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[CRÍTICA] ¿Es ‘Assassin’s Creed’ la mejor adaptación de un videojuego a la gran pantalla?

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Assassin's Creed

Justin Kurzel se atreve con una película tan sencilla como trufada de ideas y detalles para los fans de la exitosa saga. De entrada, ‘Assassin’s Creed’ es un blockbuster muy distinto a lo que se ha estrenado durante 2016, una obra de ciencia-ficción que cumple con su objetivo sobradamente: adaptar las claves del videojuego al lenguaje cinematográfico.

La primera regresión espacio-temporal que el Animus induce sobre Callum Lynch, nuestro nuevo asesino con los rasgos de Michael Fassbender y la actitud de Ezio Auditore -uno de los personajes centrales de la franquicia de Ubisoft (y que aparece en tres entregas)- es reveladora. Con la vista de águila sobrevolamos, en falso plano secuencia, la Sevilla del siglo XV, en pleno auge de la Inquisición comandada por Tomás de Torquemada. Una capital en la que impera el fanatismo, pasada por varios filtros fotográficos hasta conseguir esa atmósfera que se acerca más a un preámbulo onírico, que a la realidad aumentada en la que se va a convertir minutos después. Rápidamente, sin darnos apenas tiempo para digerir el trayecto, Justin Kurzel nos devuelve al presente, a la Fundación Abstergo, en la Madrid del siglo XXI. En ese preciso instante, una escueta línea de guión nos da la clave de por qué no han funcionado las anteriores adaptaciones de sagas exitosas al lenguaje cinematográfico: porque todo depende de la sincronización entre dos mundos. Y, hasta hoy, estos siempre han coexistido con interferencias insalvables. Quizá porque ciertos productos se han inclinado demasiado hacia el fan service, y porque los restantes se han olvidado completamente de la simbología, optando por una versión no del todo fiel al material original. En otras palabras, porque siempre se han alejado de un término medio mínimamente aceptable. Con ese código de acción hay que entender a Assassin’s Creed, un híbrido que consigue unir en el mismo plano de realidad a los jugadores irredentos y a los no aficionados; respetar la iconografía mientras añade variaciones con una personalidad apabullante; y ensamblar todas las piezas para que el todo sea superior a la suma de las partes.

Assassin's Creed

De modo que, a pesar de los problemas de sonido y montaje -demasiado pronunciados como para no apartarnos momentáneamente de esa atmósfera entre dos realidades desunidas-, Kurzel se atreve a dar un salto de fe narrativo y tecnológico, para regalarnos un Viaje del Héroe trufado de ideas y códices muy, muy, muy fáciles de descifrar. El único de los cambios que no termina de encajar con el carácter adulto del proyecto, es el relacionado con la base documental que el guión expone sobre la España inquisidora. Una leyenda negra ahuyenta-historiadores que, seamos consecuentes, poco importa en una película de ciencia-ficción, con sus márgenes bien acotados y sus fórmulas dispuestas para un entretenimiento diametralmente opuesto a todos los blockbusters que han visitado las salas durante el último año. Sobre todo si atendemos a que, en las secuencias que tienen lugar en España, absolutamente todos los intérpretes hablan en castellano, incluido Fassbender. En cierto modo, Assassin’s Creed es un rara avis dentro del género por muchos motivos, pero sobre todo por uno que sirve de cimiento para el resto: aunque no todos están a salvo -la guerra en el presente contra los Templarios está barnizada con una capa de infantilidad un tanto deshonesta-, la mayoría de los subtextos son resueltos con madurez, con una coherencia íntima que nada tiene que ver con lo esotérico-futurista de sus formas. De hecho, el tratamiento que le da a ciertos temas como el romanticismo, la venganza o el poder están estrechamente ligados a esa intención de Kurzel por no elaborar un producto simple, sino sencillo. Y en ese punto, que comparte con su Macbeth, se encuentra el quid de la cuestión.

Sin embargo… Sin embargo, puede que Assassin’s Creed no termine de convencer. Quizá por la constante interrupción del presente en la búsqueda de la Manzana del Edén siglos atrás, entorpeciendo el continuo ascenso del ritmo (se echa de menos más secuencias dentro del Animus); o quizá se trate de un exceso de sobriedad en los diálogos. No obstante, todo sirve a un propósito mayor, a una épica todavía más trascendente que las persecuciones por los tejados de la ciudad y que los combates al más puro estilo Zack Snyder. No es que Kurzel (junto con los guionistas Adam Cooper, Bill Collage y Michael Lesslie) haya cargado a la película de subtramas, ni tampoco que la óptica sea abigarrada, sino que ha edificado la película basándose en la importancia de los detalles y, por encima de cualquier otro aspecto, la buena praxis de su elenco. Y eso, a veces, no es del todo agradecido. La esencia del filme está integrada en las conversaciones que mantienen el personaje de Fassbender con el de Brendan Gleeson, primero, y con el de Marion Cotillard, después. Cuando, en ambos casos, los personajes terminan de revelar qué es lo que ocurre a su alrededor con no poca sutileza, todos los estratos ficticios que atesora la película se difuminan como una gota de lluvia para dejar, aún más claro, que no hay precedentes en su misma línea de trabajo. Esta adaptación es personal e intransferible, con más aciertos que errores, con un poderoso apartado visual y algunas de las mejores secuencias de acción del año. Es más, seguramente sea la mejor adaptación de un videojuego a la gran pantalla en toda la Historia del cine. Con eso, es más que suficiente.

Tráiler de ‘Assassin’s Creed’