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Críticas de cine

Crítica de DUNE: Un monumento cinematográfico

Dune podría no tener estreno simultáneo en cines y HBO Max

Dune, la última película de Denis Villeneuve, es un monumental espectáculo de cine en mayúsculas. Pasará mucho tiempo hasta que volvamos a ver algo parecido en la gran pantalla.

Después de asistir a la obra de Denis Villeneuve, puedo entender los conflictos que ha tenido el director con la productora debido a la intención de ésta de hacer un estreno simultáneo en plataformas. Dune existe para ser vista en el cine, porque Dune es cine en el sentido más estricto de la palabra. La película es un motivo para llenar las salas, porque pasará mucho tiempo hasta que volvamos a ver algo parecido en la gran pantalla.

La trayectoria de Denis Villeneuve no sólo es ejemplar, sino que es un recorrido en el que ha forjado una estética y una cinematografía única, personalísima. Como no podía ser de otro modo, el blockbuster que nos ofrece es distinto a lo que podríamos esperar de una película con esa definición. Su aspiración principal no es llenar las salas de cine, aunque debería hacerlo, y la mano del autor se hace evidente, esculpiendo una película tan única como hipnótica, tan gigantesca como inaccesible.

Adaptar Dune es ya de por sí una tarea titánica, casi abocada al fracaso, y si no que se lo pregunten a Alejandro Jodorowsky y a David Lynch, que se estrellaron con sus respectivos intentos de convertir la obra de Frank Herbert en imágenes. Dune es muchas cosas a la vez, y todas ellas importantes. Sus páginas están plagadas de unos personajes complejísimos, tan marcados por la sociedad futurista en la que viven que nos resultan, en ocasiones, incomprensibles. Su humanidad resulta alienígena, sus entramados políticos, ajenos a nuestra época (pero reconocibles), del mismo modo que su particular modo de entender la fe.

Pero Dune también es una novela sobre el planeta Arrakis, sobre cómo fascina a estos personajes fríos e incomprensibles, no sólo por la valiosa Especia que sólo puede encontrarse ahí, sino por los aún más extraños Fremen, los nativos de Arrakis, que esperan la llegada de un Mesías. Y, por supuesto, también fascina por lo que probablemente sea una de las mejores criaturas engendradas para la cultura pop: los gigantescos gusanos de arena. Porque en Dune todo es grande, todo es excesivo e inabarcable para el encuadre de una cámara. Pero Villeneuve ha logrado encerrar su grandeza en una pantalla y, probablemente, sea el único autor actual capaz de conseguir esta hazaña.

Fotograma de Dune

El director tiene una forma muy particular de dirigir a sus actores

Ya desde Prisioneros, pero sobre todo en su excelente La Llegada y en Enemy, opta por distanciarnos de ellos, por crear una barrera entre ellos y el espectador y retratarlos con frialdad. No hay lugar para grandes emociones, pero al mismo tiempo logra que todos sus actos, todas sus decisiones y sus destinos sean emocionantes. Y este estilo resulta muy adecuado a la hora de retratar a los protagonistas de Dune. Thimothée Chalamet está excelente como el protagonista Paul Atreides; cuesta entender qué le pasa por la cabeza a ese adolescente criado bajo unos preceptos extraños y, al mismo tiempo, creemos en esa figura mesiática y mística, pero con los suficientes trazos de humanidad como para encontrar un conflicto dentro de sí mismo.

Ya durante la lectura del libro, hace muchos años, me costó comprender la hermandad Bene Gesserit, la monástica orden femenina que mueve los hilos en muchos de los acontecimientos de la novela original. Es una facción similar a las brujas, con un secretismo y unas habilidades incomprensibles que, con sus breves apariciones, Villeneuve refleja a la perfección en su película, sobre todo a través de Lady Jessica, interpretada por Rebecca Fergunson quien, en vez de comerse la pantalla en cada aparición, la inunda, convirtiéndose en una presencia aterradora, sugerente e incognoscible.

Incluso personajes con menos tiempo en pantalla (esta película sólo adapta una parte del libro, se esperan dos secuelas) logran también su cometido a través de ese distanciamiento establecido por Villeneuve. Chani, interpretada por Zendaya, con menos apariciones de las que esperaba, consigue dar la sensación de ser una presencia constante que ejemplifica el poder hipnótico de Arrakis, que nos da las razones de por qué ese planeta y sus gentes pueden enamorar a un muchacho como Paul Atreides.

Oscar Isaac es la mejor opción para interpretar al Duque Leto, padre de la familia Atreides, y con apenas unos trazos se convierte en una personificación del honor y los valores de su casa noble. Incluso Jason Momoa y Josh Brolin, con sus pequeños papeles (de algún modo los más humanos y reconocibles para el espectador) se convierten en un buen enlace para sumergirnos en los entresijos de este mundo tan particular. Y es que sumergirnos en este mundo es algo fundamental para disfrutar de la película: Villeneuve nos ha distanciado de los personajes para apostarlo todo por un monumental worldbuilding como pocas veces se ha visto en el cine.

Sin embargo, este distanciamiento también exige sacrificios en algunos personajes. La figura del Barón Harkonnen (Stellan Skargard) no es la presencia casi omnipresente y aterradora de la novela original y se convierte en un villano tan (poco) interesante como el que interpreta Dave Bautista, que casi parece estar ahí por la necesidad de un antagonista en el relato clásico. Por otro lado, el Stilgar de Javier Bardem, que debería ser la puerta de entrada para conocer a los Fremen, nativos de Arrakis, queda un tanto desdibujado, aunque quizá cumpla con su papel en las siguientes partes (por desgracia, no recuerdo el destino de su personaje en la novela).

El espectador no se sumerge en Dune, sino que Dune arremete contra él, lo llena y explota ante sus ojos, arrollando sus sentidos y arrastrándolo a un torbellino de sensaciones imposible de describir con palabras, sólo comprensible a través de sus propias imágenes.

En Dune todo es monumental, extraño, enorme, inabarcable, porque no puede ser de otro modo. La experiencia no es la de enfrentarse a ese basto mundo, porque ningún espectador podría hacer frente a sus hipnóticas imágenes, sino la de recibir una embestida de imágenes y sonidos que nubla los sentidos y arrastra al espectador a las extensas llanuras de Arrakis. Imagino que aquel que no conecte con las decisiones de Villeneuve no sólo quedará flotando lejos de la órbita del planeta desértico, sino que odiará Dune, sus personajes y sus temas con todas sus fuerzas. Y hay que reconocer que Villeneuve no lo pone fácil.

Es una película millonaria y, al mismo tiempo, es cine de autor, del que da importancia a cosas que no tienen nada que ver con las grandes audiencias. Pero el que se deje arrastrar por la película, el que la reciba con los brazos abiertos, vivirá una experiencia que no se puede describir con palabras, sino a través de la fuerza de sus propias imágenes.

La dirección de fotografía de Greig Fraser (El Vicio del Poder, The Mandalorian, Rogue One) es arrolladora. Con un uso espectacular del gran plano general, combinado con la particular cadencia de montaje de Joe Walker, montador habitual de Villeneuve (La Llegada, Blade Runner 2049, Sicario, Shame, 12 años de esclavitud) crea esa sucesión de grandes paisajes y ensoñaciones que traen consigo fragmentos del futuro. Lo que vemos es contundente, y el tempo de la película es propio de una duermevela febril, en el mejor sentido de la palabra.

Hay tiempo para habitar Arrakis, para acompañar a los Atreides, para sentir la cada vez más cercana y amenazadora presencia de los gusanos de arena. Las dos horas y media de duración, convertidas en una sucesión de imágenes arrolladoras, se hacen al mismo tiempo eternas y brevísimas. Su poderío visual no podría entenderse sin los diseños de Tom Brown y David Doran al frente del departamento de arte. Las naves recuerdan a la magnificencia y extrañeza que provocaban las de La Llegada, aunque no se parezcan en nada, y el diseño de vestuario es impecable, desde los atuendos de las Bene Gesserit a los trajes que usan los Fremen para mantener la humedad del cuerpo.

Pero la contundencia audiovisual de Dune no podría entenderse sin la excelente labor de sonido de la película y del poderío de una de las mejores bandas sonoras de Hans Zimmer, que baila con facilidad entre unas partituras que mejoran las escuchadas en Interestellar y otras que recuerdan a los pasajes orientales de Gladiator.

Quizá el único defecto de Dune sea que termina (y además lo hace con un absoluto coitus interruptus, debido a que adapta sólo parte del primer libro), y sólo nos queda desear que se tomen el tiempo necesario para hacer una segunda parte a la altura de la primera y, al mismo tiempo, que se den prisa en ofrecérnosla. Por lo menos, Villeneuve nos ofrece un adelanto de lo que será una de las imágenes más potentes de la trilogía. Porque el director no olvida que, aunque nos quedásemos en Dune por muchas razones, la mayoría llegamos a las páginas de la novela por los gusanos de arena de Arrakis.

A continuación compartimos la banda sonora de la película ya compartida online por Warner Music