentalismo amenaza con lanzar sus particulares fuegos artificiales. Es innecesario un juicio de valor a tan simpático y honesto intento por hacer reír a un precio muy ajustado -el suyo, no el de la exhibidora. No obstante, conviene advertir al espectador con grandes expectativas que, mal que le pese, es previsible, inocua en todos sus aspectos y, debido al estiramiento que sufre, puede ser objeto de algún que otro bostezo. Desde luego, desde una perspectiva relajada y con un domingo entero por delante, El Pregón es la película idónea para crear un ambiente de conjunción familiar, y buenrollismo del honrado, no del convenido. Cumpliendo el objeto de su producción, como comedia se queda a tres o cuatro escalones de provocar carcajadas -de las honradas, no de las convenidas-, de establecer esa vis cómica española que, en los últimos años, han comandado -con permiso de José Mota. Fruto de dos guionistas experimentados en la guisa, como David Serrano -también director (Días de Fútbol)- y Diego San José (Ocho Apellidos Vascos), la película se desarrolla correctamente, sin ambivalencias ni tramos en los que la lógica desaparezca, aunque no es suficiente para aprobar los costes de sus pobres diálogos. Un ejercicio cumplidor que no saca las castañas del fuego a un humor cinematográfico que sigue buscando su identidad.

La mejor noticia es la elección por dejar el plantel interpretativo con el “siete de gala”, es decir, dejar a un lado los cameos y apariciones “estelares” de quien no tiene hueco en otro proyecto. Al igual que la película, los personajes están ahí, les vemos y escuchamos, pero en ningún momento les sentimos como algo más que cuatro gags bienintencionados y dos sonrisas tímidas con las que evitar el descalabro. Que Romero y Buenafuente claven sendos papeles no es noticia, pues el traje está hecho a medida.

De la Orden mantiene una cadencia de planos al ritmo que demandan los clichés, consigue adecuar su dirección a una historia cómoda, fabricada en torno a dos personajes que debían brillar por encima de cualquier aspecto técnico o literario. Que lo consigan o no, es cuestión de perspectivas -de las honradas, no de las convenidas.