Inicio Cine ‘1898: Los últimos de Filipinas’, antibelicismo bellísimo sobre la caída del...

[CRÍTICA] ‘1898: Los últimos de Filipinas’, antibelicismo bellísimo sobre la caída del Imperio

4748

1898: Los últimos de Filipinas

Salvador Calvo sorprende narrando desde una perspectiva que desmonta el mito del sentimiento patrio. 1898: Los últimos de Filipinas es una desprejuiciada revisión historio-gráfica que, apoyada con bellísimos planos de Luzón (Filipinas), desentierra ciertos fantasmas del pasado colonialista. Existe, además, un cierto aroma poético en cada decisión del cineasta por llegar a la reflexión sobre el final del vasto imperio español.

Que el refugio elegido por el destacamento de soldados españoles enviados a Baler (Luzón, Filipinas) sea la Iglesia del pueblo, nos da la clave para analizar qué se mueve en la España profunda de los tiempos modernos. Encomendados a la virgen y el espíritu santo, 54 jóvenes y veteranos tendrán que resistir ante la fuerza insurgente filipina durante 337 días, mientras el Gobierno acuerda los últimos flecos del Tratado de París, por el que Estados Unidos adquiere los derechos territoriales de la entonces colonia española. Es decir: los que buscaban la independencia no sabían que iban a cambiar de dueño, y los que pretendían defender el territorio desconocían que, a efectos prácticos y legales, ya no era suyo. Es inevitable retrotraer la propagandística versión de los hechos estrenada en 1945, en la que el director Antonio Román poco menos que ensalzaba los valores de la madre patria sin demasiado fundamento lógico. Este nuevo acercamiento, sin embargo, está edificado en base a un sentimiento que hoy sería perfectamente plausible experimentar, como es el de la incertidumbre hacia la diplomacia del poder con corbata lisa y condecoración clavada al pecho. A este ya de por sí ambicioso ejercicio, hay que sumarle su carácter antibelicista y el tremendo esfuerzo por contextualizar a través de una cascada de imágenes, que surten el mismo efecto que escuchar llover al calor de un edredón de IKEA: el relativo alivio de no estar ahí fuera, de haber nacido casi un siglo después -aunque démosle tiempo a nuestra estupidez. Salvador Calvo, con numerosas muescas televisivas (y ninguna cinematográfica) en su revólver, demuestra en 1898: Los últimos de Filipinas que la Historia está para ser contada con rigor y empleada como herramienta para conocer nuestro falsamente idealizado pasado. En otras palabras, para no caer con las mismas gigantescas rocas.

Es importante aclarar que el tono es profundamente revisionista, pero no se acobarda a la hora de llevar al primer plano la ruindad de los jefes de Estado. Porque la panorámica no está protagonizada por la grandeza de una España que ya estaba a punto de perder los últimos restos de su Gran Imperio, sino por el factor humano que desencadenó: a) la revolución de los filipinos; b) que la resistencia del destacamento durase casi un año; c) la pérdida de una colonia que todavía guardaba el calor de unos españoles orgullosos de su patria. No hay rabia en la película, no hay un exceso de pasión ni siquiera en los brotes de rendición que tiene el personaje de Javier Gutiérrez. Quizá sí cierto contraste entre nobleza y gloria, canalizado por la idiosincrasia novel que quiere luchar, y por la ya sumergida en canas, de vuelta de todo y deseando regresar a casa. A la de verdad, que no tiene fronteras ni banderas, solo familia. Porque ahí está el drama de toda acción bélica, en las que algunos van a morir para que otros tengan el privilegio de firmar papeles donde sí, poner fin a la guerra, pero sin preocuparse por los que siguen atrapados en ella. Calvo está muy interesado en mostrarnos -altamente recomendable dejar prejuicios en los márgenes de la opinión- que la épica está muy alejada de lo que nos han vendido a través de las gestas marciales en tiempos pasados. Todo tiene que ver, por tanto y adaptándolo al presente, con la desinformación o, directamente, el melasudismo. El mensaje, aderezado con un derroche de localizaciones encuadradas por Alex Catalán, está estrechamente ligado al elenco (seguramente uno de los más imponentes del siglo y el principal reclamo para el gran público) seleccionado para la misión: todos despiertan empatía en nosotros, desde Luis Tosar hasta Álvaro Cervantes -su interpretación aúna absolutamente todos los conceptos de los que hemos hablado hasta ahora.

Imagen del rodaje de 1898: Los últimos de Filipinas

Digamos que, con intención o no, la historia ha provocado que su talento se haya apoyado insoslayablemente en el hecho de que quién no confiaría en ellos –Karra Elejalde, Eduard Fernández, Ricardo Gómez y un largo etcétera- si la situación real fuese retransmitida en streaming a través de sus ojos. Sencillamente, nadie. Juegan una carta que, en suma, está impresa a doble cara: la contradicción forma parte de la historia y, por ende, de sus personajes, por lo que tiene todo el sentido que sean ellos el nexo entre un hecho aislado en la desgraciada Historia de España y la situación posmoderna que representa la vida del aquí y el ahora. Todos soportando el peso de pequeñas sublevaciones para que los-de-ahí-arriba, privilegiados, sigan observando cómo nos matamos por su bienestar, en lugar de ser al revés. Amén de ese subtexto, 1898: Los últimos de Filipinas propone una exposición de los duelos que jamás imaginaríamos si alguien nos cuenta qué sucedió durante aquel eterno fin de siglo. Líneas de diálogo donde el espectro de identificación es tan grande que es matemáticamente imposible no quedarse mirando a la pantalla esperando el siguiente movimiento. Algo así como encontrar una puerta abierta a la mente de un ajedrecista en mitad de una partida a vida o muerte. No es que ganen las blancas o las negras, sino cómo los dueños de esas piezas las mueven en el tablero para mantener la hegemonía. Suerte que sólo es un juego.