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[CRÍTICA] ‘Billy Lynn’ revive la paradoja de Estados Unidos

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Billy Lynn regresa a casa como héroe de guerra; asiste a un homenaje, donde le rinden pleitesía en mitad de la Superbowl por sus servicios a la patria; pero tiene que volver al frente, no sin antes observar qué despierta entre sus compadres el haber sobrevivido.

Ang Lee adapta, a 120 fotogramas por segundo, la obra de Ben Fountain, la novela que mejor explica la paradoja de la victoria en Estados Unidos.

Fotogram de Billy Lynn

Admito verme desolado, en ocasiones, por la frivolidad con la que tratamos la guerra. Admito, también, formar parte de un circo mediático que patrocina invasiones y bombardeos. No espero nada del mundo, simplemente quiero experimentar la vida mientras dure este impasse entre estar en casa y regresar al frente. Dejadme tranquilo, los fuegos artificiales no me acogen, todavía sigo respirando la arena del desierto. En una mirada, el Billy Lynn del debutante Joe Alwyn nos lanza ese mensaje; un escape frente al desconcierto, frente al hecho de subir a un escenario, en mitad de otro acto patriótico -un partido de los Dallas Cowboys- y con la sonrisa puesta, para escuchar cómo miles de almas fervorosas cantan el himno de la victoria, tras una batalla ganada a miles de kilómetros.

El cine de Ang Lee siempre ha jugado a la confusión con el público, a hacerse querer a base de idas y venidas, metáforas e intimidades; y en esta adaptación de la exitosa novela de Ben Fountain no iba a abandonar su categórico estilo. Sin embargo, encontramos en ella los suficientes factores como para que el director de La vida de Pi no se haya encontrado del todo cómodo bajando el plano hasta los ojos de nuestro protagonista; empezando por el hecho de que arriesgue tanto en el ámbito técnico -ha filmado a 120 fotogramas por segundo, algo inédito en el cine- y terminando por la carga satírica que el escritor imprimió en su obra. Billy Lynn no sólo es una crítica a las contradicciones del sistema que les envía al infierno, sino un palo directo a su sociedad. Concretamente a la falta de capacidad cognitiva que le invita a celebrar, como si de un reality-show se tratase, que sus muchachos han sobrevivido (parcialmente) a la guerra. Nada más paradójico que eso en la tierra de los sueños para que Lee se haga un lío entre lo ético, lo estético y la verdad.

Kristen Stewart y Joe Alwyn en Billy Lynn

El principal inconveniente de Billy Lynn -y hablamos de la película- es que se le ven demasiado las costuras, digamos que no ha sido concebida de manera suficientemente natural como para que no le crezcan los enanos; hablamos de los tiempos de Trump, pero deberíamos hablar sobre los tiempos del cinismo y la ignorancia; de la desinformación y la indiferencia; de lo artificial. Llamemos a las cosas por su nombre. Demiurgo de los paisajes intimistas, Lee entra con fuerza en el relato, cargando las tintas para retratar la Era de la Opulencia bajo los códigos del melodrama bélico: Billy revive los momentos más duros en el frente mientras Destiny’s Child toca sus hits durante el descanso de un encuentro de fútbol americano, dándole una vuelta de tuerca, un contraste al ambiente, ya grotesco de por sí. Ni rastro de solemnidad, ni rastro de una trascendencia. En ese sentido, los guionistas Simon Beaufoy y Jean-Christophe Castelli extraen a la perfección el carácter antitético del relato original.

Estamos ante una declaración de intenciones con entraña -o al menos así la construyó Fountain en un principio. Sin embargo, parece que en su trayecto a la gran pantalla ha perdido esa garra que tan bien explota la novela, convirtiendo sus movimientos (e incluso algunas reacciones psicológicas) en algo mecanizado con lo que Alwyn debe lidiar de manera casi continua. Hablábamos líneas arriba de la capacidad del cineasta para jugar con las perspectivas dentro de una misma historia, sin recalcar que esta vez el balance se hace en aspectos temporales. Es decir, que decide contarnos la corta obra del pequeño de los Lynn mediante flash-backs medianamente elaborados y sus trances en el presente, de modo que el público descubra la paradoja de la América profunda: un adolescente enviado a Iraq regresa para ser agasajado por una patria que se ha acostumbrado a mitificar los actos más viles del ser humano, hasta el punto de situarnos en una suerte de broma infinita. Pero la guerra no está adscrita a esas claves. Ya no hablamos de la parte física, sino de la psique; cuando un soldado duda entre volver a cargar con el fusil buscando reconocimiento, o quedarse en casa, junto a su familia, sin disfrutar de una valoración (para él) justa, es que algo estamos haciendo mal. Fountain lo sabía, y Lee ha tratado de hacérnoslo emotivo a base de golpes ácidos que, bueno, más que limpiar, emborronan una moraleja bastante sencilla.

Tráiler de ‘Billy Lynn’