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Crítica de ‘Capitán América: Civil War’: Algo más en el blockbuster (Spoilers Free)

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steve rogers capitan america

Con Capitán América: Civil War, Marvel y Disney confirman su buena relación en los despachos, ambos conocedores del camino correcto para, mientras mantienen el carácter buenista, abrazan con retenciones a lo rematadamente oscuro de sus personajes. Lo que han ejecutado los hermanos Russo no es únicamente disfrutable como elemento visual, sino como el fruto de un ejercicio madurado en el tiempo y al que todavía le quedan, mínimo, un par de contiendas. Sin embargo, Marvel se ha convertido en el alumno aventajado que, tras aprobar todos los parciales -algunos con nota, otros rezando- se dispone a alcanzar el Cum Laude con una película homogénea, pero lastrada por su ganas de legitimar a los cómics.

En la estructura del guión -escrito por Christopher Markus y Stephen McFeely- todo tiene trascendencia y, a su vez, todo es verosímil. Sin embargo, Civil War se deja llevar por un autocontrol demasiado protagonista como para pasar desapercibido. Los Russo, que demuestran poseer una gran habilidad para ramificar la trama sin perder el rumbo, establecen un paradigma significativo en torno al eje central de la cinta: una suerte de elemento hitchcockiano que funciona como un leit motiv humanista, directo a las entrañas de los fans. Pero esto no es una película hecha con carácter exclusivo para los acérrimos devotos de la franquicia, sino una película dedicada a todos aquellos que buscan algo más en el blockbuster, algo que se sumerja en las profundidades de unos seres idealizados que se debaten entre salvar la Tierra aceptando las condiciones de uso del Gobierno u operando con libre albedrío. Hay algo poético en Civil War, y es que a pesar de ver a estos superhéroes por enésima vez en pantalla, ese atisbo de culpabilidad insondable que se intuye constantemente, no termina de casar con la dialéctica de Mark Millar en la novela gráfica. Ahora que el universo cómic ha adquirido un carácter inclusivo, Marvel trata de hacer vulnerables a sus emblemas, de otorgarles esa esencia emocional que les convierta en el último deseo de una nación ávida de héroes terrenales. La posterización de algunos planos la moldean como un espectáculo visual de indudables dimensiones artísticas. Coherente, maniatada ideológicamente y divertida hasta las últimas consecuencias, la tercera entrega de Capitán América se ofrece al público como un thriller adulto, aunque no debe olvidarse que cuenta con la ventaja de ser un serial acotado en los límites de Jack Kirby y Joe Simon (creadores de los personajes), dispuesto como un tour de force contra sí mismo. Los directores operan desde el mismo fondo tramposo, ese fondo que elige por consenso cuál es la mejor forma para pulsar las teclas adecuadas en las conciencias de sus fans. De hecho, existe un paralelismo sospechoso con Batman v Superman: Dawn Of Justicey es que mientras Zack Snyder creyó que su estilo era el idóneo para satisfacer al público, los Russo sabían que lo estaban haciendo bien. Es esa atmósfera la que prefiere mantener, un freno de mano que lastra su último objetivo: ser la mejor película de superhéroes. No decepciona, pero si hubiese soltado un poco más tarde el paracaídas, la adrenalina de la caída la habría convertido en una Guerra Civil aún más grande.

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Si Civil War funciona como vehículo para el entretenimiento y sus viejas glorias no pierden frescura es, en gran parte, gracias a la forma con la que se introduce a la Pantera Negra de Chadwick Boseman y al Spiderman de Tom Holland. Son ellos quienes le recuerdan al espectador que los pétalos son lo llamativo de la flor, y no el tallo. Los personajes no se colocan por casualidad, sino en un claro paralelismo con los polos entre los que se mueve la película: mientras uno muestra la ira de Wakanda, el otro pone la pimienta con la que activar la serotonina del espectador y hacerle partícipe del espectáculo estratégico que está viviendo su hormona de la felicidad.

Los hermanos Russo cumplen con el contrato social, pero da la sensación de que, como los hermanos Wesley, han realizado la travesura marvelita y rápidamente esconden el mapa estratégico, no vaya a ser que los espectadores descubran todas las herramientas políticas, ideológicas y narrativas que se han dejado en el tintero. El enfrentamiento personal se convierte en una apuesta nada arriesgada con la que distraer al fan, con la que presentarle la disyuntiva entre elegir el bando de los satisfechos o el bando de los impresionados.